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El promiscuo sexo de los muiscas / Sexo con Esther

De la llegada de los españoles conservamos algunas taras mentales que refuerzan la doble moral.

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05 de marzo 2016 , 06:08 p.m.

Quienes consideran raras ciertas costumbres sexuales que se ven hoy, seguramente no les han dado una mirada a las que exhibían los indígenas desde antes de la llegada de los españoles al país.

Según el investigador Luis Alberto Parra, que es un conocedor del tema, los muiscas o chibchas, que habitaban la meseta cundiboyacense, eran en este aspecto mucho más desinhibidos que los ibéricos.

Basado en las crónicas escritas por españoles de la época, Parra cuenta que eran polígamos, y para la muestra está que los zipas, que hacían parte de la nobleza que gobernaba a los chibchas, podían llegar a tener hasta 100 mujeres. (Lea aquí: Algunos gustos raros en la cama / Sexo con Esther)

Cuando uno de ellos moría era enterrado con las viudas y sus esclavos, ¡vivos! Ahora, si la mujer principal moría, el cacique era obligado a abstenerse de tener relaciones sexuales hasta por cinco años.

La infidelidad femenina era duramente castigada, a grado tal que se obligaba a la infiel a acostarse con los diez hombres más feos de la tribu.

El matrimonio, cómo no, era convenido entre familias, y las mujeres no solo eran compradas sino también sometidas a un periodo de prueba.

Me explico: el señor muisca se llevaba a la elegida para su casa y convivía con ella por un tiempo; si quedaba satisfecho con la adquisición, el trato quedaba cerrado, y si no podía devolverla.

Pese a que el machismo predominaba, la virginidad femenina no era muy exigida ni apetecida por los muiscas, de hecho la consideraban más bien un estorbo para el contrayente, pues en esa época se pensaba que las vírgenes eran algo así como “las más feítas de la casa”.

Las únicas vírgenes eran las esclavas capturadas de otras tribus, que se destinaban a sacrificios ceremoniales; en cuanto al celibato, esta condición estaba reservada a los médicos sacerdotes, un rasgo similar al que exhibían los religiosos españoles.

Unos y otros, indígenas e ibéricos, también rechazaban la sodomía –que era severamente castigada con el empalamiento de los pobres gais; y el incesto en este caso, si los culpables se dejaban pescar, podían acabar metidos en hoyos húmedos con sabandijas de todo tipo.

Mezclados la desinhibición, la poligamia, los periodos de prueba y el desprecio por la virginidad, pues el resultado no podía ser otro que una tremenda promiscuidad sexual antes del matrimonio o arrejunte, para ser más exactos. (También: Los accidentes sexuales más comunes que usted debería conocer)

Por supuesto que semejante condición, unida a la soledad de los españoles, facilitó mucho el mestizaje.

Esto serviría para explicar, por ejemplo, la doble moral con la que muchas veces asumimos públicamente la sexualidad, y un comportamiento en el catre más abierto, pero con muchas taras heredadas de los peninsulares. Taras, sí, que alimentan las conductas de hoy que tanto aterran a algunos. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO