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El chileno ganador del 'Nobel' de arquitectura

Alejandro Aravena habla del cambio de paradigma que implica el reconocimiento a su trabajo.

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12 de marzo 2016 , 08:19 p.m.

“No pude hablar, me quedé mudo. Fueron casi 10 minutos sin poder decir nada. Colgué y aún estaba en shock”. Así recuerda el arquitecto chileno Alejandro Aravena el momento en que a través de una llamada telefónica le informaron que acababa de recibir el premio Pritzker 2016: el premio ‘Nobel’ de la arquitectura mundial.

Aravena, quien es el actual director de la Bienal de Venecia, es el cuarto latinoamericano que recibe este galardón, tras el mexicano Luis Barragán y los brasileños Oscar Niemeyer y Paulo Mendes da Rocha.

Además, este chileno de 48 años es el arquitecto más joven que lo gana en solitario, pues si bien Ryue Nishizawa (japonés) lo obtuvo a los 44 años, lo recibió junto con su compatriota Kasuyo Sejima, quien tenía 54.

Socialmente comprometido

Tom Pritzker, presidente de la Fundación Hyatt –que entrega el premio Pritzker desde 1979–, justificó el galardón para este santiaguino de la siguiente forma: “El jurado ha seleccionado un arquitecto que profundiza nuestra comprensión de lo que es realmente un gran diseño. Alejandro Aravena ha sido pionero en un tipo de práctica colaborativa que genera potentes obras arquitectónicas y también aborda algunos de los principales desafíos del siglo XXI. Su obra ofrece una oportunidad económica a los menos privilegiados, mitiga los efectos de los desastres naturales, reduce el consumo energético y proporciona espacios públicos acogedores. Innovador e inspirador, demuestra que la buena arquitectura puede mejorar la vida de las personas”.

La declaración no fue retórica. Aravena es identificado como un arquitecto de ideas vanguardistas y comprometido socialmente. Su estudio en Santiago de Chile, llamado Elemental, ha construido ya 2.500 viviendas de interés social en las que aplica el concepto de la ‘vivienda social progresiva’, una idea que nació como una forma de lidiar con los bajos presupuestos gubernamentales y que se funda es suministrar viviendas que cubren las necesidades básicas, pero que luego sus dueños pueden ir ampliado y mejorando.

“En lugar de invertir todos los recursos en una casa mal terminada y con mal diseño, como se suele hacer en los planes sociales, con este sistema se invierte el dinero en ‘media casa buena’, y la otra mitad queda proyectada para que la terminen sus dueños en la medida de sus posibilidades y a su criterio”, dice Aravena en sus conferencias.

Además, la arquitectura social de Aravena tiene otra gracia: siempre consulta los intereses y necesidades de quienes vivirán en ellas. Es participativa.

El centro de innovación Anacleto Angelini, una de sus obras más conocidas, en la Universidad Católica de Chile. Foto:Archivo particular

No en vano el acta del jurado resaltó: “Alejandro Aravena personifica el renacimiento de un arquitecto comprometido con la sociedad (...) El papel del arquitecto está siendo desafiado para servir mayoritariamente a necesidades sociales y humanitarias, y Aravena ha respondido a este desafío de forma clara y generosa”.

Desde luego, vivienda de interés social no es lo único que sabe hacer. Aparte de varios edificios realmente espectaculares para la Universidad Católica de Chile, donde estudió arquitectura, ha realizado obras en Estados Unidos, México y Suiza, y actualmente está construyendo una sede para la farmaceútica Novartis en la ciudad china de Shanghái.

La lista de reconocimientos a su labor tiene ahora al Pritzker en primer lugar, pero no ha sido el único premio en su carrera. Aravena –que estuvo becado durante toda su carrera por ser un alumno excelente– ha recibido la medalla de arquitectura Erich Schelling (Alemania), el León de Plata en la Bienal de Arquitectura de Venecia, el premio Avonni a la innovación y el Marcus de arquitectura. Además, es miembro del Royal Institute of British Architects y se ha desempeñado como profesor visitante en Harvard y ha dado clases en el London School of Economics.

¿Qué significó este logro en su carrera?

La pregunta es para qué queremos usar el poder de este premio, y la respuesta es: para ser más libres. De aquí para adelante, no hay nada escrito.

¿Se siente más validado?

Más relajado. Cada vez más eres tú mismo tu propia medida de calidad, tienes que cumplir contigo mismo, y probablemente eso sea más difícil porque la presión ya no viene de afuera. A la vez es más liberador, ya no hay que probarle nada a nadie.

¿Es una ventaja o una desventaja ganar este premio a los 48 años?

Los premios se pueden dar por trayectoria o a alguien cuya mejor obra aún esté por venir. Yo quisiera transformar toda la energía que viene con este premio en tirar la piedra más lejos todavía. Siento que mi mejor obra aún está por venir. De hecho, la arquitectura es una carrera tardía porque integra tantas cosas tan distintas que la madurez es un buen aliado.

¿Lo sorprendió el premio?

Hasta ahora había una valoración de lo convencional, la arquitectura asociada al mundo artístico, a cuestiones estéticas, pero nuestro caso es distinto. Mi arquitectura tiene como variables ciertos componentes sociales y políticos, y no necesariamente van a ser bien juzgados en las ligas convencionales. Algunas de mis obras, como el Centro Angelini, corren esa carrera, pero otras no. Las viviendas sociales no compiten por ser las más bonitas, porque tienen muchas fuerzas en juego. Por eso yo no esperaba este premio, porque las categorías por las que había que juzgarnos implicaban un cambio de paradigma. Pero las cosas han cambiado; tú antes ganabas el Pritzker habiendo hecho puros museos, hoy lo dudo.

