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Palomas de guerra y palomas de paz

La paloma, ajena a la controversia, permaneció posada en la solapa del uniforme del guerrero.

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18 de marzo 2016 , 06:21 p.m.

En una fábula bíblica se cuenta que Noé, el ‘Darwin’ del Antiguo Testamento, quien tuvo el encargo de garantizar la supervivencia de todas especies animales después del enorme castigo universal, con la borrachera aún viva, se le ocurrió la peregrina idea de soltar un cuervo que –como lo indicaba su instinto carroñero– se distrajo hartándose de la putrefacción de la humanidad ahogada. El mismo relato cuenta que, días después, soltó al vuelo una paloma que, sin demora, retornó al Arca encallada con un ramo de olivo en su pico. Desde ese lejano día del principio de la humanidad hasta la fecha, las naciones erigieron a la paloma como símbolo de la paz.

El cuento, que lo aprendimos desde las primeras clases de la Historia Sagrada, salta a las hojas ajadas del cuaderno de la memoria motivado por el debate que se ha desatado (¿cortinas palaciegas?) por la aparición de una fotografía del oficial comandante de la Policía Nacional con el colombófilo símbolo prendido en el uniforme verde olivo. ¿La atrajo, acaso, el cromático uniforme confundida con la recordación del olivo? ¿Fue una calculada jugada simbólica para enviar el mensaje, sutil, a la tropa sobre el equipo en el que se juega? Por la razón que fuera, sin remedio, el debate se tomó las redes sociales y las páginas virtuales y físicas de los medios. La paloma, ajena a la controversia, permaneció posada en la solapa del uniforme del guerrero.

En la historia de la humanidad, la verdad sea dicha, la paloma, más allá de la significación pacífica, también ha sido considerada una plaga (ratas voladoras, dicen algunos muchachos). Hace unos años, recuerdo, la implacable mano sagrada del cardenal primado, cansado de la suciedad de la mierda chorreando por la fachada de la Catedral y aturdido de los lascivos cururúes, sin pensarlo dos veces, con alambradas filudas, como la de las trincheras en el campo de la batalla, trazó la erizada frontera al borde de las cornisas y campanarios. El zócalo de la plaza de Bolívar, en la fría mañana, amaneció alfombrado de palomas muertas. Algunos lo interpretaron como el presagio de días infaustos. Otros, amantes de la limpieza, sintieron alivio. Así quedó en el registro de los medios.

Pero al ave que llena plazas del mundo y enmarca fotos urbanas, se recuerda, en el largo periplo sobre la Tierra se le han encargado misiones que la alejan del simbólico significado de paz con el que se conoce y se dibuja en maravillosas litografías, botones y postales. Cuentan quienes conocen la crónica de las guerras recientes que, en un intento por mantener el secreto de las comunicaciones, descifradas por cerebros privilegiados que escudriñaban los códigos secretos de las luces de los trasatlánticos y los puntos y rayas de los aparatos de comunicación alámbrica de entonces, se idearon usar palomas entrenadas para establecer las comunicaciones con los frentes emplazados en los puntos lejanos de la geografía del escenario bélico. Parapetados francotiradores disparaban para detener el vuelo de la mensajera. Halcones entrenados eran soltados para sus cacerías. Muchas palomas sortearon la guerra. Otras, aplastado su frágil cuerpo, murieron en batalla.

Por estos tiempos, delicadas descendientes de la estirpe del expresidente amante de cazar patos declamando almibarados versos de “lánguidos camellos”, con el nombre del animal, se encargan de recordar el talante guerrero de las palomas. Edificar la muralla para separar a los indios de los blancos, sin inmutarse; es la iniciativa para dirimir el ancestral conflicto por la tenencia de la tierra, conculcada por la espada y las balas del colonizador.


Héctor Pineda
tikopineda@gmail.com