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Lo ideal no es tolerar al otro sino poder convivir bien con él

Nuestro tejido social no se basa en el respeto, la ayuda ni las normas, sino en soportar al otro.

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01 de marzo 2016 , 09:28 p.m.

"El círculo de violencia, la limitación de oportunidades y la sensación de frustración que tiene el colombiano, tienden a generar focos de violencia ante algún suceso que vaya en contra de mi celebración".

¿Por qué actuamos agresivamente al festejar? ¿Qué nos lleva a “celebrar” de esta forma?
Con base en la información que hemos aprendido del consumidor, el Estudio Colombiano de Valores y el trabajo del Observatorio de Posconflicto que tenemos con la Corporación Bienestar y el Cesa, podemos citar algunos elementos sobre el tema de la violencia de los colombianos. Primero, no es que seamos violentos por naturaleza ni que lo seamos más que el resto del mundo; lo que sucede es que tenemos una relación completamente distinta con la violencia. Como en cualquier colonia española, en nuestras raíces –ya sean europeas, indígenas o negras, dependiendo del pedazo del Colombia en el que estemos–, de una u otra manera todas las celebraciones fueron controladas y reducidas por el Estado de turno para que no se convirtieran en eventos que pudieran causar revolución o generar acciones contra dicho Estado. De antemano, estamos programados y se sabe que ante la celebración nos van a controlar: tan pronto hay un torneo de fútbol, como la Copa Mundo del año pasado, lo primero que hizo la Alcaldía fue imponer la Ley Seca: "usted no puede tomar, usted no puede portarse mal". Nos juzgan de entrada y asumen que vamos a portarnos mal.

Adicionalmente, el colombiano ha tenido un desarrollo económico muy rápido en los últimos 70 años: hemos pasado de ser rurales a ser urbanos, de vivir en un mundo de escasez a vivir en un mundo de cierta abundancia y eso tiene un pequeño sentimiento de insatisfacción. La palabra clave detrás de esto es: frustración. Los colombianos tienen atorada una cantidad de cosas que no han podido hacer, que no han podido cumplir, que no han podido ejecutar y debido a ciertas formas que nos caracterizan por haber sido colonia, en muchas situaciones tendemos a comportarnos de manera "correcta". Nos caracteriza un formalismo complejo que tapa nuestras emociones, sobre todo a los bogotanos. El costeño no tiene ese formalismo: habla de frente, al igual que el paisa, el santandereano y el opita. A medida que se sube la montaña, la gente va volviéndose más formal y al hacerlo, estas sociedades se rigen por el deber ser. El problema es que tan pronto llega un momento de pasión, con o sin alcohol, las personas no son capaces de controlar su emotividad y pueden reaccionar inmediata y violentamente ante acciones sencillas, liberando esa frustración que cargan.

El colombiano y muy particularmente el bogotano, ha vivido una contención del desarrollo del éxito y el bienestar en su vida, aspecto que lo mantiene frustrado. Esa frustración hace que al manejar, por ejemplo, seamos violentos, que las cosas se vean en términos de: “quiero ganar en algo”, “quiero llegar primero en algo”, “quiero ser jefe y líder en algo”, “siempre soy maltratado”, “el Estado me oprime”, “tengo una frustración gigantesca de no poder cumplir mis sueños”; y cuando algo libera esta frustración, la persona explota. ¿Por qué digo: Bogotá, Bogotá, Bogotá? Porque es quizás el único municipio de Colombia o uno de los muy pocos que no tiene un carnaval o unas fiestas donde se desfoguen las emociones.Latinoamérica históricamente ha construido eso. El Carnaval de Barranquilla es una fiesta colectiva de 10 meses, donde la gente desfoga su pasión; la Feria de las flores, en Medellín; el Carnaval de blancos y negros, en Pasto; las semanas santas; en todos lados hay una festividad, un carnaval. En la capital se está gestando un carnaval de manera espontánea y es el día de Halloween; ya casi toda la ciudad se disfraza y la gente es feliz de ver a los demás disfrazados en la calle. Esto nos está permitiendo una válvula de escape que puede ser muy útil para la construcción de tejido social.

Así pues, no es que los colombianos seamos violentos, lo que sucede es que tenemos problemas de frustración: le tememos a las instituciones que nos han oprimido sistemáticamente y vivimos en medio de un conflicto armado que nos causa miedo. Todo se traduce en frustraciones: “no puedo coger carretera, por la guerrilla”, “no puedo viajar, por los paras”, “no puedo salir en la noche, por los ladrones”, todo son frustraciones que nos van llenando y en el momento en que algo destapa la botella, la champaña se derrama sin piedad.

Además de la frustración, ¿qué otro factor nos mueve a ser violentos en las celebraciones?
Sergio Fajardo dice que Colombia es un país con un círculo de violencia causado por el conflicto, en donde se crean las oportunidades y adentro hay mucha gente. Ante una oportunidad y como estas no pueden ampliarse por el círculo de violencia, la gente hace lo imposible por tomarla y aparece la teoría del atajo, la teoría del capital social negativo. Lo dicen Mockus, Sudarsky, María Mercedes Cuéllar; es un concepto común, hoy por hoy, para muchas personas. Me refiero a que el colombiano busca el camino más fácil para cumplir con su objetivo ante un entorno totalmente asimétrico y esto, muchas veces, implica incumplir las normas; no las respetamos, porque sentimos que tenemos que aprovechar toda oportunidad para ganar, porque sistemáticamente hemos fracasado en muchas otras cosas, estamos frustrados y en algo tenemos que triunfar.

Ese círculo de violencia, esa limitación de oportunidades y esa sensación de frustración, tienden a generar focos de violencia ante algún suceso que vaya en contra de mi celebración: “yo vivo frustrado todo el día, así que no me frustre mi celebración; si lo hace, me voy contra usted". Esto se ve cuando se enfrentan dos barras de equipos de fútbol o cuando estoy en una fiesta familiar y alguien hace algo que no me gusta o me riega un vaso encima; la gente explota como un volcán emocional, inmediatamente. Sin embargo, repito, no es un tema endémico colombiano, yo diría que puede ser mundial. Lo que pasa es que en Colombia es mucho más fuerte porque sufrimos de "formalismos", sufrimos de "cultura", siempre intentamos comportarnos bien. Bajo esa premisa, vivimos en tensiones más grandes porque las cosas nos importan, vivimos sobre estreses más grandes y la frustración, obviamente, es más grande.

¿Esta situación tiene algo que ver con la naturaleza del colombiano, con su idiosincrasia?
Yo diría que sí y mucho. Además de sufrir de "formalismos" y eso viene de la herencia española, estamos acostumbrados a servir –éramos los servidores de la corona– y esto nos limita. Adicionalmente, mucho de lo que ocurrió en Colombia desde la llegada de los españoles y durante los últimos 500 años y más, se refiere a cómo hacer riqueza fácil y rápidamente, de cualquier forma: por explotación minera, por cábalas, por alcabalas, por impuestos, por explotaciones agrícolas, por lo que sea. Lo que importaba era obtener riqueza para enviarla a España. El colombiano se quedó con la teoría del dinero rápido, fácil, concepto que fue potencializado fuertemente por el narcotráfico y ha hecho que la gente viva en esa necesidad de éxito y riqueza a corto plazo, lo que inevitablemente desemboca en frustración. De una u otra manera, todo termina llevando a la misma palabra.

¿Por qué siguen dándose eventos violentos en los festejos? Pareciera que nadie estuviera haciendo algo al respecto.
La historia de Colombia no es una historia de violencia, sino una historia trazada por hechos de esa naturaleza y en el proceso, los colombianos hemos caído en la trampa de construir instituciones que perdonan. Bien lo dijo Plinio Apuleyo Mendoza y también quienes estuvieron detrás del libro "En qué momento se jodió Colombia", cuando plantean que el colombiano sufre de una dicotomía muy peligrosa: quiere que se aplique la ley con todo el rigor y se castigue a los culpables, pero tan pronto se coge a uno de ellos, quiere que lo perdonen. Cuando llega la policía y actúa con fuerza para detenerlo, esto se ve como un acto de salvajismo, un ataque a los derechos humanos. Esa dicotomía hace que cada vez que ocurre un acto de violencia, la reacción de la sociedad sea perdonar, bien sea por razones de tipo católico o de tipo institucional, pero tendemos a condonar lo que la gente hace. Actualmente, lo que se hace es un proceso ya no de bullying, sino como dicen los jóvenes, de “burling”, que consiste en burlarse de lo hecho, por redes sociales. Esto demuestra que quizá las instituciones no están haciendo su trabajo, pero la gente, cansada, ejerce control social de esta manera.

Creo, además, que hemos construido un discurso muy equivocado sobre el poder de ciertas palabras y una en la que hemos fallado sistemáticamente es: tolerancia. La tolerancia es una fuerza física de un material que se ejerce hasta que este se rompe. El sinónimo de tolerancia es aguante. Yo no tengo por qué tolerar al otro; tengo que convivir con el otro, tengo que hacer unos tejidos y unas normas que nos permitan entendernos y si no estamos de acuerdo, no por ello tenemos que matarnos o irnos a vivir en sitios separados. Hemos creado un discurso de: “yo a usted lo tolero, lo tolero, lo tolero, hasta que no lo tolero”. Esa persona que tolera y tolera y tolera, lo que tiene que tiene detrás es frustración, frustración, frustración.Así, las cosas no funcionan como debe ser. El tejido social que hemos construido no se fundamenta en las normas, el respeto al otro ni la cooperación, sino en tolerar al otro y esto es un error histórico muy grande.

 

 
¿A quién le correspondería la solución de esta situación?
No creo que haya un responsable y una cabeza visible, creo que son procesos de cambio comportamental que van a ir gestándose en la medida en que la sociedad entienda que son funcionales y necesarios. El rol del Estado es clave –y hablo de la totalidad, no solamente de alcaldías, gobernaciones, Presidencia–, para mandar un mensaje contundente, contracultura, que permita transformar comportamientos.El programa de previsión vial, de inteligencia vial, por ejemplo, lo ha intentado, aunque creo que tiene un icono equivocado: decir que la gente tiene inteligencia vial para el colombiano significa: “no sea bruto” y por esta razón no está funcionando. La tarjeta de Antanas Mockus dio mejores resultados: "lo felicito o lo castigo por comportarse bien cuando conduce".

Hay un icono histórico en Colombia, de comienzos de los 90, que fue: Sin preservativos, ni pío. Esta campaña, que no duró seis meses, todavía es recordada; transformó el comportamiento sexual y la planificación y permitió que al país entrara un discurso no católico, con un razonamiento lógico: este es un mundo en donde la sexualidad está viva y hay que encontrar el modo de llegarle a las personas de manera responsable. Pienso que si encontramos un icono de ese estilo para trabajar con el problema de la violencia en las celebraciones, también podría modificarse el comportamiento de manera importante. Y, ¿cuál podría ser el mecanismo? Las instituciones, por ejemplo, podrían crear un incentivo para quien hace las cosas bien. El mundo funciona por incentivos, no necesaria ni exclusivamente económicos; puede ser mediante reconocimientos, cosas simples y la gente empezará a cambiar. No creo que necesitemos políticas rimbombantes, grandes sumas de dinero, grandes campañas; necesitamos que la gente se dé cuenta de que es parte del cambio; allí vamos a poder liberar muchas cosas.¿Quién puede levantar esa bandera? Muchas personas: políticos, gente del deporte, artistas, tenemos incluso a Miss Universo; hay mucha gente en este momento que puede levantar la mano y decir: “Hagamos las cosas calmados” y así, creo, el país irá cogiendo un mejor rumbo.

¿Qué más podría hacer el Estado para motivar esto?
Es un tema de facilitar entornos. Si el estado le dice a los policías: “cada vez que un ciudadano haga algo bien, vaya y dígale gracias”, uno cambia. Si voy por la calle y guardo un papel en el bolsillo en vez de botarlo o si espero a llegar a una caneca para apagar y botar la colilla del cigarrillo que estoy fumando y se me acerca un policía y me dice: “gracias por lo que hizo”, yo vuelvo a hacerlo. Y si cada vez que pongo una direccional me dan el paso, lo más seguro es que cuando vea una direccional, yo ceda el paso. El Estado debe procurar que la gente entienda que hay que hacer las cosas bien, no porque la norma lo obligue, sino porque es lo mejor para todos. No es un tema de obligación, es un tema de calidad de vida; cuando lo entendamos y lo hagamos, las cosas van a funcionar.

