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Una historia de ausencias y heridas familiares

La periodista caleña Paola Guevara habla de nuevo libro 'Mi padre y otros accidentes'.

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06 de marzo 2016 , 12:24 a.m.

A esta niña le dijeron que tenía que llamar mamá a su abuela, papá a su abuelo, sobrino a su hermano y hermana a su madre. En su pequeño mundo de caracoles y grillos saltarines existía una figura lejana, la de un tipo buen mozo y aventurero que se fue de viaje y nunca volvió y del que, supuestamente, era hija. Y existía, también, un fugaz encuentro con otro hombre –este sí, su verdadero padre–, distante, silencioso, que se quedó sentado en una silla mientras ella chapoteaba en una piscina con forma de avión.

Esa niña se llama Paola Guevara (Cali, 1977), es periodista y un día, la realidad, siempre apabullante, siempre despiadada, le estalló en la cara en forma de un mensaje de texto en su celular: “Fernando Lince vive en Cali y quiere conocerte. Acabo de darle tu número. Te va a llamar”.

La historia de cómo una mujer que sobrevivió a una infancia llena de ausencias encuentra a su padre a los 34 años se convirtió en una novela de no ficción que es también un viaje sin arnés por las heridas emocionales que deja la familia, por el perdón, la resiliencia y el papel de los padres en la sociedad moderna. 'Mi padre y otros accidentes' (editorial Planeta) se abrió camino sola y fue, para Paola Guevara, la llave de su sanación emocional. “Mi proceso de paz fue esta novela. Y la firma de mi proceso de paz es mi nombre sobre la carátula de ese libro”.

¿Cómo se sobrevive a una infancia de abandonos y ausencias?

No es solo mi historia. Ahí afuera hay millones de personas que fueron salvadas por sus abuelos, por un tío o por padres adoptivos... En mi caso fueron mis abuelos los que me dieron una identidad, una estructura psicológica y un amor inconmensurable.

¿Recuerda el momento exacto en el que decidió escribir esta novela?

Desde que tenía 5 años quería ser escritora. Simplemente la historia que me condujo a ese sueño me llegó por un mensaje de texto de mi madre biológica diciéndome que el padre que yo creía no existía y que era uno nuevo que resultó ser mi vecino.

Cavar en la propia psiquis y en la historia familiar debe de ser una experiencia tan fascinante como aterradora...

Duele, duele mucho. En la novela yo digo que es como meter las manos en la materia turbia del odio y triturar esos sedimentos con los dedos. En eso consiste elaborar duelos. Y eso exige untarse las manos. Y llorarla. Somos un país con muchas historias sin contar porque se quedaron sin palabra.

Usted se pregunta por qué seguimos creyendo que los hombres son desechables y se pueden extraer de la vida de los hijos...

Yo quería que este libro fuera al rescate del arquetipo del padre héroe, que, creo, está muy denostado. Nos hemos convencido de algunas frases tan malvadas e inoficiosas como que madre solo hay una y padre es cualquiera. Después de escribir esta novela puedo decir que la figura paterna es sagrada y muy importante para el equilibrio psicológico y emocional de las personas. Como sociedad también lo sufrimos, porque vivimos en un país muy herido por la vía paterna. Y por eso nuestras heridas sociales, que nos llevan, por ejemplo, a ir detrás de cada figura caudilla que se nos ofrezca como paternal.

Pero las estadísticas están allí. Este es, efectivamente, un país sin padres. Y no precisamente porque las mujeres los extirpemos de la vida de nuestros hijos...

Por eso también invito a replantear los discursos sociales en torno al padre, que son bastante agresivos. Vivimos repitiendo que son desechables y que lo importante es que el hijo sea de la madre. Parece que solo son ellos los que abandonan, engañan, hieren y mienten. Tenemos que revisar qué tan cierto es eso y qué tan empoderada está la mujer para saber qué clase de padre elige para su hijo.

Y entonces llegamos a la figura de la madre. Usted plantea que todo reclamo contra la mujer-madre es anatema...

Sí, porque nos han vendido un arquetipo de madre asociada a lo virginal. Lo que intento, a través de esta novela, es desacralizarla. Creo que seríamos más sanos emocionalmente si entendiéramos que ellas pueden cometer errores, que son humanas, terrenales, y que tienen derecho a equivocarse y a hacerlo terriblemente mal.

Es que ser mujer no nos exime de nada. Los discursos se pervierten y parecemos siempre las víctimas...

Sí. A partir del empoderamiento las mujeres podemos transformar nuestras historias personales en lugar de ser siempre las víctimas. Tenemos que ser responsables de qué tipo de hombre elegimos como padre de nuestros hijos y de qué relaciones nos entregamos a nosotras mismas.

Hay una carga muy dolorosa y es el miedo a repetir los errores de nuestros padres...

Por supuesto. En mi caso no era miedo, era pánico. Por eso creo en la necesidad de identificar cuáles son esas estrategias psicológicas que viven en ti para no traspasarlas a tus hijos. Vivimos en una sociedad que repite y repite la misma cadena de errores; por ejemplo, madres que no quieren serlo y lo son.

¿Por qué cree que nos cuesta tanto mirar hacia dentro y hacia las heridas emocionales que nos dejó la familia?

Porque cuesta mucho. A mí me costó tres años escribir la novela. Hubo capítulos en los que me sentaba a escribir y me ponía a llorar, me temblaban las manos, tenía que parar y tranquilizarme. Ahora hasta encuentro rasgos cómicos en esa historia. Y los personajes que aparentemente serían más malvados y desalmados, hoy en día les encuentro astucia, inteligencia, belleza. Saber que no se quedó ese verbo encerrado y que se pudo expresar y compartir con el mundo fue sanador.

Usted acudió a una terapia de constelaciones familiares que fue muy liberadora...

Lo más sanador de todo es la palabra. A través de la novela yo pude llegar al fondo, confrontar las heridas y sanar. Pero había unas zonas de mí a las que no tenía acceso y en eso las sesiones de constelaciones familiares resultaron maravillosas, porque pude hacer el mapa de mi familia y encontrar que estaba lleno de roles en desorden. Se terminó retroalimentando la terapia con la novela y la novela con la terapia.

Se podría decir que en una sociedad como la nuestra, tan lastimada, todos deberíamos buscar ayuda...

No todo el mundo lo necesita. Pero los que sí, deberíamos ser conscientes de nuestra propia sanación. Y sobre todo ahora que Colombia está hablando de paz: resulta que el proceso de paz más importante es dentro de la familia, porque es ahí donde acontecen las heridas más profundas.

En algún momento del libro usted reivindica el derecho natural a sentir odio y a no perdonar...

Perdonar es complicado y eso lo sabemos todos. Pero es porque nos han vendido que el perdón es como una varita mágica y ya. Yo me atrevo a cuestionar eso, el perdón no es un acto mágico, es un proceso que requiere tiempo, y no se consigue con un bozal de santurronería ni tranquilizando conciencias ajenas. Pero yo diría que hay que hacerlo. El perdón es un regalo que uno se entrega a sí mismo. Y es un deber humano para con uno.

TATIANA ESCÁRRAGA
Editora de Redacción Domingo