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Un campesino que pasó de prostituirse a salvar vidas

Ahora recorre las calles para que transgeneristas encuentren oportunidades.

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20 de abril 2012 , 09:51 p.m.

A José Hermes se le nota su pasado de labial y tacones cuando comienza a hablar. Desde que tenía 6 años se escondía para ponerse las prendas de su madre y jugar con las muñecas de las niñas de San Vicente del Caguán, el municipio donde nació.

Sus padres, dos humildes campesinos, pasaban por alto las sospechas, incluso, cuando, ya radicados en Florencia (Caquetá), José comenzó a cambiar de voz y la forma de expresarse con su cuerpo.

Con muchas dificultades, logró terminar un curso técnico de enfermería, pero el único trabajo que consiguió fue en un restaurante, en donde le pagaban 200.000 pesos. "Mi situación era grave", cuenta.

En ese entonces, José ya tenía un amigo cuyos consejos lo llevarían a Bogotá. "Me dijo que la prostitución se pagaba bien. La desesperación hizo que sumara mis ahorros y cogiera una flota", dice.

Llegó al bar Hacaranda, en la calle 1a. con carrera 24. Nunca había visto un lugar tan degradante. "Era inseguro, sucio, había pulgas. Era como una pesadilla", explica.

José pensó en irse, pero, cuando fue a buscar su raída billetera, había desaparecido. "Me tocó quedarme. La primera escena fue ver a mis compañeras inhalando perico".

Al día siguiente comenzaba la transformación, pero, como José a duras penas traía lo que llevaba puesto, no hubo otra opción que adaptar su ropa a su nuevo rol. 'Leydi' sería su nombre de ahora en adelante. "Cortaron mis pantalones como shorts y mi camisa quedó hecha retazos", relata.

Su primera salida como prostituta fue un fracaso. Sus grandes pies no dominaban los tacones y, afirma, se sentía más un habitante de calle.

El ambiente la sumió como si llevara un ancla a cuestas. Su futuro ahora era el de alquilar lúgubres habitaciones para vender su cuerpo por 20.000 pesos, si le iba bien. "Me sentía un ser degradante", anota.

Con su nuevo trabajo llegaron las drogas, el único escape para que la culpa dejara de rondarla. "Yo tuve sexo y orgías con jóvenes, viejos, sucios, borrachos y depravados. Ni siquiera ganaba bien. Duré días enteros aguantando hambre, distrayendo la miseria con una empanada o un café", añade.

Tenía la esperanza de cambiar y por eso daba hojas de vida a sus clientes ignorando las burlas. El ángel que cambiaría su vida llegó: Carolina, una funcionaria de la Secretaría de Integración Social. "Le conté mi historia, lloramos las dos y ella me ayudó", dice.

Así, Leidy se sintió capaz de presentarse a un trabajo en la Secretaría. Y ese día del 2008, su vida dio un giro total. "Por fin tenía un trabajo, un sueldo, seguridad social, una vida normal", concluye.

Ahora José es un ángel en las calles

José ahora es como un ángel que recorre las calles donde se prostituía. Es un testimonio vivo de que la vida sí puede cambiar. "Ahora me dicen: 'Sí, le sirvieron de algo las hojas de vida que pasó. Tenía razón'."

Vestido de hombre, recorre cada negocio, se saluda de besos con todas las mujeres apostadas en la puerta, dispuestas al primer postor así el frío carcoma sus huesos. Su misión es ponerle en bandeja a la comunidad LGBT de 27 a 59 años dedicada a la prostitución una posibilidad de tener papeles de identificación, arreglar su situación militar, conocer sus derechos y, por qué no, como él, trabajar en algo diferente que vender su cuerpo.

"Escucharlas como un día alguien me escuchó a mí es mi misión", dice. Así ha logrado cambiar la vida de 15 transexuales, un logro enorme en una ciudad donde las oportunidades escasean para la población LGBT. José o Leidy dice ser la radiografía de decenas de hombres que llegan a Bogotá confundidos por sus deseos reprimidos, sin estudio, sin oportunidades, que se dejan atrapar por la única oportunidad que les da la sociedad: prostituirse.