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Celebramos equivocadamente: no nos enseñan cómo, pero lo observamos

Sobre el tema debemos educar, no solo a los chiquitos, sino a la sociedad entera.

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01 de marzo 2016 , 09:28 p.m.

"No creo que seamos solo los colombianos, somos los humanos, que no hemos aprendido a integrar la información desbordada de la felicidad y de la rabia".

¿Por qué cree que los colombianos actuamos tan agresivamente, tan violentamente, en el momento de celebrar? ¿Qué nos lleva a "festejar" así?
Primero, no creo que seamos solo los colombianos, somos los humanos, que no hemos aprendido a integrar la información desbordada de la felicidad y de la rabia; son extremos del ser humano. Tenemos seis emociones fundamentales y cuando no aprendemos a canalizarlas, nos destruimos: tenemos la ira, la rabia, una emoción necesaria para poder actuar; la tristeza, que nos permite recogernos en nosotros mismos; la sorpresa, que nos permite darnos cuenta; la aversión y el asco, que nos permite rechazar; la felicidad, que nos permite expandir, y el temor, que sirve para cuidarnos.

Esas emociones son naturales y cuando las expresamos de manera adecuada, en el momento adecuado, son saludables, necesarias. Cuando las reprimimos y las dejamos guardadas dentro del umbral de la conciencia y no las expresamos de manera natural, las vamos acumulando y generamos sentimientos; esos sentimientos van creciendo, y cuando volvemos a recordarlos, hacemos de ellos resentimientos. Esto va volviéndose como una bola de nieve y va actuando de tal forma que nuestro cerebro emocional se activa desbordadamente y ante un estímulo que nos impide controlarlas, las sacamos. Entonces, la persona que nunca bebe y se toma dos copas, empieza a volverse la más extrovertida del mundo o la persona se vuelve la más miedosa o la más triste o la más agresiva, dependiendo de las emociones que haya ido acumulando.

¿Cuáles son los principales factores fisiológicos y sicológicos que nos mueven a ser agresivos y violentos al celebrar? ¿Hay razones de estos órdenes para que suceda así?
Quisiera estructurar la propuesta del cerebro “triuno”, propuesta que muchos autores y neurólogos reconocen, y que plantea que el cerebro ha tenido un proceso de evolución de diferentes capas, a través de los períodos de la vida en el planeta. La primera es el cerebro reptil, la capa de hace 200 millones de años, que controla las funciones primarias del ser humano: la respiración, el sueño, el hambre, el deseo sexual. Funciona como una estructura cerebral absolutamente automática en los reptiles que no han evolucionado y nosotros, que sí lo hemos hecho, seguimos teniendo un cerebro reptil. Cada uno tiene uno de estos cerebros. Por ejemplo, un cocodrilo... Cuando una hembra de la manada del lado le mira demasiado la pareja a otra hembra, no sale la dama altruista, sino la serpiente que ataca, que quiere tirársele al cuello. Y cuando nos hablan mal de nuestro equipo de fútbol, nos provocan una reacción tal como la reacción de un cocodrilo, que no tiene ningún tipo de negociación, sino que actúa agresivamente. Cuando nos hablan mal en la religión de nuestro Dios o en la política, de nuestro líder, generamos la misma respuesta, porque se activan esos núcleos de nuestro cerebro reptil y nos volvemos absolutamente violentos, anárquicos, destructores; imponemos nuestra realidad y no negociamos, no nos transamos. Ese cerebro es el que nos hace ser violentos, pero hemos evolucionado.

Hace más o menos 65 millones de años, después de la destrucción de los dinosaurios, aparece una especie biológica llamada mamíferos; este es el cerebro emocional que hemos descrito en la anterior pregunta, el que tiene el temor, la rabia, la ansiedad, todas esas emociones necesarias para la supervivencia. Emoción significa emovere: movimiento que me lleva a actuar. Cuando me pongo feliz, me expando; cuando me pongo triste, me recojo; cuando me pongo bravo, me tensiono; cuando me pongo temeroso, me doy cuenta; siempre necesito una emoción para actuar. Cuando no muevo mis emociones, cuando no las actúo, puedo reprimirlas tanto que voy cargando mi cerebro reptil desde mi cerebro emocional.

Ese cerebro mamífero también evolucionó; los chimpancés, los gatos y los delfines fueron dotados con un cerebro mamífero muy cercano al nuestro, mientras los demás animales tienen uno más primitivo. Afortunadamente, hace dos millones de años aparece un cerebro mamífero que se vuelve cerebro humano y que se estabilizó hace 200.000 años. En estos 200.000 años este cerebro ha ido perfeccionándose; no cambia ya la forma, digámoslo así, sino que van mejorando las interconexiones. El cerebro humano ya no piensa en un solo ser; piensa en el grupo, en dar, en cuidar, en proteger, en lo mejor para la especie, en el planeta como un todo; y ese es el cerebro que hemos de desarrollar.

Ahora, si nos llenamos de emociones que no expresamos adecuadamente -diciéndolas-; si empezamos a hablar menos, a expresar menos, nos quedamos en un cúmulo de emociones del cerebro mamífero. Con el alcohol inhibimos el cerebro humano, porque eso es lo que hace el alcohol: es un depresor del cerebro humano. Y cuando, a través de una experiencia, nos permitimos desinhibirnos; sacamos todo eso que hemos acumulado durante mucho tiempo y todas esas emociones salen de una manera disparada: ese mamífero que no controla y ese reptil que es anárquico, destructivo y unidireccional; ahí es donde sale de nosotros la parte violenta. Y no solamente lo hacemos los colombianos, muchas culturas son violentas; otras han aprendido a dominar esos animales que tienen en su interior. Nosotros aprendemos a tenerlos ahí, amarraditos y los desamarramos cuando bebemos o cuando tenemos altercados en la vida cotidiana.

 


¿Qué pasa cuando nos juntamos para festejar, cuando nos reunimos a celebrar?
Cuando nos damos la posibilidad de expandirnos, de desinhibirnos, sacamos todo lo que está guardado; es como si le dijeran a uno: “Vamos a hacer una fiesta, desocupe la despensa” y todo lo que hay en la despensa sale. La situación puede explicarse imaginando que tenemos una olla a presión y el agua que hay adentro son esas emociones: cuando prendemos el fuego, las emociones empiezan a calentarse, a fortalecerse; si no tenemos una forma adecuada de que eso que está hirviendo tenga desfogue, si no hay cómo expresarlas, salen abruptamente. La idea esencial es que pudiéramos expresar nuestras emociones todos los días, lo que me gusta y lo que no me gusta, por ejemplo: “Jefe, no me maltrate”, en lugar de agachar la cabeza, y estar renegando y renegando, sin poder manifestarlo. Si yo puedo expresar mis emociones sanamente, si puedo pensar en el otro desde mi cerebro humano, cuando mi cerebro reptil aparezca en momentos de felicidad o en cualquier instante de la vida, no voy a actuar violentamente; sencillamente voy a disfrutarlo, me lo gozo.

¿La violencia en las celebraciones tiene que ver con una naturaleza intolerante de los colombianos? ¿Está en nuestros genes? ¿La llevamos en el ADN?
No, no son los genes, es fácil culparlos. Los genes nos dan la raza, pero no nos dan el racismo. Nadie nace siendo racista, siendo clasista, eso se aprende. Se aprende a ser intolerante, se aprende a estar lleno de prejuicios, se aprende a ver las diferencias como cuestiones negativas. No debería ser así y para poder llegar a eso, primero tenemos que ser tolerantes. Tolerante es: me lo aguanto, aunque no esté de acuerdo. Además de ser tolerante, tengo que ser respetuoso: usted piensa diferente y yo pienso diferente,; no estoy de acuerdo, pero respeto su punto de vista, porque hay siete mil millones de personas en el mundo, esta es la multidiversidad. Al lograr esto, voy a avanzar un poco hacia la aceptación de la diferencia. El bebé nace en la aceptación, en aceptar la diferencia, y le parece lo mismo. Si es blanco y lo cría una persona de raza negra, él la va a amar con intensidad; si le permiten estar juntos como los gatos y los perros pequeños, se pueden educar en conjunto y nunca se violentan.

¿Qué consecuencias tiene el uso de sustancias como el alcohol y otras drogas en el cuerpo y en el cerebro, en momentos de euforia?
El alcohol es un inhibidor y en la medida en que más lo consumamos, más depresión tendremos de los centros nerviosos superiores de control. Nuestros cerebros mamífero y humano tienen funciones de control, mientras el otro, el reptil, tiene controles, pero instintivos. En el cerebro humano yo tengo la capacidad de diferenciar quién es el otro, de aceptar la diferencia, de proyectarme hacia el futuro con las adversidades, de tener planes, muchas cosas; puedo distinguir el pasado, el presente y el futuro. Cuando inhibo esas características, saco mi cerebro emocional y entonces lloro cuando veo a un amigo, le digo que lo quiero mucho, expreso todas esas cosas, aunque realmente sea simplemente un estado de emoción. Si me encuentro en un estado de desinhibición, producto de la ocasión y además lo hago por efecto del alcohol, expresaré de mayor manera todo lo que está bajo el umbral de esa conciencia: tristeza, rabia, alegría. ¿Cuál saldrá? Depende de lo que tenga adentro.

¿Qué sucede con esa gran cantidad de sustancias sicotrópicas distintas al alcohol? ¿Cómo funcionan?
Es el mismo principio. Obviamente, cada sustancia tiene una acción distinta: las anfetaminas son estimulantes y hacen que la persona se desinhiba más y pase a otros estados; el éxtasis y todos los demás compuestos que usemos van a tener un efecto sobre el cerebro y van a modificar la percepción que se tenga de la realidad que vivimos cotidianamente. Esto hace que puedan expresarse conductas que no son propias de la naturaleza de una persona, de manera exagerada: violencia, tristeza, felicidad, etc. Ninguno de esos estados es bueno, de ahí la frase de los griegos, que aplica para todos los procesos de este tipo: “Nada en demasía”. El alcohol no es un veneno, el alcohol en una concentración apropiada es terapéutico y útil. Muchas de estas sustancias que hoy pueden ser sicotrópicas, como la marihuana, pueden ser medicamentos. Muchas de las sustancias que pueden llegar a provocar procesos de inhibición o desinhibición, son medicamentos y si se usan en la proporción adecuada, son correctos. Si se usan inadecuadamente, favorecen estados como la violencia.

¿A quién le corresponde asumir la solución de este problema?
Es un problema de la sociedad y tiene que asumirlo la sociedad como un todo. Hay que trabajar en aspectos primarios como la educación, represivos como la policía, legislativos para establecer parámetros de lo que puede y no puede pasar, y de contención, que compete a los entes de salud: medicina y sicología. En estas cuatro instituciones hay que trabajar para buscar una solución integrada; si no se hace así, si no se asume el trabajo en todas estas perspectivas, la respuesta será incompleta.

¿Qué le compete hacer al Estado? ¿Cuáles medidas tiene que tomar para ayudar a controlar el asunto?
El Estado debe trabajar como ente de control sobre estas cuatro áreas. Tiene que favorecer el acercamiento médico y sicológico; el acercamiento educativo, desde el principio, con el fin de tener una forma diferente de evaluar y resolver los conflictos desde edades tempranas, buscando una solución para el hoy y para la generación que viene; debe ejercer un proceso de control, no solo de la Policía, sino de todos los estamentos que tengan que velar por las condiciones en los lugares donde se crean estos problemas; y también, debe favorecer la parte legislativa, la generación de leyes. Son las cuatro visiones, integradas, dirigidas y orquestadas dentro de un mismo contexto por el Estado, ya que es el Estado el que tiene que cuidar la honra, los bienes y el bienestar de todos los ciudadanos.

¿Qué recursos debería destinar el Estado?
El Estado solo no va a poder, pero puede favorecer la atención del problema con recursos y creando posibilidades. Lo primero sería generar el ambiente y las oportunidades para que hablemos del tema y lo discutamos, en foros, con muchos grupos y estamentos, con recursos pagados por el Estado. La idea es que entre todas las entidades oficiales, públicas y privadas, nos propongamos a sacar un modelo ideal, trabajando en los diferentes niveles que he mencionado: la parte jurídica, la parte de la Policía, la parte de los educadores y la parte de la salud.

Posteriormente, el Estado debería dar prioridad a esas cuatro áreas. Yo creo que los recursos que invirtamos en estos sectores no solamente van a evitar que nos matemos en las felicidades y las alegrías, sino que ayudarán a que no golpeemos a las esposas y a los hijos cuando hemos bebido, a que no nos ataquemos por conflictos sin importancia, etc.; porque el problema es el mismo: cuando uno no es capaz de controlar la ira porque metió gol el otro o la felicidad, porque metimos gol nosotros, igual puede llegar a matar en cualquier otro momento y no solamente en el partido de fútbol.

¿Qué puede o debería hacer cada uno de nosotros para cambiar esto?
Primero, reconocer el problema: reconocer que con el alcohol me porto diferente, que no me sé controlar y buscar ayuda a ese nivel. Si bebo y me descontrolo, pues no beber; si tomo cualquier sustancia sicoactiva y me descontrolo, pues no usarla; pero si no logro controlarme en ninguna forma, hay que buscar ayuda: un psicólogo, terapeutas; hay muchas estrategias.

A título personal, convendría desarrollar el cerebro humano, buscando más el servicio, buscando mejorar la tolerancia, el respeto y la aceptación por la diferencia. Podemos buscarlo procurando ser personas correctas y coherentes con los demás, orando más, meditando más. Definitivamente, la meditación funciona y hay un camino intermedio que es muy útil: ser más artista. Cuando somos artistas, podemos desarrollar una capacidad de expresar las emociones de una manera más natural. Y por último, resumiendo todo lo anterior: ser auténticos y expresar las emociones en cada momento: si no me gustó, lo digo, si me gustó, lo digo; no acumular, porque después exploto como una olla a presión.

¿Qué es lo más difícil de hacer para superar esta problemática, dónde hay más resistencia para lograrlo?
Hay una frase que nos enorgullece a los colombianos: “Colombia es pasión”. Pasión viene de “passio”, que significa padecer: lo que es pasión se padece, no se puede controlar, y si somos apasionados, no podemos controlar lo que sentimos ni lo que hacemos.

Para nosotros, ser desapasionados es no disfrutar, es ser idiotas. Pienso que ser alegre es mucho más importante: gozar, disfrutar, regocijarse, pero ¿tener pasión sin control? Si quisiéramos, podríamos aprender a dirigir nuestra pasión, sin desenfrenos, pero la padecemos y no podemos controlarla: la pasión de Cristo, la pasión sexual que nos enloquece. Y no quiero decir que no haya sexualidad -es una maravilla-, ni intimidad -es espectacular, saludable-. Tampoco quiero decir que la gente no beba, uno puede tomar, el licor no es malo per se, y buscar la culpa en el licor es básicamente como buscar a los enemigos afuera. La cuestión es: ¿qué hago cuando bebo? ¿Hasta dónde puedo beber?

No me gusta la frase “Colombia es pasión” como estrategia; nosotros somos desinhibidos, desenfrenados y ese es un “lujo” que no podemos darnos. En lugar de ser inhibidos o desinhibidos, deberíamos expresar lo que sentimos en el momento que corresponde, de una manera natural y sencilla.

¿Esto tiene que ver con un tema de educación emocional?
Nos han educado a través del conocimiento, pero no nos han educado en socializar, relacionarnos con el otro, en poder estar en divergencia con el otro, respetando su punto de vista y siendo capaces de solucionar los conflictos. Nos han dado mucho conocimiento y eso está bien, hemos aprendido de matemáticas, geografía, religión, doctrinas de todos los estilos, pero no a ponernos en el lugar del otro, a comprender al otro, a relacionarnos en pareja con el otro; no lo hacemos, yo nunca lo aprendí y no están aprendiéndolo mis hijos.

Y a celebrar, ¿quién nos enseña?
Nos enseñan a celebrar, equivocadamente, nuestros padres; no nos dicen cómo hacerlo, pero los observamos. La gente aprende por el ejemplo, aprendimos lo que vimos de los otros, copiamos lo que vemos de los demás. Tenemos que educar a los que ya aprendieron a celebrar para que sigan haciéndolo, pero de una manera diferente, y a los que van a aprender, para que lo vean de distinta forma a como lo ven quienes están celebrando. Debemos educar, no solamente a los chiquitos en los colegios, sino a la sociedad. Insisto, lo primero que tenemos que hacer es hablar de estos temas. Debemos dejar de verlo como un hecho coyuntural que nos asusta y que nos lleva, a quienes no queremos la violencia, a cerrar las ventanas y escondernos cada vez que hay un partido de fútbol. Tenemos que poder hablar del tema y poder expresarlo de manera natural. Si vamos a seguir matándonos, lo fácil sería: no juguemos fútbol, acabemos con la selección Colombia, acabemos con todo esto. Sería tonto. Más bien, aprendamos a celebrar para que podamos disfrutarlo; aprendamos a celebrar todo: celebremos la vida todos los días, celebremos cada experiencia, celebremos el amor, celebremos las relaciones, etc.

¿Cuál sería la solución ideal para poder controlar nuestro cerebro reptil a la hora de celebrar?
Poder desarrollar ambos: el cerebro mamífero, de una manera coherente, y el cerebro humano. El mamífero, expresando las emociones en el momento que corresponde y no dejándolas bajo el umbral de la conciencia: lo bueno por lo bueno, lo malo por lo malo; son emociones cortas y hay que sacarlas, actuarlas, expresarlas. También debemos desarrollar el cerebro humano y esto implica tener actos más altruistas, aprender a meditar u orar –que es lo mismo–, pensar en el otro, ver todo como una humanidad íntegra y no solamente de forma egoísta, etc. En fin, desarrollar nuestro cerebro humano como estrategia de vida.

Perfil

Médico de la Universidad Nueva Granada, especialista en cuidados paliativos oncológicos, homeopatía, esencias florales y medicina holística. Ha complementado sus estudios con el grupo PHI, en Francia, y en la Escuela de Terapeutas Florales Edward Bach, en Argentina. Es conferencista sobre temas como crecimiento personal, apoyo al paciente terminal y duelo, estrés y calidad de vida, y empleo de terapias alternativas y complementarias, en Colombia y otros países. Atiende consulta de pacientes terminales y con enfermedades degenerativas. Autor de varios libros sobre salud integral, como: 'Desestrésate', 'El manejo del duelo' y 'Sanamente', entre otros. También es profesor universitario.

MAURICIO SALAS