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Sargento liberado dice que vivió '14 largos años de humillación'

Luis Arturo Arcia narró a El TIEMPO su experiencia durante más de una década en manos de las Farc.

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07 de abril 2012 , 08:37 p.m.

Los estragos de los 5.141 días de cautiverio no lograron borrarle la sonrisa al sargento del Ejército Luis Arturo Arcia, quien ostenta el triste récord de la persona que ha pasado más tiempo secuestrada. (Siga este enlace para leer más sobre la liberación de secuestrados)

En una habitación del Hospital Militar, en Bogotá, rodeado de las artesanías que elaboró en la selva, este hombre de 41 años -que cayó en manos de las Farc el 3 de marzo de 1998 y fue liberado el lunes pasado- dio su testimonio:

Ese último día de cautiverio (2 de abril) es indescriptible. Sabíamos que íbamos para la libertad, pero nada más. Nos levantaron temprano y empezamos a empacar; estábamos pendientes de los medios de comunicación para saber qué iba a pasar, mientras esperábamos para dónde nos movían, pero las horas iban pasando y nada. Eran ya las 11 y nosotros nos preguntábamos: ¿Por qué no nos mueven? Imposible que vaya a llegar el helicóptero aquí donde estamos, en plena selva.(Lea también: De fusilamientos, bombardeos y hasta rayos se salvaron los liberados)

Al mediodía escuchamos el helicóptero, pero lejísimos, y un guerrillero dijo: "¡Están violando el protocolo de seguridad!" Como a la una de la tarde llegó la orden de un guerrillero: equipos al hombro, que en una hora tenemos que llegar a un sitio. Ahí se nos subió la moral y nos dijimos: 'Aquí toca caminar rapidito'. Eran más de 7 kilómetros y los recorrimos a toda velocidad. Llegamos a la orilla del río Guaviare, nos bañamos y nos dieron los uniformes para cambiarnos. Ese fue el momento en que nos quitaron las cadenas después de diez años.

Empezamos a tenerlas en la zona de distensión, cuando 'Martín Sombra' nos las puso en la cárcel de El Billar. Ahí fue cuando me sentí la persona más humillada de este mundo, y yo mismo me decía: 'Soy un soldado y tengo que soportarlo'. Como íbamos por parejas y con las manos amarradas atrás, era fácil perder el equilibrio. Si uno se caía, los demás también, porque íbamos en fila... Eso era muy humillante. Fueron 14 largos años de humillación... 24 horas al día encadenados del cuello con el otro compañero. (Lea también: Análisis de las condiciones de salud en que llegan los secuestrados)

Un día dieron la orden de que a partir de las 6 de la tarde también nos encadenaran de los pies, hasta las 6 de la mañana, pero a veces no nos quitaban las cadenas y así nos mandaban al 'chonto' (a hacer las necesidades) y a bañarnos; entonces no podíamos quitarnos el pantalón y nos tocaba bañarnos con ropa.

Tejido humano

Siempre fui muy malo para la aguja, pero aprendí a bordar de un maestro: mi sargento Luis Alfredo Moreno Chagüezá. Él me insistía mucho: "Arcia, haga un bordado que yo lo instruyo", pero yo me negaba, hasta que empecé y se convirtió en mi diario vivir.

Todos los días me dediqué a mirar a quién le hacía bordados. A los que me enviaban saludos, los que trabajaban por nosotros... Por ejemplo, le hice uno a (la periodista española) Salud Hernández, porque escuchaba todos los mensajes que nos enviaba por Hora 20, y en agradecimiento le hice ese detalle en un pedazo de tela camuflada, con las banderas de Colombia y España. Me demoré dos meses.

Justo cuando estaba bordando eso, casi lo pierdo porque nos tocó salir del campamento donde estábamos, como lo hacíamos constantemente, corriéndonos uno o dos kilómetros cada dos días, para evadir los bombardeos.

