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¿Tienen las Farc futuro en política?

Las élites colombianas también están divididas sobre cómo le irá a la guerrilla sin armas.

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10 de marzo 2016 , 03:26 p.m.

¿Cuáles son las posibilidades que tienen las Farc, una vez dejen las armas, de convertirse en un movimiento político influyente en Colombia? Esta es, probablemente, la gran pregunta del proceso de paz.

El Presidente y su principal opositor ofrecen respuestas opuestas: mientras el primero considera a las Farc unos ‘mamertos’ sin mayor chance si no cambian su discurso, para el segundo representan un peligro real: la pesadilla del 'castrochavismo'.

Lo interesante no es que ambas posturas sean probablemente equivocadas, sino los presupuestos que esconden.
La convicción del Presidente es que un discurso ‘mamerto’ no empalma con la Colombia urbana moderna que él tan bien encarna. Ese país donde muchos ven a las Farc no solo con odio por sus prácticas degradadas de guerra, sino como ‘dinosaurios’ de otra Colombia remota y oscura que poco conocen, a los que les dan, a lo sumo, unas cuantas curules o alcaldías en parajes marginales.

Si tras esta idea hay una suerte de desprecio profundo por el potencial político de unas Farc desarmadas, además de cierta condescendencia (“hagan política, muchachos, y ya veremos cómo les va”), tras la tesis del uribismo sobre el peligro del castrochavismo que representan las Farc hay lo opuesto: miedo e intransigencia.

La idea de que el presidente Santos está conduciendo a Colombia hacia el castrochavismo bordeará el surrealismo político, pero en la oposición muchos la creen genuinamente. Esa creencia ampara un temor profundo a que, aligerado del lastre funesto de los fierros, el discurso de las Farc pueda empalmar con el sentimiento de millones de colombianos excluidos de la política, en una avalancha como la del carismático coronel venezolano, que barrió con medio siglo de régimen político.

Pero hay más: la tesis del peligro castrochavista se alimenta de una intransigencia cercana a la que llevó a cerrar a sangre y fuego la entrada a la política a fuerzas que desafiaron la confortable y estrecha democracia nacional. Una intransigencia que, para frenar lo que considera una amenaza mayor, recurre a la violencia y justifica la guerra.

Es diciente que el uribismo solo tenga la obsesión del castrochavismo cuando sobran ejemplos enteramente distintos de exguerrilleros en el poder. Aun en el caso de que las Farc llegaran a ser gobierno, ¿por qué no podría ser al estilo del ‘mujiquismo’ uruguayo, el ‘sánchez-cerenismo’ salvadoreño o el ‘rousseffismo’ brasileño?

Caso aparte es cómo se asumen las Farc a sí mismas. Al ver a ‘Iván Márquez’ y sus compañeros estrechar manos y echar discursos en Conejo, era inevitable pensar en la política tradicional: una dosis de simpatía popular y otra de buses y almuerzos. Es probable que las Farc sobreestimen la popularidad que pueden tener en sus zonas de influencia tradicional, sobre todo donde han acompañado históricamente la colonización y la organización campesina, y que subestimen la distancia que tienen con el mundo urbano, ante el que portan una marca negativa difícil de borrar.

Puede ser que no tengan la cauda para tomar el poder electoralmente al estilo castrochavista y hacer realidad en los próximos años los peores sueños del uribismo. Pero en todo caso, las Farc tienen un potencial político infinitamente mayor que el que les atribuyen en los cocteles quienes las llaman ‘mamertos’.


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Más valdría que las élites colombianas despertaran. Si el proceso de La Habana sale mal, solo unos pasos separarían la intransigencia del reciclaje de la violencia para impedir la entrada plena de las Farc a la política. Y si sale bien, remover las armas del ejercicio de la democracia no solo puede traer inmensos beneficios y salvar infinidad de vidas; podría, además, provocar todo un cataclismo en la política.


Álvaro Sierra Restrepo

cortapalo@gmail.com
@cortapalo