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Iglesia, Estado y religión

Colombia, si bien cada vez en menor proporción, es un país mayoritariamente católico.

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06 de abril 2012 , 08:03 p.m.

El tema, que por sí mismo es complejo y requiere de no pocas diferenciaciones y precisiones conceptuales, se ha vuelto enredado y confuso, en parte porque hay sectores interesados en que así sea, y en parte por ignorancia. En los medios no hay información suficiente y confiable sobre estos asuntos, lo que aparece son posiciones ya tomadas, por lo general radicalizadas, y la superficialidad, que todo lo embrolla, pareciera querer adueñarse de la verdad en asuntos que son de honda repercusión social.

Es un hecho que Colombia, si bien cada vez en menor proporción, es un país mayoritariamente católico. Esto no significa, sin embargo, que el Estado no deba estructurarse en forma totalmente independiente de la religión católica, incluso siendo esta la de la mayoría. La misma Iglesia católica reconoce y afirma esa separación de competencias y funciones, y está lejos de pretender reclamar para sí privilegios que rompan el equilibrio de neutralidad que el Estado debe mantener respecto de las diferentes religiones y credos. En ese sentido, puede decirse que la separación y distinción entre la Iglesia y el Estado debe ser no solo clara y transparente, sino reconocida y apoyada por todos.

Pero no es lo mismo apoyar la separación entre Iglesia y Estado para garantizar la neutralidad del Estado que hacerlo por desprecio de la religión, de cualquier religión, como si las religiones fueran algo que debiera ser superado y olvidado. Lo que uno percibe en algunos medios de opinión, y que es la expresión de un liberalismo decimonónico a nuestro juicio bastante reaccionario, es precisamente que muchos de los que abogan por dicha separación en el fondo lo que quieren es prescindir de lo religioso como elemento importante de la vida humana, individual y socialmente considerada. Pareciera que están dispuestos a tolerar que la gente tenga sus creencias y sus valores religiosos, con tal de que estos se reduzcan a la esfera privada, a la familia o a los templos. Pero ¡ay de que un funcionario exprese o haga visible en la vida pública cuáles son esas motivaciones personales profundas que lo llevan a actuar dentro de la ley!

Estoy a favor de una concepción laica y no confesional de Estado colombiano. Pero sé muy bien que no es lo mismo un Estado laico que valora la religión -o mejor: las religiones- que otro que las desprecia y las margina. Ejemplos de esto último son el nacionalsocialismo y el comunismo, contrarios en ideología, pero muy parecidos en su capacidad y disposición para pisotear la dignidad humana. Un Estado incapaz de reconocer y valorar la dimensión humanizadora de las verdaderas religiones está en camino de destruir la sociedad a la que se supone sirve.

John Rawls (1921-2002), quizás el más importante filósofo liberal del siglo XX, entendió muy bien esto y por eso concibió y desarrolló su magna obra Una teoría de la justicia como un aporte filosófico para la construcción de una sociedad en la que los diferentes credos, religiosos y políticos, de creyentes y también de ateos, pudieran sentirse amparados bajo una noción compartida de la justicia. Pero ello supuso en él valorar en alto grado el hecho religioso auténtico, es decir, las religiones. Como también lo hizo Immanuel Kant (1724-1804), el campeón del liberalismo filosófico en el siglo XVIII, quien sin decirnos cuál, pero consciente de que una moral secularizada bien vivida necesariamente conduce a la religión, nos enseñó que "es un deber del hombre hacia sí mismo tener una religión".

Pero si por el contrario el Estado moderno, en sus prácticas o en las de sus dirigentes, fomenta el desprecio y la marginación de las religiones y la expresión de su contenido en la vida pública, sin duda lo que hace no es otra cosa que allanar el camino de su propia autodestrucción.

VICENTE DURÁN CASAS, S. J.
Vicerrector Académico
Pontificia Universidad Javeriana
@vicdurcas