En cuanto a las celebraciones, ¿cómo podría hacerse algo así, buscando cambiar esa realidad de violencia, común en nuestros festejos?
El reto está en las celebraciones colectivas y en ellas hay dos escenarios distintos: un fenómeno de violencia entre pocas personas o un problema entre bandos. Cuando la gente sale al parque a celebrar el triunfo de la selección Colombia y hay un conflicto entre pocos individuos, el mismo colectivo tiene que recordarles que están celebrando, que no tienen por qué pelear. Los que dirigen el evento deberían hacerlo, de manera jocosa, divertida; a los colombianos les funciona el chiste. Y si en una fiesta de cumpleaños, un matrimonio, unos quince, hay dos peleando y el de la orquesta interrumpe la música y anuncia: “si siguen peleando, dejamos de tocar, ¿vinieron a bailar o a pelear?", el 90% de los invitados les dirá: “o se calman o se calman”. El problema es distinto cuando las que se enfrentan en una batalla son dos barras, a la salida de un partido: una de muchachos felices y otra, de frustrados. Aquí lo que pasa es que esas tribus, esos colectivos –con procesos de identidad muy fuertes y arraigados en sus equipos de fútbol–, chocan debido a una cantidad de intolerancias y falta de oportunidades. Obviamente, esto tiene que ver con procesos educativos, con la conformación del hogar, con que los niños deben estar estudiando y no pidiendo limosna o robando. Detrás de esto, es un hecho, hay cosas más grandes que debemos atender.

El momento de las grandes celebraciones podría ser una muy buena alternativa para que ciertas compañías levantaran la mano y dijeran: "Ganó la selección Colombia, nos vemos todos en tal parte (el Salitre, el Centro Comercial Buenavista, el Parque Lleras, el centro de Cali)" y allí tuvieran un evento montado para celebrar el triunfo. Al tener un programa organizado, existen mecanismos de control para poder reducir los hechos de violencia y si está coordinado con las autoridades, las cosas fluyen mejor. Un ejemplo de esto se vivió cuando el equipo llegó a Bogotá, luego del Mundial de Brasil 2014: se dio la movilización de masas más grande de la historia de la ciudad, por encima de la marcha del 4 de febrero y la gente salió a saludar a su selección, sin que pasara nada que lamentar.

En esa celebración no hubo un ingrediente clave: el alcohol, ya que era un domingo a las 8 de la mañana. ¿Qué opina?
El alcohol no es un generador de violencia; lo que pasa es que desata las violencias que tengo adentro. Si una persona es tranquila, no tiene frustraciones y toma más aguardiente de la cuenta, se emborracha y se duerme, pero si vive frustrada y llena de problemas acumulados y libera eso con trago, es difícil controlarla. Lo que hace el alcohol es reducir la capacidad de acción del neuro córtex sobre el sistema límbico del cerebro, que es un sistema emocional. El alcohol, ciertas drogas y algunas cosas liberan y desinhiben el comportamiento de la gente, pero no son generadores de violencia. En el caso del fútbol, hay que tener en cuenta que es un deporte que convoca frustración, en el que alguien pierde. Y decimos: “los colombianos en actos deportivos son violentos”, pero están los hooligans, las barras alemanas, las barras bravas argentinas.

¿Qué puede hacer un ciudadano común y corriente para cambiar un poco esa tradicional agresividad en reuniones y celebraciones?
Colombia necesita una terapia masiva del tipo "Patch Adams". Patch Adams es un médico norteamericano que con la teoría de la alegría quiso cambiar el mundo y desde sus épocas de estudiante iba caminando por la calle y le decía a la gente "hola", la hacía sonreír y ya. Él decía: “mi objetivo en la vida es hacer sonreír a alguien todos los días; con eso, estoy seguro de que por ese momento, le mejoré la vida a esa persona". Si los colombianos y los bogotanos nos metemos en ese mundo de hacerle la vida un poquito más fácil al del frente, quizá la cadena de favores se nos devuelve en un momento dado, de manera inevitable.