Por eso decidí partir mi equipo en dos: tenía una bolsita especial para echar los bordados, los hilos, las manillas, las correas y los chinchorros. Eso era mi tesoro más preciado, y el miedo que siempre tenía era que la guerrilla no me dejara sacar de la selva los detallitos. Los hacía para las personas que habían luchado por nosotros de una u otra forma. En otra bolsa estaba lo demás. En estos años hice 40 manillas, 20 bordados y cinturones.

Lo primero que bordé fue el escudo de mi equipo, Santa Fe, del que soy hincha desde hace 30 años. Hice un plan para salir en unas pruebas de supervivencia (en video) con la camiseta. Un día nos dieron ropa y yo guardé un buzo para estampar ahí el escudo; nunca me lo puse, esperando las pruebas, hasta que llegó el día. Lo hice, para que vieran que los llevo en el corazón y que fueron mi alegría.

Me gasté mes y medio haciendo el bordado, pero en la selva era difícil conseguir hilos, así que los sacaba de camisetas y de pedazos de tela que salían de algún lado. Mi suerte fue que me dieron unos boxers rojos... ¡Ese era el hilo que necesitaba para el escudo! Empecé a deshilar los calzoncillos con mucho cuidado, y un par de medias blancas, para hacer el bordado. Los guerrilleros a veces nos llevaban hilos de colores, pero se nos perdían.

En uno de los asaltos que nos hizo el Ejército se me perdió prácticamente todo. Los hilos, cositas que ya había tejido y bordado. Eso fue tres días después de la operación Camaleón (16 de junio del 2010). En ese momento ya le había llegado la orden a esa guerrilla de movilizarnos desde el río Inírida hacia orillas del río Guaviare, cuando nos cayó la tropa.

A eso de las 9 de la mañana salió una exploración de la guerrilla, y como a 500 metros del campamento sonó una ráfaga de tiros. Lo primero que hicimos fue preguntarle al que estaba encargado qué hacíamos, y él nos contestó que nos agacháramos, pero de pronto llegó otro corriendo y dijo: "¡No!, ¡Sáquenlos, sáquenlos que es un asalto! Salimos en cuestión de segundos corriendo, sin equipo, pero nos devolvieron a recogerlo porque ahí ya no podíamos regresar, pero muchas cosas se nos quedaron. Nosotros éramos como los 'morrocos' (armadillos): teníamos la casa encima a toda hora.

Varios de los compañeros decían que era un rescate, pero otros hablaban de que solo se trataba de una de las alarmas que le gustaba hacer a la guerrilla. A los 10 minutos escuchamos en el campamento a los soldados, que le alcanzaron a meter un tiro en el hombro a un guerrillero. Era incierto lo que pasaba.

Muchas veces habíamos hablado de qué íbamos a hacer si llegaba un rescate. Lo repasábamos constantemente, porque estábamos encadenados en parejas y lo hablábamos con el compañero. Yo estuve encadenado con mi sargento Forero, mi primero Moreno, con Wilson Rojas, Duarte, Trujillo... Beltrán. El único que me faltó fue mi primero Salcedo, pero siempre coordinábamos si el árbol que teníamos cerca era bueno para protegernos o si hacíamos arrastre bajo...

En medio de todo eso que pasábamos día a día, fueron surgiendo episodios. Por ejemplo, Róbinson Salcedo duró nueve años con el cabello largo. Desde el 2001. La mamá le había dicho, después de las primeras pruebas de supervivencia, cuando salió con el cabello un poco largo, que quería ver que se lo dejara crecer, y así terminó con una cabellera negra, más abajo de la cintura, y como su pelo es grueso, entonces se le veía abundante.

Pero se le fue convirtiendo en un problema, porque le tocaba recogérselo en el día y se lo soltaba para acostarse, y en medio de las caminatas y de los traslados, muchas veces en la noche tocaba salir corriendo y él, con el pelo suelto, se lo tenía que coger a la carrera. Estaba entre cogerse el pelo y coger el equipo. Y un día (en el 2008), con tanta corredera, decidió raparse de una. Entre todos nos respetábamos mucho lo que cada uno decidía hacer, y a él le respetamos la decisión de tener su pelo largo, aunque cuando se lo cortó lo molestamos.

