Archivo

La vida, una carrera de obstáculos para este semillero de atletas

En Turbo, los sueños de títulos y campeonatos desafían la pobreza y la violencia.

notitle
23 de abril 2012 , 09:41 p.m.

La pregunta buscaba un detalle y encontró una realidad.

-¿Que cuánto calzo...? 

Ese, se convirtió en uno de los tantos interrogantes sin respuesta en la vida de Diana*, cuyo silencio pronunciado y mirada perdida terminan hablando por ella. Lo desconoce, está claro, pero no es cuestión de descuido. La razón se cae de su peso: desde niña está acostumbrada a andar sin zapatos. (Crónica Gráfica: Turbo, una carrera contra la violencia).

Antes que a leer o escribir, aprendió a correr descalza en las calles de tierra y piedras del sector más deprimido de Turbo.  Primero lo hizo para no dejarse alcanzar de sus padres cuando querían castigarla por una que otra travesura y, luego ya de adolescente, emprendió innumerables carreras cuando las riñas entre pandillas así lo obligaron.

 - ¿Por qué no soy de Bocas del Atrato como mis padres y mi hermano mayor?

Por el desplazamiento forzoso de sus papás, nació en este municipio antioqueño hace 17 años, refugio transitorio y aparente de la violencia que los desterró. 

Una mañana de septiembre del 2005, se despidió de papá. Sin saberlo, lo hizo para siempre. Fue la última vez que lo vería con vida. Salió a comerciar artículos a un corregimiento aledaño y nunca regresó. 

Sin figura paterna y con una madre que tuvo que multiplicarse en labores para llevar dinero y comida a sus tres hijos, Diana optó por la calle. Y la calle en Turbo, como en tantos otros lugares, es riesgosa, más si se habla de la calle en lugares marginales, en barrios en los que lo poco que hay se disputa a muerte, en un mundo de hurto y drogas. 

Cordones sueltos

 - ¿En qué momento decidí cambiar?

La delincuencia parecía amarrarla, pero el deporte la liberó. En mayo del año pasado, mientras veía a sus primos jugar fútbol, se le acercó   uno de los  entrenadores** de atletismo en la zona de Urabá, quien la invitó a que hiciera una prueba de 100 metros.  

"No fue fácil convencerla, me dejó hablando solo, pero a las dos semanas se apareció y, una vez corrió, no paró de hacerlo". La propia Diana lo confirma: "Al practicar deportes aprendes cosas y recapacitas. Cambié el desorden, ya que me gustaba hacer maldades, y desde que soy atleta ya no callejeo más".   

En casi un año, su elección ha dejado huella. Es ejemplo del barrio y a diario, una romería de niños y adolescentes tocan la deteriorada puerta de madera de su casa. "Me despiertan y todo para que nos vayamos a practicar", dice mientras sonríe. Esa risa se la ha devuelto de a poco el deporte.   

Hoy, son 307 los jóvenes de Turbo que se forman en atletismo (velocidad, saltos, relevos, pruebas múltiples y vallas), y pesas. Número considerable, pero escenarios insuficientes e implementación precaria o nula, por lo que la programación de entrenamientos arranca a las 5 de la mañana y termina a las 9:30 de la noche. "Nos toca entre el polvo o el barro cuando llueve, pero no nos preocupamos por lo que no tenemos sino que queremos y apreciamos demasiado lo poco con lo que contamos para trabajar",  dice con resignación su técnico.

"Valoramos una barra de pesas así esté oxidada o un disco roto, todo nos sirve. Carecemos de implementos, pero colocamos palos atravesados o hacemos el salto alto sin colchonetas", explica el instructor, que les enseña los movimientos, luego los turna para mostrarles videos en su casa y ya en la competencia es que los muchachos vienen a experimentar la caída real. Aún así ganan y son potencia en la región al aportar, en promedio, el 60 por ciento de los atletas de las selecciones Antioquia. 

Suelas rotas

- ¿En qué condiciones vivo?

No solo contra las limitaciones luchan los jóvenes prospectos, también intentan ganarle la carrera a la violencia, tan presente como la misma pobreza en Turbo, el municipio que más población desplazada recibe en el país, proveniente de Córdoba, Chocó e incluso territorio antioqueño.

Según estudios, en el casco urbano existen nueve pandillas, de las que hacen parte 208 adolescentes. "La intención es rescatarlos de ese entorno, como se logró hace ocho años cuando de 360 muchachos que sacamos de la calle, solo dos reincidieron", destacó Martha Cecilia Moreno, directora del Instituto Municipal para la Protección de la Niñez y la Juventud (Imupronj). 

"En estos grupos se han detectado jóvenes entre 14 y 18 años, que enfrentan las mismas necesidades de pobreza, comparten intereses comunes y llegan a esta situación por la falta de oportunidades y de educación, además de pertenecer a un núcleo familiar desarticulado, por ausencia de padre o de madre, o de los dos", explica Jhon Chávez, capitán de la Policía y comandante de la estación municipal desde hace dos meses.

Moreno, al conocer de cerca la problemática, se muestra alarmada por la cifra de asesinatos de jóvenes: 70 en los últimos cuatro años. En el primer trimestre de este 2012 no más, cinco perdieron la vida. Por eso le apuesta al proyecto de rehabilitación de jóvenes, en el que el deporte "es un componente esencial en esa estrategia de ofrecerles otras alternativas de manejo del tiempo libre".
Pregunta final

Diana lo entendió a tiempo y en cuestión de meses, gracias al atletismo, ya montó en avión y estrenó pasaporte. Fue en noviembre pasado por el Plan Integral de Prevención 20+ de la Cancillería, que pudo conocer al mismísimo Usain Bolt, que le regaló unas zapatillas para correr. Fue entonces cuando apareció la pregunta que buscaba un detalle y se encontró la realidad.

- ¿Qué cuánto calzo?
 
Tuvo una idea. Fue al escaparate que hace de ropero y tomó los tenis, los spike especiales para correr que le quedaron de recuerdo de aquel viaje. Su valor puede superar el costo de todo lo que encierran esos dos metros cuadrados de ladrillo, que comparte con su hermana menor y dos primas. Diana, entonces, dice "7" al ver el número que está en los zapatos con los que seguirá huyendo de la pobreza y la violencia.

*Nombre cambiado por ser menor de edad.
** Nombre o dato omitido por seguridad.

Fabián M. Rozo Castiblanco
Enviado Especial de EL TIEMPO