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Las ciudades del encanto

Las ciudades han sido objeto de maravilla para los habitantes y los viajeros que las descubren.

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15 de marzo 2016 , 05:25 p.m.

Los organizadores del Festival Mundial de Poesía de Zunyi, en la China, donde representaré a Colombia el próximo abril, piden una opinión sobre lo que ellos llaman “las ciudades del encanto”. Ahora que he reasumido la Biblia, aventuro un fragmento de mi respuesta.

A pesar de que el mundo se originó cuando Pangu, al despertar, de un hachazo hizo trizas el caótico huevo del universo primigenio donde durmió por 18.000 años, el libro judeo-cristiano se enciende en el momento del fiat lux, de la creación del hombre y del Paraíso, del cual Adán y Eva salen expulsados por desobedecer a Yavé al comer de la fruta de un árbol que les revela que están desnudos. Este coloca un ángel flamígero que vigile la puerta “para evitar que nadie llegara al árbol de la vida”. ¿Quién podría ser, si solo existía la primordial pareja? Pero antes “les confecciona vestidos con pieles de animales”, siendo así el primer sastre, y el primer peletero. En tierra extraña la trabajan según la condenación y tienen dos hijos. El que asesina al otro, al escucharse maldecido y condenado “a errar por la Tierra sin descansar jamás”, le reconviene a Dios el Señor que era un castigo muy grande, “pues cualquiera que me encuentre me matará”. A lo que le responde que ese sería castigado siete veces. Y le pone una señal para que quien le encuentre no le mate. ¿Quiénes serían esos posibles ajusticiadores? ¿De dónde su proveniencia? Caín se instala entonces, desobedeciendo la condena a la errancia perpetua, en el país de Nod, al este del Paraíso. Dice el libro sagrado que “se unió con su mujer, quien quedó embarazada y dio a luz a Enoc”. ¿De dónde salió esta mujer? ¿Cómo se llamaba? Caín funda entonces la ciudad de Enoc, como presente para su hijo. La sola palabra ciudad implica un conglomerado, ¿salido de dónde?

Más adelante se informa que “los hijos de Dios”, vale decir los ángeles –se infiere que los caídos, de la estirpe del renegado Luzbel, que en la tierra fue Satanás–, viendo que las hijas de los hombres eran hermosas, se ayuntaron con ellas y “dieron a luz a los gigantes, que fueron los héroes antiguos”. Ello indica que los humanos no son solo descendientes de Adán y Eva, y que las ciudades (y los países), como sucursales del Paraíso y a la vez antros de maldad y de perversión, venían viciados de madre, pues fueron fundados al tiempo por personajes non sanctos. Por ello fueron rápidamente borrados con el diluvio, con todo y sus habitantes de tan ingrata procedencia, por un Dios descontento de su creación. Quien, por compasión por Noé, lo salvó con su mujer, sus hijos y nueras, a bordo de un arca, permitiendo que se perpetuara la semilla de maldad que heredamos, no solo de nuestros primeros padres, sino de la generación de los ángeles luzbélicos, para quienes el infierno sería la Tierra.

A los libros de culto no debe exigírseles rigurosa coherencia en sus revelaciones, pues el mito excede la realidad, y la literatura, más aún la sagrada, que es inspirada, por naturaleza puede permitirse dislates. Los mismos exégetas acentúan que no hay que tomarlo todo al pie de la letra. La escritura de la Biblia, soplada por el Espíritu Santo, tiene seguimiento en la expresión de los escritores mortales, tentados a continuar con la creación desde la ficción.

Las ciudades han sido objeto de maravilla para muchos de sus habitantes y de los viajeros que las descubren. Hay quienes las detestan como territorios antinaturales, enclaves enemigos de la descansada vida rural. Yo mismo las venero, por mi sangre de ángel precipitado. La ciudad donde nací, cuando vuelvo a ella, ya no la reconozco, lo mismo las que conocí hace muchos años, que se van convirtiendo en otras. En ello puede que resida su encanto, pero en cada visita el encanto es otro.


Jotamario Arbeláez

jmarioster@gmail.com