En esas cosas hubo mucho respeto. Yo duré nueve años haciendo ejercicio, escribiendo, mejorando la letra porque la tenía muy fea, jugando cartas con los compañeros y, los últimos cuatro años, tejiendo.

Los días difíciles

Había unos momentos más duros que otros. Uno de los momentos difíciles fue cuando mi capitán (Wilson) Quintero se le voló a la guerrilla y lo mataron. Ahí nos dimos cuenta de que en verdad la cosa era difícil. Antes había pasado lo de la fuga de un soldado secuestrado, con una guerrillera, en Urabá.

Todo se puso tremendo porque la guerrilla sacó una normativa según la cual ya no se podía hablar con ningún guerrillero; después vino lo de Urrao, con el asesinato del gobernador de Antioquia, de nuestros hermanos de la Armada y los militares; luego, lo del hijo del cabo Pérez, y vemos esa indolencia de las Farc de no dejarle ver a su papá; después fueron los diputados (del Valle) y lo último, lo de nuestros hermanos que murieron a manos del bloque sur.

Para nosotros esos hechos fueron muy duros. Por eso, pensábamos que nuestra finalidad era seguir vivos. Nuestras familias eran las que estaban sufriendo, y teníamos que sobrevivir y soportar lo que fuera. (Lea también: Liberación de 10 uniformados, fin a 14 años de tortura)

Y el otro momento fue la fuga del sargento José Libardo Forero, mi amigo, el mejor amigo que me dejó la selva. Con él nunca tuve un mal momento y si lo había, lo solucionábamos. Él me contó el plan que habían cuadrado con Jorge Trujillo y me dijo que antes de irse me dejaba la argolla de matrimonio por si no volvía, para que se la entregara a la esposa. Ese día (15 de septiembre del 2009), me habló de la ruta que iban a coger. Yo era el único que la sabía y por nada se la habría dicho a los guerrilleros.

La humillación que nos hicieron pasar la soportamos por ellos, para que fueran libres. Para presionarnos, nos cortaron las puntas de las botas de caucho y nos dejaron caminando casi descalzos. En esa zona había una mata particular, y sus espinas se nos clavaron en los pies y nos hicieron heridas, pero nos obligaron a seguir así. Nos pusieron en una sola fila encadenados de cuello y pies... Fue humillante... Con el paso de los días, no escuchábamos que dijeran algo en el radio sobre ellos. Nos dimos cuenta de que habían fracasado cuando los llevaron de regreso, un mes después. Pero fue un momento de mucha alegría, porque estaban vivos.

Cuando empezó a sentirse la presión, los guerrilleros cada vez que escuchaban las aeronaves decían: "Ahí vienen los aviones de Tito (el general Pinilla, comandante de la FAC)". La aviación para ellos ha sido parte clave de que les estén dando tan duro. Siempre decían que querían un proceso de paz, pero sin entregar las armas, y que el presidente Santos no les decía terroristas ni los maltrataba, pero les daba muy duro con los aviones. ¡Y que lo digamos nosotros!, que nos tocaba, paradójicamente, huir en medio de los bombardeos.

Por eso, siempre intentaba estar bien y ser ameno; les echaba chistes. Esa alegría creo que viene en los genes. Ellos siempre me decían: "Es que usted no cambia, tantos años y sigue siendo la misma persona recochera". Me gustaba ser así con ellos y eso me mantenía con moral, porque había problemas internos, con los compañeros, con la misma guerrilla, y nosotros teníamos que disiparlos de alguna manera.

Eso nos ayudaba a sobrevivir, el entusiasmo que cada uno le pusiera. Yo les hacía chistes y ellos volvían y me decían: "Es que Arcia le saca la rabia a un payaso". Recuerdo que en una etapa del secuestro, cuando los aviones empezaron a llegar a los campamentos, entre todos decíamos que si los escuchábamos nos avisáramos para que no nos sorprendieran, y cuando mis compañeros estaban por ahí, yo llegaba gritando: ¡El avión, el avión!, como gritaba Tattoo en La Isla de la Fantasía.

