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Camilo Torres Restrepo y su época

Por José Luis Díaz Granados

16 de marzo 2016 , 08:29 p.m.

La parábola vital de Camilo Torres Restrepo tiene lugar entre 1929 y 1966: 37 años que encierran un período controversial, intenso en sus antagonías y represivo en buena parte de su recorrido. Camilo nace en Bogotá el 3 de febrero de 1929. Dos meses antes, el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez, a través de su ministro de Guerra, Ignacio Rengifo y del jefe civil y militar de la Zona, general Carlos Cortés Vargas, reprime de manera cruenta una huelga de los trabajadores de la United Fruit Company, que pedían seguro colectivo y obligatorio, aumento salarial y otras exigencias laborales. La respuesta del gobierno es una sangrienta represión que deja centenares de trabajadores muertos, que se conoce en la historia como la masacre de las Bananeras. Cortés Vargas es premiado con el cargo de Comandante de la Policía de Bogotá, y el 8 de junio de 1929, reprime una manifestación estudiantil donde cae asesinado el joven universitario Gonzalo Bravo Pérez. Meses después, la oscurantista hegemonía conservadora y clerical que gobernaba el país desde hacía medio siglo, se derrumba con la victoria del candidato liberal Enrique Olaya Herrera en 1930.

Hijo del eminente médico pediatra y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, doctor Calixto Torres Umaña y de doña Isabel Restrepo Gaviria, Camilo Torres Restrepo pertenece a la clase alta de Bogotá. Entre los dos y cinco años de edad, vive en Europa y poco tiempo después del retorno a Colombia, en 1937, sus padres se separan, por lo que Camilo y su hermano Fernando se van a vivir con Isabel, la mamá. Camilo cursa su primaria en el Colegio Alemán y la secundaria, inicialmente en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, de la Quinta Mutis, y luego en el Liceo de Cervantes, donde se gradúa de Bachiller en 1946…. Camilo se retira de la Facultad de Derecho e ingresa al Seminario Conciliar de Bogotá… En 1954 se ordena sacerdote y viaja a Bélgica donde se matricula en la Facultad de Sociología de la Universidad de Lovaina. En su estancia europea establece contactos con los curas obreros, los movimientos sindicales cristianos y también con los grupos de resistencia por la independencia de Argelia, residentes en París. Su tesis de grado titulada Una aproximación estadística a la realidad socioeconómica de Bogotá, lo convierte en uno de los fundadores de la sociología urbana en Colombia. A su regreso al país, es nombrado Capellán de la Universidad Nacional, y en este centro docente funda, en 1960, con Orlando Fals Borda, la primera Facultad de Sociología de Colombia.

En 1956, cuando Camilo cuenta con tan solo 27 años, un buen amigo suyo, escritor precoz y ágil periodista, Rafael Maldonado Piedrahita, publica un libro titulado Conversaciones con un sacerdote colombiano. Puntos de choque con la Iglesia, editado por Antares, con 110 páginas. Allí el joven cura dice cosas como que Colombia está tendiendo al capitalismo, no en el sentido de aprovechar esta economía, sino el de dejarse explotar por ella. Más adelante afirma que la influencia del socialismo en la Iglesia se hace real inmediatamente después del Manifiesto comunista de Marx y Engels, (refiriéndose a la encíclica Rerum Novarum, promulgada por el papa León XIII, sobre la situación de los obreros en Europa en 1891), y termina diciendo que la América indígena es una colonia sometida económicamente al imperialismo norteamericano…

Entre 1961 y 1965, Camilo alterna su actividad académica con la social. Colabora con monseñor Germán Guzmán y el jurista y pariente suyo Eduardo Umaña Luna, en la minuciosa investigación sobre La violencia en Colombia; forma parte de la Junta Directiva del naciente Instituto Colombiano de la Reforma Agraria INCORA y de la Escuela Superior de Administración Pública ESAP y ejerce como párroco de la Iglesia de la Veracruz. De manera incansable recorre los sectores populares, los barrios obreros, especialmente Tunjuelito y los lugares marginados y paupérrimos de Bogotá. Impresionado por el abandono de esos compatriotas por parte de los gobernantes y por la miseria galopante que circunda a sus familias, Camilo pronuncia su célebre frase: Hay que amar más y rezar menos, con lo que comienza a tener serios problemas con la jerarquía católica, en especial con el Cardenal primado Luis Concha Córdoba, hijo del expresidente conservador José Vicente Concha…

