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Bogotá renace

Después de un alongado anochecer, comienza a amanecer en Bogotá.

06 de abril 2012 , 08:03 p.m.

Los cien días de la administración progresista de Gustavo Petro en Bogotá fueron pretexto para lanzar contra el Alcalde duras críticas desde distintos flancos, que pueden sintetizarse en que en tres meses, el gobierno de Petro no ha construido el metro por priorizar el tranvía; y que no ha reparado el tremendo desorden que dejaron las administraciones de Pastrana, Caicedo Ferrer, Peñalosa, Garzón y Moreno/López. Se publicó una encuesta de Datexco que 'revela' un aumento del pesimismo en los bogotanos. "El 48% cree que las cosas van mal en Bogotá" con trazas de empeorar.

La renuncia lamentable y lamentada del Secretario de Gobierno, Antonio Navarro, fue acogida con júbilo y debidamente festejada por los opositores del gobierno distrital, que la calificaron como demostración apodíctica de la incapacidad de Petro para gobernar. Inteligentes columnistas describieron al burgomaestre con aguasfuertes de arrogante, ignorante, vanidoso, suficiente, incapaz, camorrero, Goyeneche y émulo de Uribe Vélez.

Sin embargo hay otras visiones, periodísticas y de los ciudadanos, diferentes a las de la encuesta de Datexco y del curioso unanimismo variopinta de los flageladores de Gustavo Petro.

Por ejemplo, esa estupenda columnista y bogotana adoptiva, Salud Hernández, conoce Bogotá bastante mejor que muchos nacidos aquí, o residentes de tiempo atrás. En su columna de EL TIEMPO (domingo 1 de abril, página 6 sección 'Debes Leer') hace una juiciosa descripción del estado de desastre en que Petro recibió la capital. Salud, que por fortuna está libre del provincianismo del que todavía padecen la mayoría de nuestros periodistas, sabe de qué habla cuando sostiene que Bogotá no puede prescindir de medios de transporte como el tranvía y el metro, y que nuestros ingenieros (más entendidos en contratos que en ingeniería) no le están dando la talla a Bogotá. Comprobable a simple vista.

Comparto en su integridad la opinión de Salud Hernández, y en especial el concepto final: "Si queremos tener algún día un metro, y si aspiramos a ver trenes ligeros en esta capital, estoy segura de que los que vivimos en Bogotá, votaríamos a dedo por adjudicar su construcción a una experimentada empresa japonesa, que conoce lo que hace, está acostumbrada a terrenos complejos y no aspira a nada distinto a entregar un buen trabajo en el tiempo convenido. Porque si seguimos con el sistema actual, el crecimiento de la ciudad, tanto en residentes como en carros, terminará por engullirnos".

Cristina de la Torre ('El Espectador' 3 de abril, página 30) hace una defensa ecuánime del alcalde Petro y sostiene: "Es que el nuevo modelo de ciudad [impulsado por la administración progresista] busca reducir la segregación social, ordenar el desarrollo respetando el ambiente, ampliar la participación política de la ciudadanía. Ruptura no por modesta menos intolerable para una derecha que no se aviene con restablecer la preeminencia de lo público y combatir la corrupción, vale decir, con poner en riesgo sus negocios".

Precisamente lo que no les gusta de Petro a los dueños ilegítimos de Bogotá (los negociantes) es la intención, ya puesta en acción, de  devolverles la ciudad a sus legítimos dueños (los ciudadanos). A partir de los años setenta nuestra capital fue convertida en una ciudad distópica, cada vez más distópica, hasta que surgió, como el símbolo supremo de esa distopía, el TransMilenio, que ahora quieren complementar con la Avenida ALO.

La distopía es la contradicción entre la apariencia y la realidad. Una apariencia que se presenta como generosa, bienhechora, bondadosa amable y feliz, y que en la realidad es lo contrario.  TransMilenio nos ofrece el ejemplo perfecto. En apariencia, el transporte ideal, bellos buses rojos articulados, que transformaron la ciudad, un medio de movilización que según llegó a afirmarlo una revista, "es la envidia del universo". Rápido, seguro y eficaz.  En la realidad, ingrese usted a una de las estaciones de TransMilenio y habrá entrado al purgatorio. Pase, ya bastante estrujado, al vehículo, y estará en el infierno. Un viaje que dura veinte o veinticinco minutos le parecerá eterno. Y el pasaje que paga por esa tortura es uno de los más caros del mundo. A Dios gracias, como diría el doctor Hommes, los demonios, quiero decir, los operadores, ganan dinero a manos llenas. 

La Avenida ALO, como la tenían planeada, con sus ocho carriles ultramodernos y sus lujos faraónicos, es otro ejemplo de distopía. En apariencia podemos presentar la ALO como la visión de una ciudad pujante, poderosa, a la altura de las megaurbes petroleras. La realidad de nuestra capital es otra. Una urbe de altísimos índices de pobreza, con las secuelas de mendicidad, e inseguridad. La malla vial destruida, los recursos despilfarrados, elevado desempleo, escasa capacidad adquisitiva de sus habitantes, y un largo y triste etcétera. 

Contra esa ciudad distópica es que endereza sus esfuerzos la administración progresista. Y lo está consiguiendo. Al contrario de los diagnósticos pesimistas de Datexco, el grueso de los ciudadanos siente que Bogotá está renaciendo. Que, por primera vez en medio siglo, los bogotanos tienen de nuevo (como la tuvieron en las administraciones de Jorge Eliécer Gaitán, 1937, y de Jorge Gaitán Cortes, 1961-1967) la oportunidad de apropiarse de su ciudad y de participar en su reconstrucción. No es pesimismo lo que hoy se siente en las calles, sino un optimismo creciente. "Estoy dichosa -me dijo mi ilustrada amiga Emilia Ortiz, hija del gran historiador y periodista Ricardo Ortiz MacCormick¿ y reconciliada con Bogotá. Petro está cumpliendo y Bogotá cambiará para mejorar ciento por ciento". Un concepto semejante les he escuchado en la calle a cientos de personas. La exitosa peatonalización de un tramo de la 7ª. ha demostrado que efectivamente la ciudad puede y debe ser para los ciudadanos.

Después de un alongado anochecer, comienza a amanecer en Bogotá. Como "nunca está tan oscuro como en el momento de amanecer", muchos todavía no despiertan; pero es bueno que vayan abriendo los ojos. Bogotá renace.

ENRIQUE SANTOS MOLANO