Imagínese un grito mío, en medio de la selva y que estuviera por ahí alguien desprevenido... Quedaban sentados del susto. Y después ya reflexioné y me dije: 'Aquí lo que estoy es traumatizándolos', y no lo volví a hacer. Además, un día el doctor Orlando Beltrán me dijo que un guerrillero me iba a matar, porque con esos gritos yo ponía en alerta a la guerrilla. Yo con eso quedé curado y no volví nunca más a gritar.

¡No más granos!

Otra cara que tenía el secuestro era la de la comida. Cuando ya supimos que íbamos para la libertad, me dije: 'No vuelvo a comer granos ni pasta, arroz, lentejas, fríjoles ni arvejas'. Ese fue el pan diario de estos 14 años y un mes; comí eso desde que me cogieron, lo mismo que la 'cancharina' (arepuela de harina). Llegar a tener una ensalada allá era un lujo superexquisito.

A mí me secuestró 'Urías' (uno de los jefes del bloque oriental). Como yo estaba barbado, él me preguntó si era comandante. Le dije: "No, soy un soldado". Él me respondió: "Usted es comandante, venga para acá lo amarro", y me ató las manos atrás con un poliéster. Yo tenía en la cabeza que me iban a matar, pero 'Urías' me dijo que si no me resistía no me pasaba nada; de lo contrario, no lo pensaría dos veces.

Me quedé quieto y dio la orden de que me llevaran para otro sitio. En ese momento completaba casi tres días sin comer, que fue lo que duramos combatiendo. Entonces los guerrilleros nos llevaron 'cancharina' con fresco royal, y para mí eso fue un manjar.

Llegar a ver un huevo en la comida era una maravilla. Uno lo dejaba en la boca para degustarlo lo más que pudiera. Todo eso lleva a aprender el verdadero valor de cosas tan sencillas y elementales. Un hilito, una bolsa, un periódico, una gaseosa eran cosas que anhelábamos y que allá eran un tesoro.

Y cuando estábamos rodeados de selva y nos poníamos a hablar, yo decía que sería muy feliz si me comía una ensaladita, un jugo, un pedazo de pollito asado, apanado, frito o sudado, como fuera, pero quería volver a sentir el placer de comérmelo.

Además de la falta de comida, en estos 14 años tuve cinco paludismos, dengue y cinco leishmaniasis. Los guerrilleros me aplicaban Lucantine, unas 30 inyecciones. No la mataba de una, pero sí me cerraba las heridas. Aunque también se utilizaban productos de la selva. Hay un bejuco que produce una mancha que se echa en las llagas y toca aguantarse la quemadura. Los guerrilleros utilizaban los ciempiés. Le sacaban la cabecita, y la mantequita que tiene por dentro se la untaban en la herida. Comprobé que sí era efectivo.

Y así vi muchas cosas en estos 14 años. Había animales rarísimos que impresionaban, como el tapir o danta, que pesaba 14 arrobas, o el locarro (armadillo gigante), que pesaba 16 arrobas; de todas las clases de micos diurnos y nocturnos, y peces amarillos de 16 arrobas y tres metros de largo. A lo que más les teníamos miedo era a los güíos. En una oportunidad nos estábamos bañando y nos salió el güío de frente, y de una vez todos para afuera... ¡Medía como diez metros de largo!...

Ahora empieza una nueva vida, en la que lo más difícil será caminar en libertad sintiendo que alguien va a jalar de la cadena. (Vea la galería de fotos: Policías y militares liberados por las Farc)

Para el olvido

"Lo que pasa en la selva, se queda en la selva". La famosa frase de Íngrid Betancourt acuña, más que secretos, profundos dolores y humillaciones.

Los liberadores pidieron no referirse a ciertos temas, por respeto, pero también porque pueden causar más dolor del que ya han padecido.

Jineth Bedoya Lima
Subeditora de Justicia