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Plinio Apuleyo Mendoza recuerda los hechos del 9 de abril de 1948

Este texto hace parte del libro 'Huellas', que saldrá a la venta este año.

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08 de abril 2012 , 10:52 p.m.

Sobre la calle glacial, en la primera luz del amanecer, flota todavía la bruma. No sé ahora si esa bruma la ha puesto mi memoria, o si ella existió realmente aquel día; pero de todos modos está allí, haciendo espectral la visión de un sacerdote y de una enfermera que avanzan, como en sueños, hacia los cadáveres abandonados en la calle. ¿Cuántos eran? ¿Dieciocho? ¿Doce? No lo recuerdo hoy. (Reviva el 'Bogotazo' con esta crónica inédita escrita hace 64 años)

Uno ha caído con una bandera roja en la mano, otro con un machete, otro más con una botella de aguardiente, cuando avanzaban gritando, en un desafío insensato, hacia la emisora Nueva Granada, protegida, tras sacos de arena, por soldados en actitud de combate.

Esta imagen póstuma del 'Bogotazo', la más explosiva insurrección popular que haya conocido una capital latinoamericana, el 9 de abril de 1948, la estoy viendo desde un balcón de madera que tenía mi casa. Tengo 15 o 16 años, y no he podido dormir aquella noche estremecido por los disparos de la tropa. Resuenan en la calle como un trueno y dejan un eco largo y desgarrado. "Otro más", dice la criada asomándose a la ventana y persignándose. Quiere decir: otro muerto. La luz del alba revela la masacre, una gota apenas en el océano de una revuelta sofocada a tiros. (Vea las imágenes más impactantes captadas durante El Bogotazo)

Esta escena no será sino el epílogo de una tarde y una noche de fuego y de sangre. La víspera, a la una de la tarde, estoy sentado con dos hermanas en una cafetería del centro, en el Monte Blanco, recién abierta en el segundo piso de un moderno edificio. Nuestra mesa está pegada al ventanal que da sobre la carrera séptima, llena de gente a esta hora. Acabamos de dejar ahí abajo, ante la puerta del edificio vecino, a nuestro padre. "Voy a almorzar con Gaitán", nos ha dicho. No es nada especial: miembro de su junta asesora, los dos se ven y hablan por teléfono todos los días.

La música vibrante, reiterativa, del Bolero de Ravel se escucha en aquel momento en el ámbito bullicioso de la cafetería. La carrera séptima, que divisamos desde la ventana, parece más animada que nunca, pues la ciudad es sede de un evento muy especial: la IX Conferencia Panamericana. Un personaje que solo habíamos visto en los noticieros de la guerra, el general Marshall, está en la ciudad. Los hoteles hierven de diplomáticos y periodistas extranjeros.

Toda aquella animación, sumada al lento pasar de algunos tranvías, la percibimos desde nuestra mesa mientras escuchamos las notas del Bolero de Ravel. Y, de pronto, cuando aguardamos el primer plato del almuerzo, escuchamos, duras y metálicas, tres detonaciones. Se produce en la calle una estampida. La gente corre a refugiarse a la puerta de los cafés. No hemos visto de dónde provienen los disparos, pero sí al hombre vestido que ha caído ahí, en la acera, debajo de nuestra ventana. "¿Mi papá?", exclaman al tiempo mis dos hermanas.

Corriendo cruzo el salón, bajo las escaleras que conducen a la entrada del edificio con una premonición terrible golpeándome el pecho. Al llegar a la esquina, veo a un hombre pequeño, pálido, mal vestido, con una barba de tres días oscureciéndole el mentón, que viene sujeto por dos policías: el asesino. Corriendo siempre, con el corazón en la boca, me aproximo antes que nadie al cuerpo tendido en la acera. Me arrodillo a su lado. Entonces, viendo su cara, siento como una descarga eléctrica. Es Gaitán, Jorge Eliécer Gaitán.

Nunca en los 64 años transcurridos desde entonces he logrado olvidar aquella cara de quien hoy es visto por la historia como el más grande caudillo popular que ha tenido Colombia. Parece esculpida en un gesto irremediable, amargo. Los labios se le han cerrado con dureza, casi con desdén, pero en los ojos, fijos y entreabiertos, palpita todavía una lumbre de vida, y un ligero temblor le estremece párpados y pestañas. Allí están los rasgos que tantas veces hemos visto: la vehemencia voluntariosa de la nariz, de la boca y del mentón tienen ahora una trágica inmovilidad de bronce. El sombrero está a su lado. El cabello lacio y espeso reposa sobre el polvo de la acera. De la nuca le fluye un hilo de sangre que segundos después una mujer recogerá sollozando. "Canallas, nos lo mataron", le oiré decir.

