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Cien años de los horrores de Verdún

Recordar esta guerra y sus consecuencias es reivindicar el valor de la resistencia.

04 de marzo 2016 , 10:09 p.m.

En Verdún, en el nordeste de Francia, reposan como en un camposanto plagado de cruces blancas los restos de cientos de miles de soldados franceses y alemanes que se enfrenaron en la batalla más larga de la Primera Guerra Mundial. Hay allí un estremecedor monumento de piedra que conmemora uno de los más sangrientos enfrentamientos de la humanidad y, también, una serie de placas que dan cuenta de en dónde quedaban las casas arrasadas de la ciudad. Pero, por las lecciones que puede sacar un planeta siempre a punto de perderse en combates delirantes, y que en el último año ha vuelto a parecer incapaz de resolver sus tragedias humanitarias, conviene recordar siempre que sea posible los horrores que se vivieron entre las trincheras desde el 21 de febrero hasta el 19 de diciembre de 1916.

Fue durante esa interminable batalla de hace cien años cuando el comandante francés Robert Nivelle pronunció la manoseada pero emocionante sentencia antifascista “¡No pasarán!”. El ejército alemán, perdido en la lógica de la soberbia, convencido –según recordó el jefe Erich von Falkenhayn– de que las tropas francesas terminarían rindiéndose por causa del desgaste, pretendía deshacerse de los obstáculos en su camino a la derrota de los ingleses. Y se lanzó entonces a la toma de Verdún, una ciudad centenaria, llena de pasadizos y de fortalezas desprotegidas, sin imaginar que diez meses después el resultado serían 250.000 soldados asesinados y 500.000 de ellos heridos. Y que la batalla dejaría de ser el símbolo incontestable de la fortaleza del imperio alemán para convertirse, con el paso de los meses y los golpes de astucia, en la insignia del coraje de los franceses.

Las imágenes de la batalla de Verdún, cuadros sobrecogedores en blanco y negro de hombres tragados por grietas, fortines derruidos por las nuevas armas y cadáveres apilados entre el barro, tendrían que haberle evitado al mundo las guerras que siguieron y siguen estallando como si fuera inevitable. Volver a ella, a sus estrategias y sus fracasos, es condenar la arrogancia de los invasores y reivindicar el valor de la resistencia.


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