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Rubén Darío

El genio del nicaragüense en el centenario de su muerte.

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17 de marzo 2016 , 05:30 p.m.

En la introducción a su selección de poemas de Rubén Darío, el filólogo, crítico y docente universitario Ángel J. Battistessa señalaba que la corriente literaria del Modernismo ya había declinado en la primera década del siglo XX, pero que, sin embargo, la poesía de Rubén Darío seguía ‘lozana’. Como contagiado por el ánimo de la escritura que estudiaba, escribió Battistessa: “Limpia en el léxico, nítida en los ritmos, sugeridora en casi todo. Personalísima, singularizada e inconfundible. Rica en la correspondencia, alusiva y musical, de las iluminaciones semánticas, el tempo interior y el mero sortilegio sonoro”.

Desde su inicio como poeta, en 1888, con ‘Azul’, hasta ‘Prosas profanas’ (escrito en Tigre Hotel), ‘Cantos de vida y esperanza’ y ‘Poemas del otoño’, no se privó de poetizar sobre temas clásicos como las estaciones, la melancolía y las mansas vivencias bucólicas, ni tampoco sobre circunstancias y figuras contemporáneas del mundo y del país que lo alojara. Escribió poemas a (o, mejor dicho, contra) Roosevelt, a Mitre, a Antonio Machado, a Francia, un soneto a Cervantes, letanías para Don Quijote, ‘Coloquio de los centauros’ (para Paul Groussac); también es célebre su ‘Canto a la Argentina’, escrito en el centenario de la república a la que él consideraba su patria del espíritu.

“Para el gusto poético de hoy, centrado en la improvisación poética y el verso libre, su poesía resulta sumamente compleja y erudita -dice Alberto Julián Pérez, autor de ‘La poética de Rubén Darío’-. Utiliza rima y metros diversos en sus poemas. Darío era un verdadero estudioso de la forma. Gran lector, creía que el poeta debía manejar toda la historia de la poesía y hacerlo evidente en su poema mediante referencias intertextuales. Él siempre aludía en sus poemas a la obra de los poetas contemporáneos que más admiraba, particularmente Victor Hugo y Verlaine. Nosotros, como lectores, pertenecemos a una época en que la rima y la estrofa poética fija han dejado de usarse, y nos resulta difícil leer una poesía cuyos logros formales dependen en gran medida de la excelencia de la rima y la estrofa, de sus juegos formales. Por eso es importante al leer a Darío aceptar el gusto tal como era en su época, y leerlo con paciencia y más de una vez”. Para Pérez, la imagen poética que buscaba Darío era sumamente elaborada y preciosista y, al mismo tiempo, figurativa. “Hoy aceptamos tanto la poesía realista como la poesía abstracta, no figurativa. En esa época no habían aparecido aún los grandes artistas no figurativos, que transformarían, durante la segunda década del siglo XX, nuestro sentido de la imagen. Para Darío las imágenes debían guardar la proporción de la forma, y el lector debía entender y figurarse su contenido. Gustaba además de los motivos mitológicos, que pocos lectores hoy conocen”.

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Ama tu ritmo

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.
La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.
Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;
mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Daniel Gigena