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Por Sandro y los Stones

Olvidé el drama de la llegada, encandilada por el espectáculo más conmovedor que vi en mi vida.

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16 de marzo 2016 , 04:28 p.m.

Compré las boletas para el concierto a los tres minutos de haber salido a la venta. Aunque mi incultura en la materia Rolling Stones es total, creo que fue mi entrañable amigo, el escritor y director de teatro Sandro Romero Rey, quien ya perdió la cuenta de las veces que los ha visto en vivo, el que a través de sus apasionados artículos y eruditos libros sobre el tema sembró en mí la certeza de que si alguna vez tocaban tierra chibcha no me podía quedar sin verlos. Es más, cuando tuve los tiquetes en la mano, fue al primero que le avisé, pues me interesaba de igual forma observarlo a él delante de sus ídolos y comprobar que ese delirio impúdico del que habla en 'Piedra sobre piedra' y 'Clock Around the Rock' puede ocurrirle a alguien en este planeta al estar en presencia de unos señores cantando. Lastimosamente, nuestros lugares no coincidieron.

Fui con mi mamá, mi hermana y mi novio, nacido en Naaldwijk (Holanda), también juicioso seguidor de la banda aunque no adicto terminal como mi adorado Sandro. Para nosotros, el proceso de ingreso al estadio cumplió con todas las reglas del subdesarrollo 'hard core': ausencia de oficiales que le indicaran a uno para dónde pegar, cosquilleo, robo de billeteras, robo de celulares, pelea, tumulto al lado de ventas de mazorca y chorizo con alto riesgo de salir quemados, y el infaltable soborno para que unos tipos con pintas de atracadores permitieran, por 100.000 pesos, cortar camino por una rendija que improvisaban entre las vulnerables divisiones metálicas. Me dio vergüenza con mi decente holandés, acostumbrado a entrar al Ámsterdam Arena en ese perfecto y plácido orden que solo puedo asociar con el de las clínicas.

Llegamos a la puerta “platino” como gallinas desplumadas y enchuspados en bolsas plásticas goteando por el reciente aguacero. Iracunda, lamenté el haberme dejado embrujar por las palabras de Sandro. De repente, sin que esa sensación tan colombiana de estar constantemente en peligro hubiera cesado, se encendieron las pantallas gigantes, estallaron los primeros acordes, refulgieron las legendarias estrellas en el escenario, y Su Majestad nos puso de rodillas con su fusta eléctrica de inmenso poder. Sandro mío, entiendo por qué te proclamás “fan fatal” de estos muchachos. Olvidé el drama de la llegada, encandilada por el espectáculo más perfecto y conmovedor que vi en mi vida.


Margarita Rosa de Francisco