Archivo

Y, sin embargo, no hay de otra...

Debemos aprender a aceptarnos. No hay otra alternativa posible: debemos aprender a vivir juntos.

notitle
08 de marzo 2016 , 06:40 p.m.

No aguantamos más la polarización cada día más intensa y más aguda de las y los colombianos en referencia a las negociaciones del Gobierno con las Farc, la justicia, las definiciones de lo que entendemos por la paz, por la guerra, por la democracia, por la ética; y nos preguntamos si quedan algunas posibilidades para que podamos compartir ese país llamado Colombia, una tierra de nombre tan femenino y al mismo tiempo tan dura e intolerante.

Y, sin embargo, no hay de otra, no hay alternativa posible: debemos aprender a vivir juntos. Debemos aprender a aceptarnos y a construir estrategias que nos permitan pensar que es posible encontrarnos, dialogar, debatir sin odio, sin rencor y con una inaugural escucha. No hay de otra. Y creo que, en el fondo, todos y todas lo sabemos: habrá que ceder al menos en algo.

Pero cómo negar que sea difícil escuchar al otro cuando ese otro está ubicado en el polo extremo de lo que yo pienso, cuando el discurso de este otro está negando con sus propios argumentos todo lo que creo, todo lo que he construido durante una vida, todo lo que le da sentido a mi vida; es difícil e incluso a veces insoportable.

Paulatinamente uno siente que esa animadversión o ese odio, mortal veneno, se inmiscuye y penetra sigilosamente en mi piel, en mis neuronas para impedirme siquiera escuchar con atención ese discurso que está negando todo lo que creo.

Claro, uno puede respirar hondo, cerrar los ojos, relajarse y ubicarse en un estado zen, o sea poner la mente en blanco. Nada fácil. Y menos cuando se trata de argumentos que buscan contagiar todo lo que he construido, todo por lo cual vivo, milito o simplemente creo.

No obstante, no hay alternativa posible. Escuchar a ese otro que me desordena todo, escucharlo a sabiendas de que tiene derecho de exponer sus opiniones mientras vivimos en una democracia que necesita conflictos y debates constructivos que le permitan paulatinamente avanzar y encontrar una ruta capaz de conciliar reflexiones adversas es necesario.

Recordando siempre la ya famosa frase de Voltaire, ese filósofo de la Ilustración que nos advertía que hay que permitir, y no solo permitir sino defender, el derecho del otro a exponer sus argumentos aun cuando sean totalmente contrarios a los míos. Claro, con un límite. No defenderé hasta las últimas consecuencias argumentos que van en contra de los derechos de las personas, de lo que llamamos hoy derechos humanos y, dentro de ellos, los derechos fundamentales.

No defenderé nunca argumentos fascistas, patriarcales y xenófobos. No. Simplemente, porque van contra ideas de solidaridad, de generosidad y de reconocimiento de la persona. Pero también sé que no existe verdad absoluta, ni razón absoluta. Y sé también que no tengo siempre la razón.

Con los años, lo sé, he perdido algo de esta pasión a veces casi violenta para defender convicciones que me habitan desde hace tiempos. Y entonces me pregunto si de hecho soy una mejor persona o si el peso de los años me ha vuelto más tolerante a lo intolerable; ustedes dirán.


Florence Thomas
* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad