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El limbo de la política española

Muchos actores, múltiples intereses y gigantescos egos oscurecen el panorama español.

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03 de marzo 2016 , 12:17 a.m.

Partido Popular, Podemos, Ciudadanos, PSOE, Izquierda Unida (IU), Vox; investidura, renuncia, secesión, corrupción, Felipe VI, en fin… Una cantidad casi inagotable de actores, siglas, agrupaciones y sucesos definitivos de la actual España protagonizan una grave crisis política que aqueja a la nación ibérica. Muchos actores, múltiples intereses y gigantescos egos oscurecen las responsabilidades de cada uno de los agentes inmiscuidos.

Se cree que la crisis política surgió el 20 de diciembre de 2015 tras los resultados de las elecciones generales, en los que ni el partido de gobierno, el Partido Popular (PP), obtuvo la mayoría para seguir dirigiendo los destinos de España. Y, no. La crisis política tiene antecedentes que agravan el retrato del desgobierno de hoy.

El primero de ellos es la crisis económica iniciada en 2008. Como en Estados Unidos, Grecia, Islandia, Portugal e Irlanda los sectores inmobiliario y financiero, a veces en simultáneo, pintaron una vida española para ricos con garantías y salarios de pobres. Los desahucios, los remates, los suicidios, los indignados y los ‘okupas’ fueron los trazos que completaban el cuadro de quiebras bancarias y de burócratas perseguidos por la justicia española y europea. Una camarilla de banqueros se enriqueció con las platas y las casas de los pobres, aduciendo que las funestas consecuencias, esas sí, las deberían pagar todos los españoles, por igual. Y, ante eso el gobierno a manos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) poco hizo y, poco podía hacer.

Así las cosas Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, entendió que era su momento y emprendió una campaña política para obtener las mayorías parlamentarias estructurando un proceso político que le devolviera la confianza a los españoles y retornara la credibilidad en la institucionalidad gubernamental. Ganó las elecciones, se acercó a Alemania para ajustar un paquete de reformas laborales, sanitarias y estructurales que apalancaran el cumplimiento de sus promesas. Mas como en política y, menos en la española, nada es definitivo, la izquierda se radicalizó y las oposiciones al proyecto de Rajoy aumentaron debido a las consecuencias que esas reformas generaron en diversos sectores políticos, académicos y gremiales españoles.

El segundo antecedente fue un fraccionamiento en las preferencias electorales de los españoles. Desde una atalaya universitaria en la Complutense de Madrid emana Podemos. Su líder, Pablo Iglesias, un profesor y presentador televisivo captó la rabia de millones de indignados y de ‘okupas’ que sentían que el saqueo al erario había sido cohonestado y pagado por prominentes líderes políticos que se campeaban sin empacho por los estrados judiciales y los telediarios exculpándose sin cesar. Tan altas expectativas despertó Podemos que se le identificaba como la cimitarra que descabezaría la hegemonía bipartidista española. Pero nada más lejos de la realidad.

Porque, a pesar navegar en la cresta de la ola de indignación, Podemos ideó un proyecto político cercano al chavismo latinoamericano y renuente a las directrices de la Troika, desencantó a los que abogaban por una reforma político-económica, moderada y pertinente. Podemos quiso apagar el incendio de España con la gasolina de Repsol.

También, como derivaciones de esa eclosión partidista, nacen Vox y Ciudadanos. Vox es un partido político de derecha que se distingue del PP respecto a temas como el aborto, la objeción de conciencia, el manejo migratorio y el manejo político de las autonomías. Vox considera que el PP ha espantado al elector de derecha con graves escándalos de corrupción, desdibujamiento de su ideario y conflictos de intereses privados y públicos permitiendo con ello, el ascenso y la existencia de la izquierda radical y secesionista. Mientras que Ciudadanos, capitalizando el fracaso de José Luis Rodríguez Zapatero como gobernante y líder del PSOE y el extremismo de Podemos, se presentó como una opción política de centro-izquierda que recogía las preocupaciones de una ciudadanía hastiada de la venalidad en el funcionamiento estatal durante el gobierno socialista en La Moncloa.

Estos antecedentes y, otros más, como la lenta recuperación económica, el desempleo cediendo poco, la frustración ciudadana y la desconfianza en el sistema político y partidista han llevado a España a una situación de desgobierno, anarquía e ilegitimidad que no parece tener remedio en el corto plazo. Las portadas de los diarios españoles parecen cambiar en cuestión de horas debido a que día tras día, cualquiera de los partidos se abroga el derecho de recibir la investidura, por parte del rey Felipe VI, desconociendo los resultados del 20 de diciembre. Podemos quiere pactar con PSOE y con IU anulando al PP, quien obtuvo más votos. Pero, a su vez, el PP busca apoyos en Ciudadanos y en el PSOE para asumir el mando, desconociendo a Podemos y su capital parlamentario. Y, si hubiera tiempo y espacio las combinaciones seguirían hasta nunca acabar porque cada partido quiere figurar ante el rey y así, gobernar a España.

Es natural, entonces, que el desorden en las coaliciones partidistas ad hoc esté minando, aún más, la poca confianza que la ciudadanía española le tiene al gobierno. La legitimidad de los partidos se está sacrificando en el altar de las vanidades personales y en la malquerencia de las acusaciones mutuas. Mientras Felipe VI atiende las súplicas de unos líderes perplejos, España parece gobernarse sola por la inercia de sus prácticas cotidianas. Sin contar, para completar los males, con la exacerbación de los discursos secesionistas vascos y catalanes que quieren pescar su independencia en el río revuelto de la desazón política nacional.

La ciudadanía, los partidos y el rey deben armarse de serenidad y prudencia políticas. Porque por más que estén refundidas estas virtudes, el momento político las reclama a gritos. Rajoy, Sánchez, Iglesias, Felipe VI y demás responsables podrían enfrentarse en las elecciones del 26 de junio al no haber salida cercana. Esperar a que los egos y la terquedad no impidan un consenso programático para gobernar a una España que, como si pudiera darse el lujo, anda en un limbo político.

DIEGO CEDIEL
Profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
Universidad de La Sabana