Fervoroso partidario suyo desde que me hallaba en el colegio, muchas veces había visto a Gaitán hablando los viernes en el Teatro Municipal. Más tarde, trabajando en la oficina de mi padre en una revista fundada por él con el nombre de Reconquista, solía ir a la oficina de Gaitán para llevarle pruebas de imprenta con la versión de sus discursos. Gaitán había leído alguna página que yo había escrito a propósito suyo. "Te agradezco y te felicito", me dijo una noche al reconocerme en la multitud que lo aguardaba en la puerta del Senado.

Ahora estaba allí, tendido en el pavimento, no muerto, pues aún veía su última brizna de vida en el temblor de las pestañas, pero sí a punto de morir, y yo estaba consciente de todo el peso de aquel instante trágico. Apartándome de la gente que empezaba a agolparse en torno, divisé a mi padre. Había hecho llamar un taxi, abría la portezuela y daba órdenes. Estaba, lo supe después, al lado de Gaitán cuando este recibió los disparos.

Desde la ventana de la cafetería, mis hermanas reconocieron a Gaitán cuando lo levantaron para ponerlo en el taxi.

-Qué cara tan triste tenía -me decían llorando, cuando fui a buscarlas.

No dejaron de llorar, estremecidas por la impresión, de modo que al subir a un tranvía varios pasajeros me preguntaron qué había ocurrido.

-Pues que acaban de matar a Gaitán -les dije.

Entonces ocurrió algo muy sorprendente. El tranviario detuvo en seco su tranvía, se bajó, se quitó la gorra, la arrojó al suelo y empezó a patearla.

-¡Esta vaina no se mueve de aquí! -exclamó con un sollozo de rabia.

Creo que la inmensa rebelión empezó en aquel momento. Más de sesenta años han transcurrido desde entonces. En un país de gente joven como es Colombia, la gran mayoría de los colombianos que hoy encuentro no habían nacido. Los que fuimos testigos de aquel día, hoy con muchos años a cuestas, no logramos olvidar aquellas escenas de pesadilla.

Veo, bajo la lluvia, la plaza de San Victorino iluminada por el resplandor de los incendios y recorrida a toda velocidad por camiones y volquetas repletos de hombres enarbolando banderas rojas. Veo a un negro monumental llorando en plena calle como un niño. Veo hordas de desharrapados que han bajado de los cerros asaltando ferreterías para armarse con machetes y cuchillos; veo edificios y tranvías en llamas, caras enloquecidas, calles y plazas llenas de vidrios, de humo y de olor a aguardiente; veo muebles y máquinas destrozados pues han sido lanzados por las ventanas de la Gobernación y de cuanto despacho público ha sido asaltado por las multitudes; veo saqueos, policías con escarapelas rojas que se han sumado a la revuelta; veo tanques de guerra avanzando por la carrera séptima, y hombres con banderas y machetes sentados en sus torrecillas, ignorando que aquellos vehículos blindados no iban a tomarse el palacio presidencial sino a defenderlo; veo el resplandor nocturno de los incendios como si la ciudad fuera una hoguera, y con la oscuridad los primeros disparos de la tropa que ha llegado de otras ciudades para reprimir a los insurrectos, una represión que dejará las galerías del Cementerio Central repletas de cadáveres.

De todas esas imágenes la que de manera más fría y perenne ha quedado incrustada en mi memoria es la que evocaba al comienzo: los cadáveres en la calle donde se encontraba mi casa. Son cuerpos inmóviles, húmedos de lluvia, fantasmales en la bruma del amanecer. La enfermera, con su blanco uniforme destacándose tras la sotana negra del cura, se agacha, los examina, verifica sin duda que los muertos están realmente muertos, quizás les cierra los ojos; el sacerdote comprende, reza de pie unos minutos, deja caer sobre el muerto una bendición y sigue su camino.

Esta imagen parecía anunciar la Colombia manchada de sangre que jamás habíamos esperado, la que nos ha tocado vivir desde entonces. Mi generación nació y vivió sus primeros años en un país reconocido como una excepción en América Latina; un país pacífico, democrático, civilista, de grandes figuras políticas y abierto a opciones de cambio, la más grande de las cuales era representada por Gaitán. Si no hubiese sido asesinado, su inevitable llegada al poder al frente de un movimiento de masas nunca antes visto habría hecho imposible la aparición de guerrillas y grupos armados. El 9 de abril de 1948 quebró en dos nuestra vida. El país ejemplar sería visto luego como el más violento del continente. El eco de los tres disparos que aquel día oí a la una y cinco de la tarde desde una cafetería no se ha apagado aún.

PLINIO APULEYO MENDOZA