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Parlamento ad infinitum

Alfonso Carvajal habla sobre 1984, presentada en el Festival Iberoamericano de Teatro.

06 de abril 2012 , 05:23 p.m.

 Seguramente hay varios caminos para representar teatralmente 1984, de George Orwell. Seguramente no es una obra de fácil escenificación, por su texto complejo y su origen visionario, ya que el autor se anticipó en el siglo XX a señalar que cualquier totalitarismo ideológico (de izquierda o de derecha) no se diferencia el uno del otro. Y para eso creó al Gran Hermano, especie de ojo invisible, un sátrapa omnipresente que controla a todos.

En este sentido, la compañía The Actors'Gang de Los Ángeles, se arriesgó por una versión dramatúrgica de 1984 donde predomina una escenografía austera y minimalista, y el diálogo como eje. Es decir, la figura del actor o, en este caso, de los actores, domina la función. Aunque luego de las casi dos horas que dura la obra captamos el contenido del libro -de eso se trata-, del acoso de la Policía del Pensamiento como tortura para cambiar cualquier atisbo de rebelión o disidencia, la puesta en escena es monótona y fatiga al espectador.

Pareciera que nada pasara, sólo las voces que nos acentúan una historia. Existen muchos parlamentos, gestos retóricos, como si trataran de "actuarnos" todo el libro; aunque a los actores se les nota el oficio, se ven rígidos, sin una caracterización dramática (con pocas excepciones), declamando el texto original, lo que lleva a la reiteración como una constante insufrible. Faltan los silencios. Además, la presencia de los cinco actores (cuatro hombres y una mujer) siempre sobre el escenario, ayuda a que el paisaje sea un cuadro inmóvil. Y el protagonista, 6079 Smith, se extravía por la falta de matices y nos hundimos en un parlamento ad infinitum y más allá.