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Sociología

"Colombia, laboratorio de postmodernidad"

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17 de marzo 2016 , 05:54 p.m.

¿Cómo ha sido su relación con Colombia?

Hace 2 décadas que voy invitado por universidades y la Embajada para coloquios y conferencias en varias ciudades. Tengo colegas, amigos, exalumnos. Más que seguir las ‘noticias’ del país -que Claudel llamaba “chapoteo de las causas segundas”- es la esencia de la convivencia lo que me preocupa, que se expresa en la vida cotidiana y el imaginario de un país. En ese sentido mis conversaciones con colegas y estudiantes colombianos me iluminan al más alto nivel.

Aunque cada región tiene características particulares ¿Cómo ve el mundo contemporáneo? ¿Qué pasa en un planeta cada vez más globalizado, en crisis económica, vulnerable al terrorismo, en ‘incertidumbre” según Bauman?
Pienso como Bauman que estamos cambiando de época. No soy tan crítico como él. Sólo constato sin deplorarlo ni alegrarme que asistimos a una profunda mutación de los valores. Lo que llamamos ‘crisis’ no es tanto económica sino social. Asistimos al fin de la sobrestimación del paradigma económico, al resurgimiento de lo sagrado y aumento de lo cualitativo de la existencia. El terrorismo debe leerse más como sacudida final de nacionalismos y monoteísmos, no como una guerra de civilizaciones. Más que de incertidumbre hablaría de derrocamiento de la relación con el tiempo: mientras que la modernidad estaba dirigida hacia el futuro buscando ‘sobrepasar’ el pasado, la postmodernidad se concentra en un presente a la vez irrigado de pasado y denso de futuro. Por eso hablo del ‘instante eterno’ definiendo el carácter de inmediatez de la época, como de su profundidad, consecuencia de esa integración con la tradición.

¿Qué caracteriza al humano ‘postmoderno’ que usted trata en sus libros?

La gran diferencia entre el hombre moderno y el postmoderno es la relación con el principio individualista. La modernidad inventó la conciencia individual (el ‘pienso, luego existo’ de Descartes) mientras que el hombre postmoderno se define como persona y ya no como individuo. ‘Persona’ en latín es la máscara del actor. Cada uno es a su vez una persona diferente según grupo, tribu o comunidad en la cual se sitúe en cierto momento. “Yo es otro”, decía Rimbaud y es exactamente lo que es el postmoderno: ya no coartado por su propia ley e individualidad, sino heterónomo y coartado por la ley del otro, de ‘su’ o ‘sus’ tribus.

Hoy existe paradójicamente tendencia hacia pluralidad, diversidad, hedonismo, heterogeneidad, valor por la diferencia y a la vez hacia integrar, homogenizar. ¿A qué llevará esa tensión?
Utilizando una imagen muy trivial, la postmodernidad es al mismo tiempo Mac Donald’s y el cassoulet (plato típico nuestro). Tenemos globalidad, intercambio internacional, viajes, mestizaje de culturas, como anclaje local, regreso a la tradición, apego al consumo respetuoso y económico de naturaleza y energía. Mientras que en la modernidad había que elegir entre tradición o innovación, y la innovadora era la del progreso, nacionalismo o regionalismo, en la época postmoderna ya no está en un periodo de disyunción sino de conjunción. El postmoderno debe aprender a combinar ya que puede pertenecer al mismo tiempo a diferentes tribus muy exóticas que frecuenta por internet, mientras vive a la vez en ‘su país’.

Vivimos un mundo de redes, relacionamientos múltiples, tribus urbanas, una era donde se vive en lo inmediato, lo directo.

¿Qué se gana o pierde en ese ritmo frenético?

La urbanización creciente, combinada con el relacionamiento cada vez más intenso de todos con todos, podría parecer una especie de ‘histerización’ colectiva. En mi libro ‘Homo eroticus’ me referí a la exacerbación de las emociones comunes. Pero no hay que considerar la época sólo de manera peyorativa. La inmediatez puede acompañarse de intensidad, lo que denominé ‘el instante eterno’. Es cierto que el individuo como sujeto autónomo, en sentido moderno, ha cambiado profundamente: es más la ley del otro, el otro de la tribu, el otro de las otras tribus, que determinará a cada quien según los momentos de su vida. El ideal democrático cede su lugar al comunitario tanto para mejor como para peor. No hay que ver lo uno sin lo otro, sino saber establecer formas de regular esta nueva manera de vivir juntos.

¿Cuáles son los desafíos en medio de esas dinámicas? Usted dice que “la crisis está en nuestra mente”? ¿Qué sería esa ‘crisis’, en medio de las perversiones de la economía mundial, las violencias locales y mundiales, la tensión entre religiones, ideologías, identidades, como entre culturas, subculturas y contraculturas, “la matriz del enjambre postmoderno”?

