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El esplendor de Nariño

El octavo lugar de suma belleza es la laguna Verde del volcán Azufral en Nariño.

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14 de marzo 2016 , 07:04 p.m.

En un ejercicio de amor a Colombia llevo proponiendo a los colombianos diez lugares de suma belleza para que los visitemos.

A lo largo de mi vida defendiendo el medioambiente, invitando a los colombianos a visitar el país y criticando acerbamente a los que lo destruyen, ha sido axiomático para mí y así lo he dicho muchas veces: visitar para conocer y conocer para amar. No se puede amar lo que no se conoce. Termino hoy la serie con los tres últimos lugares de los diez propuestos.

El octavo es la laguna Verde del volcán Azufral, en Nariño. Para mí, el departamento más bello de Colombia, en sus campos y en su naturaleza verde, es Nariño. Partiendo de Túquerres por Los Tanques, una carretera de doce kilómetros siempre en ascenso, lleva hasta un kilómetro de la cima del volcán Azufral. Nariño es una tierra de volcanes: Chiles, Cumbal, Azufral, Galeras, Bordoncillo, Doña Juana.

Desde la cima, ubicada a 4.070 metros sobre el nivel del mar, con una vista imponente sobre el cerro Dedo de Dios o Gualcalá, gigantesca aguja rocosa que se lanza hacia el cielo, la laguna Verde, que duerme su sueño glaciar y llena casi todo el cráter allá abajo, y de un color verde brillante, luce como fantástica esmeralda. El viajero debe ir abrigado para soportar el reconfortante frío paramuno.

La laguna se puede visitar perfectamente durante el día y regresar por la tarde a Túquerres. Varias navidades de mi vida, varias porque son ya cinco, las he pasado acampando en el arenal al borde de la laguna. Las noches allí son descaradamente despejadas y las estrellas parecen llorar y despiertan nostalgias de edenes perdidos. Las tres lagunas más bellas de Colombia son: esta del Azufral, la Verde Encantada del Parque Nacional de los Nevados y la laguna de la Plaza en el Parque Nacional de la Sierra Nevada del Cocuy y de Güicán.

Propongo dos aventuras como noveno y décimo lugares. Y digo aventuras, porque exigen un poco de esfuerzo de los felices caminantes. Las dos son: llegar al nacimiento del río Magdalena y dormir una noche en selva cerrada. Son dos extremos: el frío paramuno de la laguna de la Magdalena y el calor de la manigua. Son dos realidades vitales en la riqueza natural de Colombia: los páramos por cuya defensa llevo más de 50 años luchando a brazo partido, como al país le consta, y la selva amazónica, pulmón del aporreado planeta.

Saliendo en carro de San Agustín, Huila (otra maravilla que hay que visitar), se llega a Quinchana y desde allí, en dos días a caballo o a pie, haciendo etapa en la posada de Palechor, el feliz caminante llega a la preciosa laguna donde nace el Yuma, como llamaban los indígenas al río medular de la patria.

Descendiendo un poco hacia el Cauca, en la vereda La Oyola, los campesinos ofrecen alojamiento sencillo y comida también sencilla, ambos suficientes. Haciendo base en esta vereda se visitan las lagunas de Santiago y de La Magdalena y los inmensos frailejonales del páramo. Excursión exultante.

Y, por último, partiendo de Mitú y remontando el río Vaupés se llega al raudal de Yuruparí, y desde allí, en cuatro horas de tranquila y fascinante caminata por la selva, se escoge el lugar para levantar la carpa a orillas de un riachuelo.Una noche oyendo y sintiendo la sinfonía y la energía de la selva es inolvidable. Allí se comulga con la fuerza telúrica de la Madre Tierra. Colombianos, Colombia viva, hermosa, palpitante, descrestadora, nos espera.


Andrés Hurtado García