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Para volverse locos

Se pueden evitar sorpresas si los candidatos a altos cargos han sido evaluados por psicólogos.

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19 de marzo 2016 , 09:48 p.m.

Como el presidente Santos ha anunciado que para conformar la terna para Fiscal va a acudir a un proceso de selección abierto, valdría la pena aprovecharlo para que los candidatos se sometieran a una evaluación psicológica o psiquiátrica para identificar si son propensos a que el cargo se les suba a la cabeza o a abusar del poder y la autoridad.

En Colombia, por el influjo de una sociedad en conflicto sobre la personalidad de mucha gente, y porque son cargos que tienen mucho poder y pocas limitaciones para ejercerlo, es posible que la Fiscalía, la Procuraduría, la Contraloría, la Dirección de la Policía y las jefaturas de inteligencia, entre otras, atraigan a personas proclives a ese tipo de excesos o a utilizar su posición para provecho propio o de los grupos políticos a los que pertenecen. También puede suceder que dichos cargos induzcan esos comportamientos o delirios de grandeza.

Muestra de esto último ha sido que después de conocer la decisión, nefasta para la diplomacia colombiana, de la Corte Internacional en La Haya, el procurador Ordóñez no titubeó en darle órdenes en público al Presidente de la República, indicándole lo que debería hacer, con la excusa de que se trataba de salvaguardar la integridad y la soberanía de la Nación.

Hay varias teorías sobre estos temas y mucha discusión sobre su validez, pero parece que esta propensión a abusar del poder y a utilizar las altas posiciones para provecho propio sin tener en cuenta las consecuencias o el daño que esto implica no es una anomalía o una patología. Mucha gente lo tiene, aunque no todo el mundo.

Esto se ha detectado en la policía de varias ciudades de Estados Unidos. Douglas Kelley, que fue el precursor de estos estudios, encontró que en Berkeley (California) el 23 por ciento de los aspirantes a ingresar a la policía eran inestables o potencialmente peligrosos. También analizó a algunos de los líderes nazis condenados en Núremberg y encontró que eran normales, lo que dio lugar a que se comprendiera que gente común y corriente es capaz de cometer las peores atrocidades en ciertas circunstancias. Sobre esta conclusión se han llevado a cabo varios experimentos muy controversiales. Uno de ellos, el experimento de Milgram, se adelantó en Yale después del informe de Hannah Arendt sobre el juicio de Eichmann, que popularizó el concepto de la banalidad del mal. Otro experimento relacionado, el de la cárcel de la Universidad de Stanford (1971), encontró que cargos como el de guardianes carcelarios inducen abusos de poder y conductas violentas. Sobre este experimento se filmó recientemente una película del mismo nombre que fue presentada en el festival de Sundance el año pasado.

Otros análisis han detectado que aun cuando el número de psicópatas en una organización pública o privada es relativamente pequeño, la mayoría de ellos se encuentran en cargos ejecutivos o en la cúpula. Aparentemente los psicópatas son más fácilmente contratados y tienden a ascender rápidamente. Cuando llegan al más alto nivel inducen comportamientos dañinos y toleran o cometen graves faltas a la ética, como las que indujeron el colapso financiero en el 2008. Otro autor defiende, por el contrario, que personas que tienen desórdenes o problemas mentales, como Churchill o Kennedy, están mejor capacitados que personas normales para manejar crisis (‘Locos al poder’, ‘Semana’, 6 de agosto del 2011).

Independientemente de si la persona normal es la más apta para desempeñar cargos como los que han sido objeto de esta discusión, vamos a evitar sorpresas posteriores y a estar más tranquilos si los candidatos seleccionados han sido evaluados por psicólogos o por psiquiatras calificados.

RUDOLF HOMMES