¿Conoce cifras de violencia relacionadas con las celebraciones en Colombia? ¿Hay algo al respecto? ¿Tenemos una cultura de datos que nos ayude a entender cómo nos afecta esta problemática?
No conozco estudios sobre ese tipo de violencia; sobre conflicto armado hay muchos, muy interesantes y muy bien desarrollados, pero sobre esto, no. Levantar la información sobre el tema de violencia en las celebraciones sería técnicamente fácil, pero por alguna razón que no conozco no se ha hecho un informe o no ha sido publicado. Cuando han ocurrido desmanes contra el Transmilenio, la empresa ha dicho: "esto nos va a costar tantos millones" y esas sumas podrían acumularse. Llevar esto al sistema de salud es técnicamente posible, también.

Creo que la forma más efectiva para que la gente entienda la dimensión económica de una muerte violenta, es traer a valor presente cuánto cuesta. Esto se haría, desde luego, con fines metodológicos y partiendo del principio de que una vida no tiene valor, es invaluable. Si se cuantifica la muerte violenta de un joven universitario en un evento de celebración, por ejemplo y se establece, entre otras cosas, que podría haber vivido hasta los 80 años, habría podido ser productivo hasta los 70, hubiera tenido una maestría, su ingreso habría sido de tanto, etc., etc., y se suma y expresa todo ese valor, estaríamos hablando de equis millones de pesos por esa muerte. Y cuando se suman otras más, acaecidas en eventos similares, podría estimarse que el país deja de producir cierta cantidad de dinero a raíz de estas fatalidades. De esta forma se hace tangible que la pérdida violenta de una persona golpea la economía y eso nos afecta a todos.

¿Esto hace que la gente no perciba que hay problema con este tipo de violencia?
En Colombia hay un tema de exceso de derechos sobre exceso de deberes. Uno de los grandes problemas del país es que el colombiano ha creído que tiene derecho a muchas cosas –y lo tiene– pero se le ha olvidado que tiene deberes. Entonces, si salgo a celebrar, no tengo por qué destruir, pero los jóvenes salen, pintan grafitis, tumban bancas, rompen barreras, sacan ladrillos, etc. La gente siente que es dueña del espacio público, se siente dueña del país, se siente con derechos a hacer tantas cosas, que llega a un nivel de desmadre tal que se le olvida cuáles son sus deberes. Tenemos que lograr equilibrar eso; no hay que dejar que los deberes estén por encima de los derechos, sería tan peligroso como lo contrario. Y uno de los deberes principales que no hemos querido entender o que muchos colombianos no han querido entender, es uno absolutamente fundamental, el derecho kantiano máximo: la vida. En el lenguaje lo tenemos: “si fulano llega tarde, yo lo mato”; el concepto está metido en nuestra cotidianidad y hasta que no lo saquemos de ella, seguirá siendo cosa normal para nosotros.

Finalmente, ¿cuál es la solución ideal al problema de la violencia en las celebraciones?
Cambios comportamentales. Yo creo que Antanas Mockus lo tuvo claro desde el comienzo de su alcaldía, lo han tenido claro muchos educadores y lo tienen claro muchos políticos en el mundo: funciona más un hecho, que una norma; funciona más un lenguaje, que una imposición policiva. El lenguaje nos permite hacer las cosas y la comunicación que establezca el Estado para mejorar el comportamiento ciudadano, debe hacerse con ese tipo de inferencias para que la gente la entienda con mayor facilidad. Un trabajo de cambios comportamentales puede ser mucho más efectivo que un proceso normativo­coercitivo sobre la población. Yo creo que ese es el camino.

Perfil

Economista y filósofo. Presidente de Raddar Consumer Knowledge. Conferencista, investigador y asesor en temas de marketing, shoppermarketing, consumidor y entorno de mercado, con más de 15 años experiencia y amplio reconocimiento como asesor de más de 100 marcas. Miembro de American Marketing Association, American Economist Association, la Asociación Internacional de Economistas Culturales, World Values Survey Network y profesor invitado de Georgia State University, la Universidad Politécnica de Valencia y Wharton School of Bussines. Profesor de Gestión de Conocimiento del Consumidor en el CESA. Columnista de la revista Publicidad y Mercadeo y de Portafolio y El Nuevo Siglo.

MAURICIO SALAS