Europa ‘inventó’ la modernidad, es decir el universalismo, el individualismo, la ideología del progreso y la democracia representativa. Esos valores que hicieron la grandeza de una época están saturados y les dan paso a otros.

Eso es la crisis. No es la primera vez que una época se termina y empieza otra. La diferencia es que hoy hay globalización e interconexión mundiales. Pero vienen acompañadas de localismo y búsqueda de ‘solidaridades de proximidad’, lo que denomino ‘ideal comunitario’. Una época no termina nunca sin sobresaltos. Así fue el fin del imperio romano. Migraciones y guerras son siempre telón de fondo de un nuevo equilibrio social. Sin duda valores saturados, como nacionalismo y monoteísmo, no desaparecerán sin sufrir choques.

En ‘La pasión por lo común’ se refiere a un nuevo modo de estar juntos.

Sería esa sustitución de entidades nacionales por conjunción de comunidades (geográficas, regionales, étnicas, religiosas, pero también afectivas, de actividades o pasiones comunes) y de imperios. Es decir unión de los diversos, lo que en teología medieval se llamaba ‘unicidad’ en relación con unidad de la nación y del monoteísmo. Debemos aprender a vivir juntos estas pertenencias comunitarias, sin que la afirmación identitaria sirva de pertenencia. Esta ‘uni-diversidad’ no es el modelo, sí el reto de las sociedades postmodernas.
Sus 2 más recientes libros, ‘La palabra del silencio’ y ‘Francia estrecha’ abordan desafíos de la nueva sociedad frente a la exacerbación de los radicalismos que amenaza con engendrar más terrorismo. ¿Qué mensaje quiso dar a Francia y al mundo?

‘Francia estrecha’, escrito con Hélène Strohl, aborda la situación de Francia que, como nuestro libro anterior, ‘Los Nuevos Bien-pensantes’, vuelve sobre la profunda división entre élites y opinión popular. Esas, periodistas, políticos, académicos y ‘tomadores de decisiones’, viven aún sobre patrones de modernidad (racionalismo, individualismo, utilitarismo, economicismo, progresismo). Esos valores están saturados y la sociedad deseosa de prestar ayuda (aún más en países como Colombia) está organizándose de otra manera, informalmente. Los reagrupamientos por afinidad son la realidad posmoderna. No será tildándolos de comunitaristas o impidiéndoselos, que se luchará contra su radicalización identitaria, en algunos casos terrorista. Por el contrario. Mi tesis siempre ha sido que faltaba acomodarse con lo que hay y no querer “cambiar el pueblo”, como decían los leninistas. En países como Francia el rechazo de toda afirmación comunitaria, sea religiosa, geográfica o pasional, conduce a radicalizaciones perversas.

Hay que permitir la afirmación de pertenencias comunitarias para evitar esos radicalismos. En ‘La palabra del silencio’ analizo un aspecto esencial de esta sociedad: lo ‘sagrado’, el retorno de las diversas formas de religiosidad propias del siglo XXI, porque la aplanadora del racionalismo creyó erradicar ese impulso, una característica de este tiempo.

¿Cómo analizaría a Colombia? ¿Qué rasgos sociales, culturales, sobresalen?

Sería arrogante juzgar un país que no conozco a fondo. Diré mejor que como Europa inventó la modernidad con su individualismo, productivismo y derechos, esa modernidad se ha nutrido también de un sistema colonial o de jerarquización entre países desarrollados y los llamados subdesarrollados y emergentes. Ahora que los valores de la modernidad están saturados y ya no son congruentes con la época, países como Brasil, México, Colombia, juegan -como Corea- rol esencial. Los he llamado “laboratorios de postmodernidad” porque representan esa sinergia de valores arcaicos -en el sentido de primordiales, ancestrales- y de nuevas tecnologías. En contraste con los países europeos que han desarrollado individualismos y nacionalismos borrando las ‘solidaridades de proximidad’ o el ‘ideal comunitario’, me parece que esos países que combinan una gran tradición cultural, hecha de su propia cultura y de la singular apropiación de culturas europeas, sumada a una vitalidad de países jóvenes, son modelos de la época contemporánea.

¿Qué reflexión quisiera para Colombia?

Viajo mucho a Brasil, México y Colombia. Siempre me dejan enseñanzas que me permiten no juzgarlos, sino ver Francia y Europa de otra manera. Colombia, en particular, proyecta su porvenir con la fuerza que le da su pasado. La última vez estuve en San Agustín y di una conferencia sobre el "retorno de los dioses". Fue un debate fuerte e instructivo para entender el 'enraizamiento dinámico’ que caracteriza la postmodernidad. El vitalismo postmoderno se manifiesta plenamente en Colombia. Eso me ha permitido entender avances más discretos de nuestra vieja Europa. Por eso siempre me gusta volver a la hermosa Colombia.

 

Sophia Rodríguez Pouget