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Deformación pragmática

27 de abril 2012 , 08:57 p.m.

A falta de los criterios disponibles como cuando ideologías y partidos sustentaban juicios sobre la vida pública, ahora aparentemente rige solo uno: el resultado. Desde los mandatarios, pasando por la gama burocrática interminable, hasta llegar a instancias como el deporte, el resultado es argumento terminante para prometer y medir gestiones y personajes, aunque el resultado por sí solo no responda por cómo, para qué, por qué. Se aumenta la productividad pero maltratando la naturaleza, se consiguen ventajas pero corrompiendo al funcionario, un equipo gana dando leña o presionando al árbitro. Limitarse al resultado equivale a que el fin es indiferente al medio.

Es un pragmatismo mal entendido el que cree más en cantidad que en calidad, en salidas inmediatas sin cuestionar el método y de cuál beneficio se trate. El resultado inmediato descuida consecuencias que se complican especialmente cuando se trata de la vida en común, o sea la política, esta la deliberación sobre el bien común con base en fórmulas aún sin corrección, como que el mejor bien es el de la comunidad, o sea que propósitos y resultados deben ajustarse a la moralidad y contratos sociales sobre legalidad.

Si gobernar es escoger, como decía un político francés, los resultados son dañinos si proyectos, nombramientos, inversión, ejecución los determina el interés particular de politiquería, usura, explotación, imagen; lo productivo, por ejemplo, más susceptible de esa conveniencia porque está sujeto a la ley de hierro de la rentabilidad que los gobiernos temen contrariar. Gobernar según resultados efectistas expone a ser medido por ellos, en lo que ni el gobierno internacional ni el oficialista colombiano salen bien librados; no solo sus resultados son bien cuestionables en puntos como orden o equidad, y no se diga en casos puntuales como narcotráfico, sino también en procedimientos corrientes en la forma de fijar políticas.