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Los niños del conflicto que son resocializados en Medellín

En el CAE de Ciudad Don Bosco atendieron a 540 menores de edad víctimas del conflicto armado.

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01 de marzo 2016 , 07:29 a.m.

 A los 14 años Valentina* se enlistó en las filas de las Farc. Llegó por casualidad, porque un amigo le dijo que podía ganar dinero, salir de su casa y lograr independencia.

Cuando se dio cuenta estaba en la selva, cargando un fusil, rodeada de hombres y mujeres de camuflado, obedeciendo reglas y durmiendo en campamentos o a la intemperie.

Estuvo allí un poco más de un año, hasta que, en compañía de un amigo, decidió escapar: “tuve que caminar muchas horas –no tiene noción del tiempo– hasta llegar al pueblo más cercano. Él tenía miedo de que nos mataran, así que nos entregamos en la primera inspección que vimos”, cuenta.

En un helicóptero del Ejército fueron llevados a una base militar en el departamento del Caquetá, para una revisión médica y psicológica. En ese lugar permanecieron 15 días.

El viaje de la pequeña terminó en Medellín, en donde comenzó el proceso de reinserción y acompañamiento de la mano de la comunidad católica Saleciana, que desde hace 13 años enfoca su proyecto pedagógico a la primera infancia, con atención psicológica y de asistencia social y familiar.

Como Valentina, según cifras de la Unidad de Atención y Reparación de las Víctimas, desde 1985 hasta el 2014 se registraron 7.722 menores de edad, que han sido víctimas de reclutamiento forzado. De ellos el 78 por ciento aseguró haber enfrentado situaciones en las cuales sintieron que podrían perder la vida.

“Nos encontramos con niños que vieron morir, que sintieron la muerte muy cerca. Así que llegan con traumas, sin un proyecto de vida, sin ambiciones educativas. Pero después de un tiempo olvidan ese pasado y comienzan a pensar en lo que será de sus vidas. Por eso, ya no hablan de conflicto, ni de violencia, ni de las vicisitudes que tuvieron que vivir”, cuenta Olga Cecilia García, directora del CAE de ciudad Don Bosco.

Los 35 niños, niñas y adolescentes que viven en la amplia casa-finca, ahora hablan de fútbol, de libros, de las tareas del colegio. Ahora piensan en su futuro y, sobre todo, dedican su tiempo a realizar todo tipo de actividades deportivas, académicas, de superación personal y meditación.

No queda tiempo para peleas o conflictos entre quienes llegaron a ser integrantes de grupos armados en contienda.
Cuenta García que los cuatro jóvenes que estuvieron en las Bacrim o bandas emergentes que surgieron después del proceso de paz con las Auc, conviven en paz y han tejido lazos de amistad con los demás, en su mayoría desmovilizados de las Farc y el Eln.

Todos ellos realizan las mismas actividades y comparten los espacios y horarios. A Valentina, como a los demás niños, se le ha olvidado la ideología en la que trataron de educarla.

Prefiere hablar de los libros de cuentos temáticos que le regalaron, de la novela que más le ha gustado y de lo feliz que la hace sentarse en un rincón del patio, a donde no le llega el ruido del televisor, a saborearse las historias.

Este pasatiempo, dice Valentina, le ha llevado a enfocar su atención en las portadas y diseños de los libros, en la tipografía y el grosor de las hojas. Por eso escogió como carrera técnica Artes Gráficas, de las otras ocho que ofrece la institución, y que todos los jóvenes deben elegir como parte del programa de reinserción y reincorporación a la sociedad civil.

Valentina se sueña haciendo fotos, ilustraciones y creando todo tipo de imágenes, que puedan ser plasmadas en carátulas de libros, cuadernos y afiches, pero también en objetos de decoración. En un futuro, cuando haya estudiado y tenga claro su futuro, desea una familia, un esposo e hijos, con una casa donde tenga espacio para cortar papel, echar pintura y seguir creando.

Para esto, dice la joven, tiene que seguir su proceso educativo. Ya está en noveno grado y este año termina el colegio, pero lo más importante es que tiene unas metas y ve su futuro delineado. En el CAE le han enseñado a valorarse, a confiar en sus destrezas y actitudes, pero también el valor del trabajo.

“El primer paso es la pedagogía de la confianza, en la que comienzan a creer en el educador y en sus compañeros. Después viene la esperanza, que puede ser de uno a tres años, en el que se le brindan las oportunidades de salir a ese medio social existente. En la alianza se le fortalece el conocimiento de la ciudad, además de que gracias a los convenios que tenemos con el sector privado sale con un contrato laboral”, explica la directora.

En la actualidad, de los 540 niños y niñas que han estado en el CAE, 12 aún conservan los contratos laborales en las empresas en donde hicieron las prácticas. El 20 por ciento son bachilleres y el 5 por ciento de estos jóvenes han llegado a la educación superior. Todos ellos se han vuelto a comunicar con sus familiares y amigos, pero solo algunos regresan a su hogar.

*El nombre de la menor de edad ha sido cambiado por seguridad.

 

‘Llegan a la guerra por reclutamiento forzado’

El reclutamiento “voluntario” y el reclutamiento forzado –según la ONU– carece de sentido, ya que, incluso en el caso de que los niños se sumen “voluntariamente”.

Ángela María Rosales, directora de Aldeas Infantiles Colombia, asegura que entre algunas de las causas por las que los niños se ven inmersos en el conflicto está la pobreza, la falta de oportunidades y el maltrato intrafamiliar.

“Otra de las razones es el intento de proteger a los miembros de la familia, por lo que se da la vinculación a la fuerza. Ellos difícilmente escogen esa forma de vida y si la escogen es porque no ven otro camino.Se trata de un desesperado intento por sobrevivir”, dijo Rosales.

Los niños vinculados al conflicto son víctimas y victimarios. Para la experta en el tema de niñez, estos no se unen a un contexto de guerra o violencia por voluntad propia, sino por un contexto que marca e influencia su vida.

La pobreza es otra de las causas que lleva a que los niños se vinculen a las filas de los grupos armados ilegales, pues para algunos es garantía de, por lo menos, una comida. Dentro de este contexto, algunos padres entregan a sus hijos al movimiento con la esperanza de que pueden sobrevivir y, a lo mejor, ganar algo de dinero.

Otro de los factores es la discriminación. La identidad étnica, tribal y religiosa, unida a la noción de discriminación, es una razón para movilizar a comunidades, en particular a los niños. En el CAE de Ciudad Don Bosco el 40 por ciento de los niños son de grupos indígenas y afrocolombianos.

Para solucionar esta problemática, señala Rosales, es importante que dentro del proceso de rehabilitación se haga un seguimiento y acompañamiento familiar, con el objetivo de que tanto el menor de edad, como la familia, puedan convivir.

“Cuando vuelven de la guerra han cambiado y tienen otra forma de vida. La familia es fundamental si queremos reconstruir la paz”, agregó la Directora.

PAOLA MORALES ESCOBAR
Redactora de EL TIEMPO
Twitter: paoletras
inemor@eltiempo.com