Desautorizado por el Cardenal Concha Córdoba por sus planteamientos sociales y políticos en favor de los pobres, contra la oligarquía colombiana, Camilo se despoja de la sotana sacerdotal e incursiona abiertamente en la actividad política. A principios de 1965 plantea la plataforma para un frente de unidad popular abiertamente abstencionista en materia electoral y recorre el país, en medio de una creciente acogida en todos los municipios y veredas, desafiando las prohibiciones del cerrado sistema que solo aprobaba la existencia legal de los dos partidos oligárquicos. Funda el semanario Frente Unido, y allí consigna, a través de cada número, la totalidad de su ideología revolucionaria. Es por esta época cuando Camilo hace contacto con el Ejército de Liberación Nacional ELN, fundado el año anterior. Es probable que este contacto lo estableciera a través de su antiguo condiscípulo del Liceo de Cervantes y jefe de las Juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal, Luis Villar-Borda.

A comienzos de 1965, el Partido Comunista Colombiano, a través de uno de sus dirigentes, Manuel Cepeda Vargas, comisiona al activista de la JUCO, Jaime Bateman Cayón, para que acompañe a Camilo en sus giras por los barrios bogotanos. Casi siempre, en esos eventos presididos por Camilo, había enfrentamientos con la policía. Alguna vez, en un cruento choque con los uniformados en San Victorino, Bateman se defiende de sus agresores con puños y patadas, y Camilo termima encerrado en uno de los locales del sector de vendedores populares. A propósito de esa efímera amistad entre el “Flaco” y el “Cura guerrillero”, Gabriel García Márquez observó con su perspicacia proverbial:“Las relaciones que Bateman mantuvo con su madre, la brava Clementina Cayón, tenían la misma esencia pasional de las que tuvieron con las suyas el padre Camilo Torres y el Che Guevara, que parecían condicionadas por una dependencia umbilical al mismo tiempo entrañable y conflictiva”.

En el segundo número de Frente Unido, Camilo Torres, sacerdote y sociólogo, consciente de que la peor, la más dramática y absurda enfermedad mental del siglo XX es la del anticomunismo, que engendró desde el triunfo de la Revolución Bolchevique, en 1917, ya va hacer 100 años, el uso de las más irracionales y demenciales persecuciones, las más crueles torturas psicológicas y corporales, hasta los más ridículos procederes del despotismo. En la segunda edición del semanario, publicado el 2 de septiembre de 1965, Camilo escribe su Mensaje a los comunistas, de donde extraigo algunos pensamientos esenciales: “No soy anticomunista como colombiano, porque el anticomunismo se orienta para perseguir a compatriotas inconformes, comunistas o no, de los cuales la mayoría es gente pobre.” “No soy anticomunista como sociólogo, porque en los planteamientos comunistas para combatir la pobreza, el hambre, el analfabetismo, la falta de vivienda, la falta de servicios para el pueblo, se encuentran soluciones eficaces y científicas.” “No soy anticomunista como cristiano, porque creo que el anticomunismo acarrea una condenación en bloque de todo lo que defienden los comunistas y, entre lo que ellos defienden, hay cosas justas e injustas. Al condenarlos en conjunto, nos exponen a condenar igualmente lo justo y lo injusto, y eso es anticristiano.” “No soy anticomunista como sacerdote, porque aunque los mismos comunistas no lo sepan, entre ellos pueden haber muchos que son auténticos cristianos. Si están de buena fe, pueden tener la gracia santificante y si tienen la gracia santificante y aman al prójimo se salvarán. Mi papel como sacerdote, aunque no esté en el ejercicio del culto externo, es lograr que los hombres se encuentren con Dios, y, para eso, el medio más eficaz es hacer que los hombres sirvan al prójimo de acuerdo a su conciencia”.

En las semanas siguientes a ese septiembre no se tienen noticias de Camilo. Pero en enero de 1966, aparece en algunos medios de comunicación su “Proclama al pueblo colombiano”, en la cual denuncia “la dictadura de la oligarquía” del Frente Nacional, en donde las vías legales para las fuerzas populares han quedado agotadas. El 15 de febrero de 1966, Camilo Torres Restrepo muere en combate, en Patio Cemento, Santander, al enfrentarse a un batallón del Ejército Nacional, comandado por su antiguo condiscípulo del Liceo de Cervantes, Álvaro Valencia Tovar.

