Archivo

Diálogo de sordos

17 de abril 2012 , 09:04 p.m.
El rostro compungido de la Canciller en la conferencia de prensa final lo decía todo: la Cumbre no salió como Colombia esperaba.
Las habilidades de 'spin doctor' del presidente Santos no lograron ocultar un balance agridulce: Colombia consiguió proyección internacional, pero las flaquezas de su diplomacia multilateral saltaron a la vista.

Dos logros previos de la negociación con Estados Unidos -la entrada en vigencia del TLC y la visa de 10 años- fueron anunciados en Cartagena y ello sirvió para temperar la decepcionante conclusión de la Cumbre.

Es verdad que muchas cosas salieron bien. La Cumbre Social convocó a un número importante de actores, la Cumbre Empresarial constituyó una idea innovadora para atraer inversión extranjera y la organización del evento en su conjunto resultó impecable.

Esta Colombia de Santos está abierta al mundo. La figura del Presidente proyecta un sentido cosmopolita que le da a Colombia una cara de internacionalización que había perdido. En comparación con el pasado, la Cumbre de las Américas no deja más que ganancia. Pero, hasta el presidente Santos lo ha dicho, "Uribe es cosa del pasado". No es mirando hacia atrás como debemos medir el presente, sino usando los estándares que el Gobierno mismo se impone.

"Esta será una Cumbre de resultados", dijo la ministra Holguín. Seamos francos: productos concretos no hubo, ni uno solo. "El hecho de que no haya declaración conjunta no es un fracaso", afirmó el presidente Santos. Pero sí lo es, cuando la declaración es anunciada con bombos y platillos pocos días antes.

"Colombia aspira a hacer historia. La declaración final tendrá resultados concretos y visibles", dijo Jaime Girón, negociador principal del texto. Ni siquiera el documento técnico sobre los ejes temáticos, que se esperaba fuera parte de la declaración, llena las expectativas. Resultó como los de encuentros anteriores, todo un saludo a la bandera, con 47 mandatos, a cual más general.

Si una conferencia multilateral resulta exitosa por solo hablar, todas ellas lo son por definición. A excepción de la guerra contra las drogas, el "diálogo franco" sobre los demás temas álgidos de la Cumbre -Cuba y Malvinas- ha tenido lugar en escenarios anteriores. Y, si hubo diálogo, fue de sordos. A Cartagena cada uno fue a plantar su bandera.

Con Cuba y las Malvinas, América Latina efectuó una demostración de autonomía frente a Estados Unidos. Barack Obama llegó con las manos vacías, sin una sola propuesta de interlocución con la región e indiferente al hecho de que esta se le escapa. Desde antes de tocar tierra colombiana, había advertido que no se movería un ápice en relación con Cuba y la política antidrogas.

Entre Estados Unidos y América Latina quedó atrapada Colombia, que no logró impulsar la visión pragmática de su Presidente. La ideología todavía cuenta y la diplomacia colombiana no puede producir milagros. Aun así, hizo creer que la cuestión cubana no secuestraría la Cumbre, pero esta explotó en plena reunión.

Esta rebelión del Alba puso de manifiesto las limitaciones de Colombia en su búsqueda de liderazgo regional. Colombia no consiguió declaración, no pudo frustrar el boicoteo del Alba, no logró la aceptación de su propuesta sobre drogas, se enfrascó en una tensión innecesaria con Argentina y se mantuvo distante de Brasil. No se puede ser líder sin seguidores.

Quizás si la lectura del escenario regional hubiese sido más realista y el esfuerzo diplomático previo más decidido, Colombia hubiese tenido un mayor margen de maniobra.

Al parecer, se priorizaron otras cosas. "El desafío más importante de esta Cumbre es la logística", le dijo la Canciller a Álvaro García.