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De diccionarios y cartas apócrifas: dos crónicas por el precio de una

Juan Gossaín le sigue la pista a las extrañas conductas lingüísticas de la Real Academia Española.

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09 de marzo 2016 , 11:16 p.m.

Soy periodista desde hace 46 años y nunca en mi vida había escrito sobre dos temas tan distintos en una misma crónica. Pero ahora me veo obligado a hacerlo porque lo exigen las circunstancias.

Para empezar sin más preámbulos, resulta y pasa, como decía mi madre, que hace más de cuatro años publiqué en estas mismas páginas una crónica apasionada en la que, con el anillo de compromiso en la mano, le declaré mi amor rendido al diccionario de la lengua castellana.

Pero hoy, como suele suceder en los idilios ardientes, vengo a regañarlo porque ha cometido una infidelidad conmigo. Esas travesuras de alcoba no son aceptables en el amor y tampoco en la gramática. Es que el mío no es un sentimiento gratuito ni momentáneo, o un capricho. En otras ocasiones he contado que mi padre era un emigrante libanés que llegó a Colombia sin saber si la letra o era redonda o cuadrada, y aprendió a hablar como don Quijote de la Mancha, con un diccionario que leía sin descanso, sentado en la puerta de su casa, bajo el sol implacable de San Bernardo del Viento.

La virgulilla

Mientras me seco una lágrima de amante traicionado, les voy contando a ustedes lo que ha ocurrido. Una joven periodista me llama por teléfono para preguntarme qué diablos es una virgulilla. Le explico que así se llama esa rayita que ponemos sobre la letra n para que se convierta en ñ.

–Ya sé –exclama ella, con viveza–. Virgulilla es el palito de la ñ.

Cuando la periodista se despide, yo aprovecho para buscar en mi computador el portal electrónico de la benemérita Real Academia Española, institución que tiene ya trescientos años de existencia, la misma que limpia, fija y da esplendor a la lengua castellana, como hacen los buenos detergentes. Ese portal es tan moderno y útil que se puede consultar fácilmente desde el computador o el celular. Allí aparece, completa, la edición número 23 del Diccionario, la más reciente, tan nueva que solo empezó a circular en octubre del 2014.

Figuran dos definiciones de virgulilla y se advierte, de entrada, que ambas son femeninas. Al pie de la letra dice lo siguiente: “1. Signo ortográfico de forma de coma, rasguillo o trazo; por ejemplo, el apóstrofo, la cedilla, la tilde de la ñ, etc. 2. Raya o línea corta y muy delgada”.

¿Y el rasguillo?

Ahora soy yo el que siente que una mosca está dándole vueltas en la oreja: ¿qué es un rasguillo? Me lo imagino, pero, en estas materias, es mejor confirmarlo con el propio Diccionario, que en mi tierra llaman “mataburro” no solo porque sirve para instruir a la gente sino porque, además, sus ediciones antiguas eran tan grandes y pesadas que con ellas se podía descalabrar a un cristiano.

Busco, pues, el bendito rasguillo. Y miren lo que dice, textualmente, la venerable Academia en su página de internet:

“La palabra rasguillo no está registrada en el Diccionario. Las entradas que se muestran a continuación podrían estar relacionadas: *rasgo *rasgueo”.

¿Ah, sí? ¿Con que esas tenemos? Y si ‘rasguillo’ no está registrado en el Diccionario como vocablo válido, ¿por qué el propio Diccionario la usa para definir lo que es una virgulilla?

Quedo viendo un chispero. Me resisto a creer lo que está pasando. “Las incongruencias de la tecnología”, digo, para mis adentros, y salgo disparado a buscar la edición impresa, que viene en dos tomos. En el segundo de ellos, página 2.249, encuentro la definición de virgulilla. Es exactamente igual, letra por letra, a la de la página electrónica, que transcribí arriba. Entonces busco rasguillo. Y aquí tampoco aparece.

Consulto más de veinte diccionarios. Tampoco. Ni sombra de la palabreja. Y es lógico que así sea, pues ellos se siguen por el que edita la Academia, que es la máxima autoridad del idioma. En resumidas cuentas, me quedé sin saber lo que es el bendito rasguillo.