¿Con qué se gana ahora?

Con viviendas sociales, pensando ciudades como atajo para alcanzar la equidad, con proyectos de espacio público, de transporte, con soluciones para conflictos sociales y políticos. Hay muchos fenómenos en los que la arquitectura puede hacer una contribución.

Un profesor que lo haya marcado…

Varios. En la Universidad de Venecia, por ejemplo, había unos profesores increíbles. Cuando estuve allí, gracias a una beca, y me tocó la clase de Manfredo Tafuri, donde si la clase era a las once de la mañana, a las nueve ya había gente reservando puesto para no perdérsela. ‘Pensamiento trágico’ fue un curso que me cambió la actitud de vida. Ellos decían que la tragedia no es una forma literaria, sino una forma de conocimiento. Y lo que plantea es que no hay una única respuesta, sino realidades en conflicto. La fertilidad del mundo viene de que haya fuerzas opuestas en fricción. Del conflicto de las fuerzas sale lo nuevo. Eso me enseñó a pensar de otro modo.

¿De qué manera?

En entender que muchas veces las cosas simplemente no pueden hacerse perfectas, aunque quieras, por lo que puedes hacer del ‘error’ un principio de vitalidad, a propósito. Por ejemplo, en el edificio de la Facultad de Matemáticas de la Católica hicimos todas las ventanas diferentes, porque acá, en Chile, pasa eso: las ventanas nunca quedan iguales. Si yo estuviera en Suiza me cobrarían un ojo de la cara por hacer todas las ventanas diferentes. Entonces, es un proyecto lleno de errores.

¿Es cierto que casi abandona la arquitectura?

Cuando volví de Venecia empecé a trabajar haciendo discotecas y los primeros bares de Bellavista (barrio bohemio de Santiago) que tenían diseño. No había constructoras que los hicieran. Pero un día trataron de estafarnos y me apesté de haber estudiado para que el trabajo fuera tan penca (malo). Así es que renuncié a la arquitectura y me fui a poner un bar. Se llamaba El Bar Sin Nombre. Vivía de noche, atendía el local. Era estar en otro planeta.

¿Y qué lo trajo de vuelta?

Después de dos años empecé a echar de menos la arquitectura. Hubo un concurso para la capilla del campus San Joaquín de la Universidad Católica. La dibujé solo y me quedó buena, pero me descalificaron porque lo hice en un papel que no correspondía. Ni siquiera la miraron. Eso me dio rabia, y dije: ‘Voy a volver a esta cuestión’. Hacía clases, y Fernando Pérez –entonces decano de arquitectura– me encargó hacer la Facultad de Matemáticas de la U. Católica.

Sus proyectos de vivienda social fueron claves en la decisión de premiarlo. Foto: Archivo particular

¿Cómo fue su experiencia en Harvard?

Harvard fue como si me hubieran puesto una película delante de mí: vi todo lo que no había que hacer en la vida. Yo hacía clases, pero iba y volvía, porque mi hijo estaba en Chile. Trabajaba hasta muy tarde, me quedaba todos los días hasta las diez, once de la noche, y todo el mundo estaba en la universidad a esa hora. Ibas el sábado, ibas el domingo, y ahí estaban todos. Y lo que pensé fue: ‘Si de esto se va a tratar la vida, no, prefiero ir más lento, prefiero no llegar a donde me imaginé en algún momento que iba a llegar como profesional. Pero esta vida no es para mí’. Me ofrecieron quedarme como sénior. No quise. Todo el mundo me dijo que estaba equivocado. Nunca me he arrepentido. La eminencia es latera (aburridora). Me da lata la gente que se da muchas vueltas intelectualmente. A mí solo me interesa pensar porque es la forma rigurosa de llegar a algo.

Usted es crítico con la universidad, en general. ¿Por qué?

Si tú les dijeras a los estudiantes cuando entran a arquitectura que esta carrera se trata de construir, de la mejor manera posible, los lugares donde la gente vivirá, habría otros cursos, otros profesores. Y no hablo solo de las nuestras. Harvard me pareció lo mismo. No se estaba discutiendo nada relevante. Eran puros papers para gente inteligente.

¿Qué tanto le va a cambiar la vida este premio?

Supongo que todos los proyectos que tenía en carpeta y nadie quería financiar pueden tener una segunda oportunidad.

¿Es ambicioso?

Sí, soy ambicioso, pero no en el sentido de tener plata. Me importa hacer cosas que tengan sentido y no por cumplir. Hacer algo por cumplir en general me da lata, no le encuentro el desafío, es fome (aburrido).

¿Y hay algo que le preocupe?

Que este premio, más que darme libertad, termine transformándose en una responsabilidad. Un proyecto por aquí, una opinión por allá, que haya mucha gente queriendo tenerte cerca de sus necesidades y que esa demanda desbalancee tu vida personal. El tiempo personal es un recurso escaso. Yo, en todo caso, voy a seguir con mi política de nunca contestar el teléfono durante el fin de semana.

¿Y ya sabe en qué se van a gastar la plata del premio?

El premio, 100 mil dólares, una buena parte lo vamos a gastar en ir todos los socios, con señora y familia, a recibirlo. Vamos a disfrutar esa plata. ¿Cuántas veces te puede pasar esto en la vida?

ESTELA CABEZAS A.
El Mercurio (Chile) - GDA