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¿Qué pasaría? / Voy y vuelvo

Otra marcha pasa en Bogotá y de nuevo queda el recuerdo del vandalismo como protesta.

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19 de marzo 2016 , 06:34 p.m.

Todo lo público pareciera estar condenado a ser maltratado, atacado, invadido, abusado. La gente pone carteles en los muros externos de los edificios para que el perro no se orine allí, pero deja que lo haga en el poste que está, justo, frente a ese mismo edificio. Quienes exhiben pendones ilegales no los amarran en el jardín de una propiedad privada, lo hacen en los postes o en el enrejado de un parque o en el mobiliario urbano. También se da el caso, como lo registró un tuitero, de empresas que pintan avisos en los andenes o tiendas como Oxxo que decidieron delimitar el andén para que allí estacionen los carros. Hasta allá hemos llegado.

Y todo tiene una explicación que ya es sabida: lo público no es de nadie; por tanto, se puede hacer con él lo que nos venga en gana. Pues no. Resulta que lo público sí es de todos, ¿les parece poco? Permitir que rayen paredes, peguen avisos con dudosas promociones o dudosos servicios que pueden llevar, incluso, a estafas; dejar que cuelguen avisos de ventas de apartamentos, que promuevan cursos de todo tipo, desvaloriza nuestros barrios, afea nuestros lugares de encuentro, genera sensación de abandono, promueven la inseguridad, contaminan, desmoralizan, generan pesimismo, nos amargan el día, nos hacen odiar la ciudad, el barrio, al vecino…

¿Qué pasaría si hiciéramos causa común y evitáramos que todo esto pasara? ¿Qué pasaría si armáramos brigadas de vecinos o de conocidos o conformáramos un parche de amigos y nos dedicáramos a rescatar la ciudad de esta ignominia? ¿Qué pasaría si denunciáramos aprovechando las redes sociales o las páginas de este diario para publicar fotos y videos? ¿Qué pasaría si la Alcaldía tomara los nombres, direcciones, teléfonos que aparecen en estos avisos ilegales y les cobrara un impuesto por ensuciar, invadir y evadir el pago de tributos a la ciudad? ¿Qué tal si armamos una gran red de ciudadanos que ponga en evidencia a los concesionarios de carros que se toman sin compasión los andenes, a los lavaderos y talleres de mecánica que creen que el espacio nuestro les pertenece, a los almacenes que ponen anuncios en un espacio que es de todos? Haríamos otra ciudad. No lo duden.

Cada fin de semana yo hago mi aporte: salgo a recorrer el barrio y limpio los postes a los que ya no les cabe un aviso más. Son pequeños granos de arena que pueden hacer la diferencia. No se nota, lo sé, pero si fuera un esfuerzo de muchos –porque sé que la gran mayoría está de acuerdo, y así me lo expresan en sus correos– es posible que hagamos la diferencia.

Ya hay muchas personas que vía Twitter, Facebook, con fotos, videos, textos y demás están haciéndolo. Solo falta canalizar ese esfuerzo, comprometer a la administración –que hace lo suyo a través del programa ‘Poner la casa en orden’– y no desfallecer en el intento.

Por eso da piedra, mucha piedra, lo que pasó el día del paro nacional: las autoridades autorizan marchas, los ciudadanos nos ‘mamamos’ el trancón, los medios informamos al detalle, las empresas soportan las llegadas tarde de sus trabajadores, las centrales obreras se comprometen con mantener el orden y en general se goza de ese sagrado derecho a la protesta. Y sin embargo, tenían que aparecer los vándalos que confunden la protesta con la destrucción, la arenga con el insulto, los carteles y pancartas con el aerosol que destruye el patrimonio de Bogotá. La emprendieron contra edificios públicos, contra estaciones de TransMilenio, contra monumentos y fachadas, contra el mobiliario de la ciudad y aun contra las barreras que protegían el edificio de las cortes. ¿Para qué? No hay nada de valor ni arrojo en esa actitud. No hay en este tipo de acciones ningún mensaje distinto al deseo de destrucción. No deja de ser una ironía que arengas de paz y reconciliación que se escucharon durante la marcha hayan contrastado con las acciones de quienes invitaban a asolar todo aquello que representara una porción de Estado, de gobierno, de justicia. El vandalismo, al final de cuentas, no es más que el deseo reprimido de hacer daño ante la imposibilidad de convencer con otras formas.

Romper una estación, mancharla de pintura, burlarse de la figura del Libertador, dañar barandas no dejan mensaje distinto a la intolerancia. Ningún ciudadano se sentó a reflexionar sobre el motivo de las protestas; en cambio, lamentó lo sucedido.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28