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Los síntomas de un autor

04 de abril 2012 , 08:53 p.m.

Pocos cineastas del mundo poseen las capacidades integrales del gran danés Lars von Trier (Copenhague, 1956), por cuanto exterioriza sus crisis emocionales y plasma visualmente las perturbaciones mentales que afectan a sus personajes femeninos. Quien ha hecho del sicodrama un género sublime, a la par de Polanski, Lynch y Cronenberg, -antecedidos por Bergman, Hitchcock y Antonioni-, cubre relatos tortuosos que abarcan múltiples fragilidades del corazón y penetran en el subconsciente de los espectadores. Del perturbador y siempre trascendental autor, una "tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente" -según el Diccionario de la Real Academia-. Bilis negra (en griego), de alguien sumido obsesivamente en sus propias desgracias o afecciones morales; también, señales del artista sensible que revela en sus obras las inquietudes derivadas de compulsivas variaciones anímicas.

En esta cinta extraordinaria se presenta la metáfora no del fin del mundo, pero sí de las fatalidades que pueden truncar nuestras existencias, cuando se efectúa el sobrevuelo y la ulterior colisión apocalíptica de un planeta llamado Melancolía. Prolongación de crisis afectivas y sensoriales que afectan, en su magnífica filmografía, a todas aquellas criaturas vulnerables que descienden implacablemente en vida a los mismísimos infiernos. Dos hermanas que se desdoblan e intercambian sus respectivas angustias: Justine, en el día de su boda, atraviesa los síntomas de una profunda depresión nerviosa que sobrelleva hasta sus últimas consecuencias -aun sin quitarse el velo blanco en la bañera-; Claire, anfitriona de una elegante celebración, presiente el final y la pavorosa influencia de alteraciones síquicas parecidas a las ya descritas.

Sus álter ego: la neoyorquina de origen alemán Kirsten Dunst (fuera de serie) y la no menos estupenda actriz dramática Charlotte Gainsbourg. Porque ellas son temperamentales y se vuelven cómplices de recurrentes ansiedades, que rozan con su entorno social y se internan en un complejo entramado de intuiciones, augurios y recaídas. Un evento arruinado, con el desdén de la novia y las peleas de familias al borde de la descomposición, e invitados -nosotros mismos- que no salen de su asombro. Agregar que una suegra, asumida por Charlotte Rampling, se refiere al matrimonio como un "ritual morboso" en el marco de una película extraña, o quizás exasperante, que alterna atmósferas cósmicas y escenas caóticas.

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