No quiero terminar esta disertación sin referirme a un testimonio personal, que no por lo anecdótico, deja de tener una importancia documental excepcional en la parábola vital, política y revolucionaria de Camilo Torres Restrepo. Hace aproximadamente dos años tuve un amigable encuentro con la religiosa asuncionista Teresa Montalvo Higuera, hija del controvertido y polémico dirigente conservador José Antonio Montalvo. Cuando Teresita, como le dicen sus familiares y cercanos amigos, era una niña de pocos meses, sufrió una grave infección intestinal que obligó a sus padres a acudir al consultorio del eminente pediatra Calixto Torres Umaña, quien después de los consabidos exámenes y tratamientos médicos, salvó la vida de la bebita. Años después, al finalizar la década de los 40, en plena y agresiva controversia entre liberales y conservadores, un joven bogotano, Roberto Collins, condiscípulo suyo en el Liceo de Cervantes, presentó a Camilo con Teresita, recién egresada del Nuevo Gimnasio.

Teresita quedó impactada con Camilo desde el primer momento y otro tanto le ocurrió al joven bachiller. “Nos pusimos a conversar con Camilo -recuerda Teresita Montalvo- y nos dimos cuenta de que teníamos grandes coincidencias sobre las injusticias sociales y las desigualdades de los colombianos porque, entre otras cosas, en mi casa nos inculcaban el amor por los necesitados”. “Camilo me iba a visitar a mi casa -agrega Teresa-, nos poníamos a conversar de muchas cosas, oíamos música y yo sentía que lo admiraba mucho porque él tenía algo muy especial, fuera de lo común, además de su inteligencia, su carisma y su buena figura. Pues me enamoré rápidamente de Camilo Torres. “Por cierto que muchos años después, Roberto -ya casado con Lucía Soto, muy amiga de Teresita-, le dijo una vez bromeando por el teléfono: Todas mis aspiraciones contigo se acabaron cuando te presenté a Camilo Torres”.

“Como papá era tan religioso -continúa Teresita-, a través de su amigo Hernán Vergara conoció a unos padres dominicos -Gabriel M. Blanchet, O. P., y Juan Bautista Nielly, O. P., quienes estaban empeñados en llevar a cabo una renovación de la Orden Dominica-, recién llegados de Francia, y uno de ellos invitó a Camilo a unos retiros espirituales en Chiquinquirá. Camilo aceptó, asistió a esos retiros y al regreso, comunicó a su familia, a sus amigos y a mí que se iba de sacerdote”. “A mí me dio durísimo -comenta Teresita-, pero como yo tenía una profunda formación religiosa al igual que mis padres, y con mi hermano Gabriel (Montalvo) ya en el Seminario, me pareció que Camilo había escogido el camino correcto, pues conocía su sensibilidad social y su amor por los más necesitados. Después supe que en alguna ocasión había ido hasta el cuarto de Gabriel y se había puesto una sotana de él. Fue entonces cuando yo tomé también la decisión de hacerme monja. Sin embargo pensé: ‘si lo hago ahora, va a parecer que lo hago por despecho. Entonces dejé pasar un tiempo y por allá, a finales de los 50, en 1959, conocí a unas Hermanitas de la Asunción –Enfermeras de los Pobres a Domicilio y entré a hacer parte de su comunidad. Atendíamos niños pobres, los bañábamos, les preparábamos la comida, y los tratábamos como si fuéramos las mamás. “Una vez -dice Teresa-, Camilo fue a decir misa al convento a Cali. En la comunidad una siempre tiene otro nombre y nadie sabía quién era yo, ni mi nombre ni por qué estaba allí. Esas cosas sólo las sabía la Madre Superiora”. “Después de la misa, la Madre Superiora me dijo: ¡Vaya y salúdelo! Y así fue. En realidad fue el único encuentro que tuvimos. Camilo me preguntó con mucho afecto y con mucho respeto, cómo estaba, cómo me sentía”. “Cuando Camilo cayó en combate (el 15 de febrero de 1966), mucha gente no lo comprendió. Pero eso fue consecuencia lógica de su sensibilidad, de su pensamiento sobre cómo cambiar la sociedad. Él llamó a todas las puertas y nadie le hizo caso. Y la única fuerza que encontró para realizar sus ideales fue la lucha armada. Algo admirable. Pero nada de lo que hizo se contradijo con sus creencias religiosas. Por eso nadie en mi familia lo condenó”. “Y yo nunca lo dejé de querer. Es que él no hizo nada para que lo dejara de querer. Al contrario, lo que hizo fue para quererlo y amarlo aún más”.

Bogotá, 15 de febrero de 2016 (Apartes)