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Amigos de la paz

Los hombres grandes dialogan, alcanzan acuerdos y ayudan a construir esta paz, la única posible.

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01 de marzo 2016 , 07:27 p.m.

Se definen como defensores del Estado de derecho. Repiten muchas verdades medias, unas cuantas mentiras y casi ninguna verdad. Su misión consiste en confundir; su objetivo, frustrar el proceso de paz.

El uno denuncia, en este periódico, “el golpe de mano a la estructura institucional colombiana”; el otro, por cuanto medio encuentre a su alcance, la impunidad para las Farc.

Uno no hizo ni deja hacer. El proceso de paz que lideró constituyó la lección aprendida por excelencia. Sirvió para que supiéramos por dónde no transitar. Bajo su mando, 42.000 kilómetros cuadrados fueron desmilitarizados, las Farc ejercieron control territorial y los indicadores de violencia se dispararon. Hoy se atreve a proclamar que el Gobierno entregó el país a las Farc.

Aun así, de mucho valió el aprendizaje de los diálogos fallidos. En nombre del capital político que sacrificó por ellos, bien podría reclamar como éxito suyo parte de La Habana. Pero él no ve beneficio alguno en los réditos humanitarios del cese del fuego, ni en el avance lento pero seguro de la negociación, ni en los futuros dividendos de la paz. Nunca alcanzó él un acuerdo de contenidos con las Farc, pero los cinco redactados y presentados a los colombianos le parecen “conclusiones etéreas y sin consecuencias”. A medida que nos acercamos al final, su pequeñez se agranda día a día.

Al otro lo que le falta en generosidad le sobra en fogosidad. Dirige un movimiento que no tiene razón de ser más allá de las Farc. Se opone a la negociación porque aspira a la rendición. No celebra nada de La Habana y, por eso, con él todo es, como en la canción, “malo si sí, malo si no”. Pedía la concentración de las Farc, pero su partido se abstuvo de votar en favor de las zonas de ubicación. Prefirió ausentarse para protestar en la sede del poder legislativo contra el poder ejecutivo por una acción del poder judicial.

No cree en la independencia de la justicia ordinaria que existe; tampoco, en la de la transicional, que todavía no. No quiere impunidad para unos y la quiere toda para otros. Utiliza las redes sociales como armas de guerra y no les teme a la exageración, la distorsión y hasta el engaño. “Chávez adoctrinaba a los niños en el castrismo; Santos, en las Farc con la paz como disfraz”, escribe, al parecer, sin sonrojarse.

Ellos consiguen aliados en el camino. Un vicepresidente, que se cree en un episodio de 'House of Cards', le hace oposición a su presidente en lo que más le importa. Su organización reclama la claridad que al Gobierno le ha sobrado. Ni más Caguanes, ni más Ralitos, han reiterado los voceros gubernamentales hasta el cansancio. Mientras el Underwood criollo saca un comunicado de espaldas al Presidente legisladores más responsables negocian términos para garantizar la ubicación de las Farc.

“No habría grandes hombres si no existieran tantos hombres pequeños”, dijo el poeta inglés George Hebert. Los hombres pequeños atacan el proceso de paz dizque para mejorarlo, alegan, y se autoproclaman amigos de la paz, la de ellos, la que hubiesen querido hacer y no pudieron, no de esta. Los hombres grandes dialogan, alcanzan acuerdos y ayudan a construir esta paz de La Habana, la única posible, lo mejor que se puede.


Laura Gil