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La historia de un niño homicida

A propósito de la celebración del mes del niño. Columnista invitada.

27 de abril 2012 , 10:11 p.m.

Nos hemos rasgado las vestiduras simbólicamente -como en la tradición judía ante la muerte de un ser querido-, por la noticia terrible del niño saudí de cuatro años que, ante la negativa de su padre de comprarle un juego de última tecnología, tomó el arma adulta y disparándole a su padre lo dejó tendido de un balazo en la cabeza.

¿Cómo es posible, Dios mío?, hemos clamado todos elevando nuestras manos y lamentos al cielo suplicando un poco de explicación ante hecho tan monstruoso.

Monstruoso sí pero, no el niño, sino el mundo en que nació esa criatura. Bárbaras las reacciones de los adultos que piden más castigos para los menores quejándose de la laxitud de la crianza de los hogares de hoy en día, sin detenerse a contemplar que, en esa criatura inocente, se recoge y encarna la esencia de una cultura que arrasa con la dignidad humana.

¿Qué ha visto ese niño a tan corta edad? ¿Qué ha aprendido de su armado padre? ¿Por qué se hizo tan importante el solicitado juego? ¿Cuál es la vida que esa criatura conoce que lo hace capaz de cometer la muerte de su padre?

Prefiere nuestra sociedad antes que verse la deformidad en sí misma, reducirla a una criatura y exclamar resignadamente sin más explicaciones, "cómo han cambiado los tiempos".

Sí, los tiempos han cambiado: hay menos madres amamantando a sus hijos, hay menos padres educándolos, hay menos tiempo para los juegos con la pelota, hay menos juegos, hay menos pelotas, hay menos niños porque a ese pequeño saudí le robaron su niñez quién sabe desde cuándo y sucede así en el mundo entero con todas las criaturas que padecen los dolores del hambre y la miseria, a los que han visto morir a sus padres en manos de la guerrilla y los paramilitares, a los que deambulan por las calles mendigando prendidos de las faldas de sus desconsoladas madres.

Hasta cuándo nuestra sociedad contemporánea evadirá el verdadero compromiso de protección de la niñez consolándose con solitarias fechas dedicadas  a ella, con anémicas leyes y derechos de la Infancia sin lograr el compromiso profundo de la economía -supuesta ciencia al servicio del ser humano-, que es la que realmente controla el tráfico de armas, drogas, dólares y euros; la que aparta al niño de su madre por irse a buscar unos pesos de más para el hogar; la que secuestra al padre para ponerlo a trabajar sin descanso; la que organiza las jornadas laborales; la que introduce sin la menor censura en la vida de los infantes cuantos objetos se puedan comprar.

No es en la periferia jurídica, económica, política y social donde deben estar los derechos del niño, es en el centro de todas las disciplinas humanas.

Ese chiquillo saudí es el grito de la infancia mundial implorando ser defendida de una sociedad que naufragó en la irracionalidad del consumo. Perdón, hemos de pedirle a esa criatura por haberle enseñado lo que hoy ha cometido.

Lucero Martinez Kasab
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla