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Colombia y Villa-Lobos

El famoso compositor brasileño se inspiró en el Río Magdalena para dar vida a un musical.

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03 de abril 2012 , 12:00 a.m.

Al abordar la obra de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), uno de los aspectos que llama la atención es su enorme capacidad de creación. Aunque los especialistas no se han puesto de acuerdo, el número de sus partituras varía entre 700 y 2.000 en todos los géneros, lo que, de paso, lo convierte en uno de los compositores más prolíficos de la historia de la música.

A este monumental legado artístico habría que agregar el centenar de grabaciones, como una muestra del interés que su música despierta en toda clase de públicos. Poniendo a prueba su espíritu carioca, Villa-Lobos prefirió la práctica autodidacta a la academia, y las dificultades de múltiples viajes por la geografía brasileña al aislamiento de la herencia formal europea.

Ese empeño dio como resultado aportes singulares que, desde la escena parisiense en 1923, recibieron estimulante acogida en el Viejo Continente y, décadas después, en los Estados Unidos.

El centenar de canciones que compuso en varios períodos de su vida es un aporte decisivo al repertorio vocal nacional de su país. Villa-Lobos abrió para los músicos del continente americano un camino de reconocimiento en la escena artística europea de su época.

En ese despliegue de música y motivaciones, una obra resalta por su carácter único. El género de la misma elude su ubicación precisa: ¿ópera?, ¿opereta?, ¿comedia musical? O más bien, ¿una aventura musical, como se anunciaba en su temporada en Broadway en 1948? La historia es como sigue: al terminar la exitosa temporada de más de 800 funciones de la opereta Canción de Noruega, una versión de la vida de Edvard Griegg basada en su propia música, el empresario Edwin Lester buscaba un tema que retuviera el interés del público.

Al libretista Homer Curran, el título se le insinuó de inmediato: Magdalena, un musical a gran escala ubicado en el gran río colombiano, una moderna opereta folclórica acerca de indios paganos, religión y esmeraldas en medio de la "belleza bárbara y el salvaje esplendor de la selva suramericana".

Época: 1912, una fecha cualquiera previa a la Primera Guerra Mundial para evitar inevitables y molestas asociaciones políticas. El proyecto, así planteado, estaba pintado para la creatividad de Villa-Lobos. Luego de no pocas peripecias, el músico hizo valer su criterio como requisito para tomar parte en su realización: en lugar de una adaptación de su propia música, debería escribirse un repertorio nuevo. Manos a la obra.

Durante siete semanas, en un apartamento con vista al Parque Central de Nueva York, todos -incluyendo a Arminda, la segunda esposa de Villa-Lobos, quien copió de manera exquisita las partituras- comieron, bebieron y durmieron con Magdalena como única compañía.

El improvisado "estreno", en presencia del crítico Olin Downes, terminó en aplausos que anunciaban la acogida que tendría luego en Los Ángeles, San Francisco y Nueva York ("...un punto alto en la magnificencia del musical").

George Forrest y Robert Wright escribieron la letra de las canciones para los personajes: María, indígena líder de los muzos, se declara fiel al cristianismo; Pedro, indígena rebelde, anticlerical, maneja el único bus de la región (una "gasolinera" de 1908 que aparecerá en escena); el Mayor Blanco, asistente del general Carabaña, patrón de una hipotética mina de esmeraldas; Teresa, dueña de un restaurante en París -el Ratoncito negro- en donde se come bien y se piensa poco; Zoggie, su astrólogo personal.

El musical incluye dos actos y 17 escenas, de las cuales la segunda transcurre en París. La historia se desencadena cuando los indios se niegan a trabajar en la mina. Blanco, Carabaña y Teresa regresan a Colombia para intervenir en el conflicto; ella recibirá, como premio, un collar de un centenar de esmeraldas a cambio de su compañía.

En la escena tercera, al arribar al puerto sobre el Magdalena, Carabaña, con su exaltado timbre de tenor, entona un aria emotiva que recrea la mítica existencia del río. Luego de escaramuzas entre indios y patrones, del estallido con dinamita del bus de Pedro y del milagro atribuido a la imagen robada de su santuario en la selva, el musical reserva un final feliz, excepto para Carabaña que será víctima de su propia gula y de la venganza de Teresa.

Jules Dassin dirigió el estreno en Nueva York en una temporada de once semanas en el legendario teatro Ziegfield, interrumpida por la huelga del sindicato de músicos, lo que también impidió que se grabara la pieza con el elenco original.

Con materiales folclóricos y ritmos nativos, Magdalena construye un universo de textura y valor único en la escena del teatro musical estadounidense. Y aunque se trata de una fantasía, el libreto contiene esa esencia de verosimilitud que opera a varios niveles, uno de los cuales es el cruce de culturas y el énfasis en sus mejores ideales.

La crítica comentó que la partitura era muy sofisticada para Broadway, y que el argumento era tan descabellado que lo único más incomprensible era que el público pudiera seguir la trama. Cuando abrió en Nueva York, se convirtió en el espectáculo más costoso producido allí hasta ese momento.

Donald Henahan la envió al escaparate de viejas curiosidades, mientras que un crítico destacó en 1992 la armoniosa combinación de color local y el carácter casi religioso de los coros y la compleja orquestación.

Por su parte, el legendario compositor Richard Rodgers estimó en su momento que Magdalena se había anticipado "en 25 años a su época... y su mejor legado había sido la superlativa belleza de la música".

En una carta a sus amigos de Nueva York, Villa-Lobos escribió en 1956: "Procuren que mi música se oiga en todas partes... a algunos les gustará y a otros, no.

Pero nunca confié en la crítica, solo en el público". Cuando Magdalena subió a escena en el teatro Chatelet de París, en la temporada 2010-2011, el público francés descubrió una joya que conserva el brillo de la inspiración de Villa- Lobos, enmarcada en un río de leyenda.

CARLOS BARREIRO ORTIZ