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Luiz Inácio Lula da Silva, el desplome del sueño brasileño

El expresidente de Brasil defiende su inocencia y trata de hacer perdurar su legado.

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05 de marzo 2016 , 06:00 p.m.

Luiz Inácio Lula da Silva huyó de la miseria campesina, se hizo tornero, fundó un partido, llegó a la presidencia de Brasil en su cuarto intento, eligió a su sucesora y hoy es en blanco de la mayor investigación por corrupción en la historia del país.

La verdadera novela política que es la vida de Lula sumó el viernes pasado un nuevo capítulo, con una operación policial que incluyó allanamientos a su residencia y a la sede del instituto que dirige, todo vinculado a las corruptelas en la estatal Petrobras.

El expresidente fue trasladado desde su casa, en São Bernardo do Campo, en las afueras de São Paulo, a una comisaría para prestar declaración, bajo sospechas de que se ha enriquecido ilegalmente con la corrupción petrolera, que salpica a importantes líderes del Partido de los Trabajadores (PT), que él fundó y que lo llevó al poder.

“Me sentí prisionero”, dijo Lula, tras dar testimonio ante la Policía Federal en el aeropuerto de Congonhas. “Si querían escucharme solo tenían que llamarme, que yo iba, porque no debo y no temo” a la justicia, sostuvo.

A sus 70 años, el carismático mandatario (2003-2010) que seducía al mundo de la mano de un Brasil emergente, lleva meses luchando contra la sombra de la corrupción y ahora ve amenazado su legado.

De hecho, su detención dejó atónitos a muchos, pero como dijo la analista económica brasileña Míriam Leitão del diario ‘O Globo’, “la Policía Federal en la casa de Lula demuestra que no hay intocables en el país”.

La operación contra el expresidente, uno de los líderes más carismáticos de Brasil, agitó los ánimos de sus defensores y críticos, quienes llegaron a enfrentarse el viernes, pues –según Rafael Cortez, un analista político de la consultora Tendencias en São Paulo– “Lula es un político que polariza a la sociedad brasileña”.

El hijo más renombrado del paupérrimo noreste de Brasil dejó la presidencia en el 2011 tras ocho años en el poder con una popularidad del 87 por ciento y se la entregó a Dilma Rousseff, casi una desconocida hasta que él la impuso como su sucesora para las elecciones del 2010.

Ese traspaso del poder a su ahijada política fue para Lula la coronación de una vida que comenzó un día que ni siquiera él tiene claro.

El exmandatario nació en 1945 y conoció desde la cuna la pobreza en la que vivía casi un tercio de los 170 millones de brasileños. El séptimo hijo de un matrimonio de analfabetos fue abandonado por su padre cuando tenía siete años y la familia emigró a la prometedora capital industrial de Brasil, São Paulo.

Allí, Lula fue vendedor ambulante y lustrabotas. A los 15 años inició su formación de tornero mecánico y logró ser el primero en la familia con un título. Al final de la década de 1970 se convirtió en el líder del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo, que dirigió una histórica huelga que desafió a la dictadura.

‘Estrella internacional’

Lula se formó ideológicamente en el marxismo y en 1980, con la apertura política, fundó el PT, que nació troskista, pero que con un Lula convertido al capitalismo se inclinó a la centroizquierda.

El líder brasileño fue candidato presidencial en 1989, 1994, 1998 y 2002. Al cuarto intento llegó al poder y apostó por la ortodoxia económica. El entonces mandatario pareció no tener oposición durante sus primeros dos años de gobierno, en los que su discurso social resonó más que los logros reales.

Se le atravesó entonces un primer escándalo de corrupción que descabezó a la cúpula del PT y surgió el Lula pragmático, que se desmarcó de su propio partido para aliarse al centro y la derecha, volver a ser candidato presidencial en 2006 y ganar otra vez.

En su segundo mandato, Lula se rodeó de una variopinta coalición, que justificó con el alegato de que “se gobierna en función de la correlación de fuerzas políticas”.

Su proyección internacional y la del propio Brasil llegaron hasta límites insospechados, apoyadas ambas en el despegue de un país que en sus ocho años de gobierno pudo sacar a 40 millones de personas de la pobreza (según los cálculos más optimistas).

En 2008, por ejemplo, Lula fue considerado como una de las veinte personas más influyentes del mundo por la revista 'Newsweek'.

En 2009, los diarios Le Monde (Francia) y El País (España) lo nombraron “Hombre del año” y luego la revista Foreign Policy lo catalogó como una “estrella del rock de la escena internacional”.

Defensor del mundo en desarrollo, Lula fue uno de los pilares de la creación de un nuevo estilo de gobernanza internacional que daba mayor protagonismo a las grandes economías emergentes, jugando un importante papel en la formación del grupo Brics, que asoció a Brasil con las economías de Rusia, India, China y Sudáfrica.

El nombre del exmandatario incluso sonó para ocupar el cargo de secretario general de la ONU y su papel en la formación de Unasur fue determinante.

Y es que el exmandatario se convirtió en la figura del sueño brasileño. “Lula es un tipo de orígenes humildes, que llegó a la cima desde el fondo, que dejó un legado de progreso social y un mejor Brasil”, dijo Claudio da Silva, un desempleado de São Paulo que se unió a la multitud que respaldaba al expresidente el viernes.

Pero con todo el escándalo por la corrupción en Petrobras, la imagen de Lula está a punto de desplomarse. “El ambiente político permanecerá aún más envenenado. (...) Y, mucho más que en el 2005, el proyecto de poder del PT nunca ha estado tan cerca del final”, escribió Alan Gripp, editor de São Paulo de ‘O Globo’.

São Paulo (EFE Y AFP).