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La paz que se va a construir

La paz no puede ser un pacto de élites. Hay que darle un rol protagónico al territorio.

15 de marzo 2016 , 07:57 p.m.

Produce una combinación de vértigo, ansiedad y nerviosismo constatar el tamaño de las tareas que le corresponderán al Estado en caso de firmarse un acuerdo de paz con las Farc.

Como lo han repetido hasta el cansancio los negociadores gubernamentales, tal pacto servirá, ante todo, para parar la guerra, pero la construcción de la paz, el desafío mayor, vendrá después. Este cobija numerosos frentes. Uno de ellos, garantizar que serán las instituciones estatales las que entrarán a llenar el vacío que dejarán las Farc en aquellas regiones donde, a su modo tan cuestionable, han buscado desempeñar labores que le corresponden al Estado.

Entre los demás retos hay uno decisivo, el de la inclusión de la gente que vive en cada territorio: sus formas de organización, sus valores, su cultura, su trayectoria como comunidad. Esto toca a los indígenas y a los afrodescendientes, que en el último tiempo han hecho sentir su voz en este sentido pidiendo mayor margen de maniobra. Y tienen razón en su reclamo. Pero no solo hay que pararles bolas a ellos; la necesidad de mayor apertura involucra a todos aquellos que habitan en zonas donde se ha sentido el conflicto con mayor intensidad.

Un texto publicado la semana pasada por este diario que da cuenta del escepticismo que acecha a la paz en el Pacífico da una buena idea de lo empinado que será el camino para recorrer. No es el caso entrar en detalles, pero sí es el momento y el espacio para advertir que la paz no puede ser un pacto de élites. Y para estos efectos, las Farc son una élite que en no pocos lugares ha impuesto un modelo de control social. Es verdad, asimismo, que en varias partes del territorio nacional el Estado ha pecado por ausencia o por exceso de centralismo, afectando negativamente su legitimidad entre la población. Esto no es un misterio para nadie.

Para ser claros: está muy bien que el fin del conflicto se pacte entre el Gobierno y la guerrilla, pero en lo que viene después es fundamental darle un rol protagónico al territorio. Es una oportunidad inmejorable de romper con una dinámica de exclusión. En últimas, se trata de honrar la democracia.

editorial@eltiempo.com