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La mafia como cultura

Narcotráfico es un formador, no solo por el dinero que produce, sino por los valores que impone.

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06 de marzo 2016 , 07:38 p.m.

En medio del alud de información y opinión que intentamos digerir, por ejemplo, sobre el proceso de paz en Colombia, a veces brillan por su lucidez mensajes sencillos, desinteresados, como el de Romeo Langlois, un periodista francés cuyo interés no parece otro que el de establecer y contar la verdad.

Langlois estaba de reportero en la selva colombiana cuando se dio un operativo antinarcóticos y en el choque entre el Ejército y la guerrilla, esta lo capturó. Luego, él pudo demostrar a los subversivos su condición de periodista y ellos empezaron a buscar la forma de devolverlo. “Me dijeron que tenía que comer, que engordar, para que no fueran a pensar mal”, reiteró a EL TIEMPO la semana pasada.

El día de su liberación, Langlois reveló que los guerrilleros lo habían atendido siempre bien, preocupados por su bienestar.

“He sido un secuestrado VIP”, fueron sus palabras, las que enervaron a más de uno. Se llegó a sugerir que aquellos 33 días retenido por las Farc le habían causado síndrome de Estocolmo, una simpatía enfermiza por la guerrilla de nuestro país.

Casi cuatro años después, la experiencia y la opinión de Langlois resultan, sin embargo, muy valiosas en momentos en que la paranoia y el terrorismo verbal siguen dominando la reflexión de los colombianos, antes de la firma sin reversa del acuerdo.

Romeo Langlois dice estar satisfecho porque el gobierno de Santos y la guerrilla de las Farc fueron por fin consecuentes con los millones de campesinos colombianos que han sobrevivido y padecido las consecuencias de la guerra. Pero los acuerdos dicen cosas que luego la gente tiene que hacer. Y sostener.

Para Langlois, el narcotráfico y sus reglas de juego son el mayor obstáculo de una paz verdadera. Estamos de acuerdo en que la mayoría de los colombianos necesita de mayores oportunidades, de fuentes reales de trabajo que reemplacen los cultivos de coca y demás economías ilegales del narcotráfico.

Los colombianos más jóvenes demandan una mejor educación. El asunto académico no es de cobertura, sino de calidad. Una cosa son las estadísticas; otra, los contenidos formativos.

El narcotráfico es, sin duda, una gran piedra en el zapato. El formador en tinieblas, no solo por el dinero que produce y reparte, sino por las costumbres y el código de valores que impone.

La mafia es una ideología, un sistema que lo atraviesa todo: el Estado, las instituciones, la cultura popular, la cotidianidad. Hay que sacar a la gente, no solo de la economía sino de esa ideología ilegal. Revertir, destruir la cultura del narcotráfico. Solo así habrá cambios de fondo en Colombia.

Y para que esto ocurra, el mundo deberá también implementar soluciones alternativas a la criminalización de las drogas. Regularlas o legalizarlas. Creemos, con Romeo Langlois, que las políticas represivas han fracasado y que, a nivel internacional, deberán aplicarse soluciones que las legalicen o que regulen su mercado.

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Donald Trump es un sicótico que dice lo que le sale de las tripas, sin rigor ni filtro ético o estético alguno. Su lenguaje es todo lo opuesto al recomendado por los asesores de imagen y, por ende, resulta asombroso, repudiable e interesante.

Trump es el empresario puro, sin los políticos como intermediarios. Su discurso no es ambiguo ni dora la píldora de nadie. El bárbaro –porque echa por la borda todos los cánones de la civilización– apela en directo al sentimiento xenófobo, machista y guerrerista que habita el alma de los blancos pobres y de clase media norteamericanos. En consecuencia, y como habla con las tripas, Trump produce noticias por segundo y, sin duda, merece la atención de los observadores mediáticos.

HERIBERTO FIORILLO