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Un educador colombiano

Celebremos el legado de Alberto Assa, uno de los educadores más extraordinarios del país.

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17 de marzo 2016 , 07:07 p.m.

Alberto Assa (1909-1996) fue uno de los educadores más extraordinarios del país durante la segunda mitad del siglo XX. Echó raíces en Barranquilla desde 1952, y se hizo tan colombiano hasta el punto de molestarse cuando le preguntaban por su lugar de nacimiento, insistencia que le parecía “un alarde de xenofobia solapada”.

Muy pronto, tras su llegada, fundó el Instituto de Lenguas Modernas (ILM), que administraba con discreción su esposa, Nuria Munt. Desde el ILM, el profesor Assa proyectó una agenda educativa y cultural de escasos paralelos, en sus dimensiones, cobertura y significado. La enseñanza de idiomas fue quizás su vocación natural, que comenzó a practicar desde los 12 años de edad. El ILM ofrecía por lo menos cursos de inglés, francés, alemán e italiano; y español para extranjeros. Assa daba clases en todos ellos.

Muchos de los estudiantes llegaban allí con la esperanza de seguir grados en universidades extranjeras. La sección ‘Becas’ del ILM era para Assa de “máxima importancia”, y él tomaba personal empeño en las distintas convocatorias. Ya en 1966 había obtenido “cerca de un centenar de becas de especialización para sus mejores estudiantes”, en diversos países.

Además de clases de idiomas, los alumnos del ILM solían recibir boletas gratuitas para el Concierto del Mes, regular evento de música clásica que Assa estableció en 1958. Ese año, Assa formó parte de una comisión nacional para fomentar la música, presidida por Otto de Greiff, donde defendió “la necesidad” de su enseñanza “como materia básica en todos los niveles”. Y propuso sustituir las entonces llamadas ‘bandas de guerra’ por Orquestas de Paz.

Su mayor orgullo era el Instituto Experimental del Atlántico José Celestino Mutis, de “enseñanza integral y gratuita”, que Assa fundó en 1970. Desde sus inicios, sus alumnos recibieron casi el doble del número de horas de clase semanal que las del pénsum oficial, incluyendo lenguas clásicas, música y adiestramiento técnico. Su excelente récord en las pruebas del Icfes es una señal notable de logros.

Sus tareas educativas se reflejaron también en esfuerzos frustrados por crear una Escuela Superior de Idiomas y la Universidad Pedagógica del Caribe, así como en el establecimiento del Instituto Pestalozzi. Y proyectaba sus preocupaciones culturales en columnas de prensa (El Nacional, Diario del Caribe y El Heraldo), editadas por la Gobernación del Atlántico en dos volúmenes, 'Los rincones de Casandra' (1994).

“Soy alérgico a todo, de cerca o de lejos, que huela a homenaje”, repetía. No obstante, aceptó algunos provenientes del sector público, entre ellos sendas condecoraciones que recibió del Ministerio de Educación y la Gobernación del Atlántico en 1992. Aprovechó la ocasión para reflexionar sobre sus 40 años dedicados a la educación en Colombia. Muy en su estilo, fue un ejercicio severo de autocrítica, donde solo destacó “magros resultados”, con “pena a la española (dolor) y a la colombiana (vergüenza)”.

Al cumplirse 20 años de su muerte esta semana, El Heraldo dedicó casi todas las páginas de 'Latitud', su suplemento literario, a honrar su memoria. Escriben allí exalumnos, admiradores y colaboradores en sus tareas educativas y culturales, valiosos testimonios de su impresionante legado.

“La mejor manera de celebrar algunas realizaciones es soñar con nuevas”, dijo Assa en alguna de sus andanadas contra los aniversarios. Su hija Nuria Assa Munt le interpreta fielmente cuando pide que ojalá este homenaje se “traduzca en algo útil; en apoyo a lo que queda de sus obras, escuelas, conciertos e ideas, que desfilan frente a nuestra memoria colectiva”.


Eduardo Posada Carbó