Palabras de contrabando

Admito que estoy perplejo, o, como dice el diccionario de sinónimos, paralizado por el asombro, patidifuso, atónito, estupefacto, desconcertado, turulato, espantado, sorprendido, pasmado, sin habla, boquiabierto, aturdido, atolondrado.

¿Es que acaso el Diccionario de la Real Academia, el incomparable, el benemérito, tiene licencia para desconocerse a sí mismo? ¿La propia Academia Española puede emplear palabras que ella misma no ha autorizado ni admite? ¿Y, entonces, qué se deja para la gente? Es como si el director de aduanas estuviera metiendo contrabando.

Me parece que esta es la vieja historia del alacrán que se muerde su propia cola. Me siento como debió sentirse aquel hombre prehistórico que inventó la rueda, porque encontrarle un dislate a la Real Academia Española –el guardián de la lengua, nada menos– es como descubrirle a Beethoven una nota desafinada.

Y la carta

Me avergüenza cambiarles el tema de una manera tan abrupta, pero se los advertí desde el principio. El tema que viene a continuación no es tan agradable ni place tanto al espíritu como hablar del diccionario y las palabras.

Pero es que ahí, al otro lado de la pared, parece que el país se hubiera enloquecido y están ocurriendo cosas terribles.

La semana pasada empezó a circular profusamente por las redes sociales una carta, supuestamente escrita por mí, y dirigida al Presidente de Colombia. No la escribí yo ni tengo la más mínima idea de quién pudo hacerlo.

Si me ocupo de semejante episodio es porque me llamaron incontables personas, me escribieron otras, salió en las páginas electrónicas y en las páginas de la prensa. Sin embargo, dejé pasar unos días porque la vida me ha enseñado a no ser impulsivo y contar hasta cien antes de reaccionar. A ustedes, pues, les debo esta respuesta.

Dicha carta es apenas un síntoma, uno más, de los incontables que están sucediendo a diario. Colombia se nos ha vuelto conflictiva, enloquecida y peleadora. La razón ha sido sustituida por el grito. No hay límite a nada. Ya no queda infamia que no se cometa o se esté cometiendo. El país está desenfrenado.

La cólera

La convivencia ha desaparecido. Azuzado por el mal ejemplo de sus más importantes dirigentes políticos, el país se polarizó agresivamente. La iracundia anda desencajada por la calle, como un perro rabioso, buscando a quién morder.

La confusión campea casi tanto como la corrupción. Ya uno no sabe quién miente y quién está diciendo la verdad. La intolerancia hace estragos. Los principios morales han desaparecido. Los jefes políticos han convertido el país en una olla de presión cargada de odio, y quiera Dios que no vaya a estallar en cualquier momento.

–Antes la gente era transparente –me dice Álex, un joven navegante–. Pero ahora todo se ha puesto oscuro.
Ya no hay debates sino rencillas. Me duele decirlo, pero muchos de mis colegas no parecen periodistas sino activistas políticos. Se esfumó la ecuanimidad y se ha perdido toda ponderación. Quién sabe adónde iremos a parar.

Epílogo

Que nadie se equivoque: yo no escribo cartas privadas sobre temas públicos. Lo que tengo que decir lo digo aquí mismo, en estas crónicas, a la luz del día. Porque yo no escribo cartas; escribo crónicas.

Y a propósito de esa carta apócrifa, voy a repetir ahora lo que he venido diciendo en los últimos años, dondequiera que puedo y cada vez que puedo. Espero, entonces, y así se lo pido a ustedes, que esto quede claro de una vez por todas. Ahí voy:

No soy vocero ni pregonero de ningún partido, movimiento o líder político, sea quien sea, del Gobierno o de sus opositores. Lo que yo escribo no representa a nadie más que a mí mismo. Lo único que yo pretendo es ser la voz de los que no tienen voz. ¿Saben por qué? Porque no soy santista ni uribista; soy periodista.

JUAN GOSSAÍN