Medellín

Mujer ayuda a trabajadoras sexuales en Medellín

En la fundación de Luz Dary Gutiérrez capacitan a más de 140 mujeres dedicadas a la prostitución.

Mujer ayuda a trabajadoras sexuales en Medellín
29 de marzo de 2015, 03:36 pm

 “Todas las mujeres que acá vienen son como mis hijas. Ellas sufren lo que yo alguna vez sufrí en las calles”, dice Luz Dary Gutiérrez Rivera, una extrabajadora sexual que ahora lidera una fundación que ofrece oportunidades de trabajo y educación a mujeres, que como lo hizo ella, se dedican a la prostitución.

La fundación Nace una Estrella: Luz a una nueva mujer, lleva 16 años y está ubicada en el barrio Prado Centro, en una casa dada en comodato por la Alcaldía de Medellín.

Allí, más de 140 mujeres son capacitadas por docentes del SENA en primeros auxilios, aseo hospitalario, bioseguridad, belleza, manipulación de alimentos, atención al adulto mayor y panadería.

Luz Dary dice sentirse orgullosa de estas mujeres que asisten a las clases y pretenden, por medio del conocimiento, un quehacer que las aleje de las calles, las drogas y poder darles una buena vida a sus hijos.

“A mí ellas me escogieron como líder, yo no quería, me negaba, les decía que ellas eran ingobernables. Eso fue hace como 15 años, cuando EPM y la Alcaldía hicieron un proyecto para que las trabajadoras sexuales limpiaran los ríos y sembraran árboles”, cuenta Luz, a la vez que señala una fotografía de un grupo de mujeres en las riberas del río Medellín.

Ese fue su primer reto, poner a 400 mujeres –que ejercían como prostitutas– a trabajar en la recolección de basuras y residuos sólidos que obstaculizaban el flujo de agua en las quebradas de la ciudad y en la siembra de más 1.000 árboles en zonas verdes y riberas de los ríos. Así nació la fundación.

Y ese fue el inicio de una nueva vida para Luz Dary, que a los 9 años fue violada por un joven con poder en su barrio, y a los 12 comenzó a vender su cuerpo para poder alimentar y sostener a sus dos hermanos menores.

“A mi papá lo quemó gente del barrio Antioquia porque metía sacol y andaba en la calle. Gente mala. De eso quedó, muy mal, se le cayó la piel y después no pudo hacer nada, murió. Mi mamá se dedicaba a la prostitución y me decía que saliera a la calle a buscar hombres, que esa vida no era dura”, cuenta Luz Dary.

Le daba miedo, le aterrorizaba nunca volver a su casa, ser asesinada, dejar a sus hermanos solos. Dice que era duro, que la vida fue difícil en ese entonces. Debido a eso, pasó al consumo de algunas drogas que le daban tranquilidad y le borraban el dolor.

Ya perdonó a su madre y una vez a la semana se ve con ella. Ahora, después de tantos años, comprende su decisión, pues dice: “la vida es dura, no hay que juzgar a nadie. Ella no es mala, no lo hacía porque lo fuera, sino porque ella pasó esa misma vida que la golpeó, que me golpeó”, cuenta Luz Dary.

En la calle vivió soledad, humillación y desamor. Cuenta que fue golpeada en muchas ocasiones y no recuerda cuántas veces fue ultrajada y violada por policías. Se descubre el cuello y los brazos dejando ver las cicatrices de la calle: las más de seis puñaladas que le dejó ese estilo de vida.

También tuvo dinero, apartamento y moto. Pero como todo lo ganó por los hombres, también lo perdió por ellos.

Su esposo, César Alonso Aguirre, la escucha, la ve, asiente con la cabeza y le da la razón sin decir una palabra, porque la admira. Dice que la conoce desde hace 32 años y hace 11 se casaron. Para él, la boda con ‘Luzdi’, como le dice en ocasiones, fue el día soñado, ella estaba hermosa y él se sentía elegante.

“Esta fundación es tanto de Luz Dary como mía también. Yo la ayudo, la acompaño, vamos a hacer el mercado, hago pan, preparo el almuerzo, la comida. Cuido que todo esté ordenado. Y la cuido a ella”, dijo Aguirre.

En ese álbum, que conserva con amor y observa con nostalgia, hay muchas fotos con él, su compañero de guerras, pues dice que Alonso la ha ayudado a olvidad y perdonar. Y ahora, más que su compañía, es su amor.

En otras imágenes del álbum aparece en paseos y fiestas, con muchos niños y mujeres. Idas a piscina, almuerzos en la fundación, cumpleaños y celebraciones. Para ella es la nueva etapa, la de estar acompañada y sentirse libre de las drogas, de las calles y los abusos.

“Hay soledad en las calles y cuando se dejan también. Es difícil cambiar la vida que uno lleva. Ahora vivo acá, tranquila, cuido de las niñas y de la casa, es una vida diferente, pero sigue habiendo soledad”, agrega.

PAOLA MORALES ESCOBAR
Redactora EL TIEMPO