Archivo

Bibliografía

19 de abril 2012 , 08:56 p.m.
Colombia ha sido narrada pero no ha sido leída. Todo lo que le ha estado pasando ya pasó. Y ya fue escrito. En la sección 'Hace 100 años', situada día por día en los pasatiempos de EL TIEMPO, pueden leerse verdaderas noticias de última hora: el miércoles 17 de abril de 1912, por ejemplo, la ciudadanía le rogaba al gobierno de la deforme Bogotá que hiciera lo que estuviera en su poder para llevar el tranvía hasta el hospital de La Misericordia. En la comedia
El embajador de la India, que el domingo 15 cumplió 25 años de reírse de nuestro profundo complejo de inferioridad, un timador opita de la vida real finge ser el maharajá Rahama Machaka para constatar que no hay nada como venir de visita oficial a este país.
Y en la Feria del Libro de Bogotá, que empezó hace un par de días, hay incontables volúmenes en los que puede leerse -como quien pone sobre la mesa la baraja del tarot- lo que ha pasado, pasa y va a pasar aquí.

Sé que leer es como rezar: que sólo le sirve al que cree. Entiendo que cada quien llega a su propia forma de interpretar el mundo. Y que "Historia" dejó de ser una materia del colegio hace muchos años. Pero cumplo con decir que es posible encontrar en los pasadizos de la Feria una cadena de relatos que demuestra que acá ha estado ocurriendo lo que ya ocurrió.

Leer es un atajo. Ahorra vida y tiempo. Evo Morales no andaría por ahí diciendo que "es hora de que las Farc tengan su propio partido político" si hubiera leído Armas y urnas. 'Timochenko' no se atrevería a pedirle al Gobierno "paz sin mentiras ni rendición" si supiera que No hay silencio que no termine puso en evidencia que su guerra es tan obsoleta como su alias. Quien lee Espuma y nada más descubre que tarde o temprano cambiamos la máscara de la víctima por la del victimario. Quien lee La vorágine sabe que lo particular de nuestro descenso a los infiernos es que nadie regresa. Pero Siervo sin tierra logra que nos duelan, uno por uno, los 441.000 colombianos que en lo que va del año han reclamado la casa que les quitaron a la fuerza. La siempreviva da voz a las familias de los fantasmas del Palacio de Justicia cuando el coronel Plazas repite "Yo insisto en que no hay desaparecidos". Que pase el aserrador explica el embrujo que durante años nos volvió mudos ante la hoy obvia mezquindad de Álvaro Uribe. Y Sin remedio ve que esa élite decadente e infame que ha impedido que el país sea un país es la misma que retrató De sobremesa.

Leer El corazón del poeta, la biografía bíblica de José Asunción Silva escrita por Enrique Santos Molano, es ser testigo de que lo que nos pasó la semana pasada nos ha pasado siempre. Desde el comienzo tuvimos vocación de balneario perdido en el mapa. Idolatramos a los extranjeros como a becerros de oro.
Remedamos el primer mundo de espaldas a aquella pobreza que prueba que estamos en el tercero. Desterramos la palabra "proteccionismo" del diccionario porque hería los nervios de los pocos dueños de todo. Buscamos los TLC de turno tanto, tanto, que un día olvidamos para qué. Y en los ratos libres sospechamos que, tal como cantó Shakira, a manera de denuncia, en plena Cumbre de las Américas, "el bien germina allá".

Si hubiera más lectores, si Colombia escuchara por fin lo que Colombia cuenta, los sospechosos de siempre ordenarían prenderles fuego a los corredores de la Feria. Ciertos libros piensan demasiado, saben demasiado, hablan demasiado. Le devuelven a la palabra el valor que la política le roba. Reúnen las piezas de un rompecabezas -el país- que nadie tiene tiempo para armar. Y ponen en jaque a esta raza de líderes avaros, que han logrado que todo se repita y se repita, porque desde una tapa hasta la otra prueban que somos capaces de dar vuelta a la página.

www.ricardosilvaromero.com