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¿Se puede construir una ciudad sin acabar con los pájaros?

Gary Stiles, el ornitólogo más reconocido de Colombia, habló con BOCAS sobre las aves del país.

Gary Stiles está a cargo de la mayor colección de aves colombianas que existe.

Foto:

Sebastián Jaramillo / Revista BOCAS


La puerta de su oficina, en el segundo piso del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, está salpicada con calcomanías de colibríes, fotos en blanco y negro y recortes de tiras cómicas sobre aves que el tiempo ha envejecido.

Entre los pájaros de papel que parecen volar en un cielo de madera, brilla un letrero escrito en inglés que traduce: “Le di mi sangre a la ornitología”. Más arriba, impresa en letra Arial, se lee una frase del naturalista John Muir: “Un conservacionista verdadero es quien sabe que el mundo que habita no le fue dado por sus padres, sino que le fue prestado por sus hijos”. Una inscripción indica que tras la puerta trabaja Gary Stiles, el científico que resguarda los 30.000 ejemplares que conforman la colección de aves colombianas más grande que existe.

El ornitólogo Gary Stiles.

Gary Stiles tiene 74 años, la barba blanca y unos ojos azules que de lejos han sido capaces de descubrir un ave negruzca entre la espesura de un bosque, pero que de cerca lo obligan a usar gafas y a arrugar las cejas para enfocar las descripciones que están atadas a las patas de cada ejemplar: “Xenops minutus littoralis. Antioquia. Municipio Amalfi. Vereda Las Ánimas. Bosque Las Ánimas”. Con esos ojos que brillan bajo un par de cejas frondosas, plateadas, Stiles ha podido ver el 80 % de las más de 1.900 especies de aves que vuelan en Colombia.

Nacido en Massachusetts, Gary Stiles llegó al país en 1987. “Fui secuestrado por mi esposa”, dice en tono de broma. Se refiere a la reconocida científica colombiana Loreta Rosselli, el amor de su vida y con quien comparte el amor por las aves. Se conocieron en Costa Rica, donde Stiles era profesor universitario. Fue allí donde escribió la Guía de aves de Costa Rica, que se convirtió en un referente de la ornitología mundial. Por entonces, Stiles ya tenía una larga experiencia: un grado en biología (magna cum laude) del Armherst College y un doctorado en zoología de la Universidad de California en Los Ángeles.

Las paredes de su oficina, impregnada por el dulce olor a vainilla del humo de la pipa, están forradas por cientos de libros sobre aves. En algunos lomos se lee: Ornitología neotropical, Comportamiento de las aves neotropicales, Aves de los altos Andes, La sabiduría de las aves

Stiles, con su estampa de explorador del siglo XIX, conoce el país como pocos colombianos. Ha recolectado y preparado ejemplares de aves en los lugares más remotos: las densas selvas del Chocó, el Darién, el Apaporis, y hasta la agreste serranía del Chiribiquete, adonde llegó para describir un colibrí de 8 centímetros de longitud y 400 gramos de peso que bautizó Chlorostilbon olivaresi, pero que los demás llaman Esmeralda del Chiribiquete: un ave que solo ha visto una decena de personas.

Cuando se le pregunta por qué el colibrí es su ave preferida, la que más ha estudiado, Stiles responde con naturalidad y un marcado acento de gringo que no lo abandona: “Porque me cayó bien”.

Durante treinta años en Colombia, Stiles ha sido testigo de la riqueza ecológica con que cuenta el país. Sabe que en ningún cielo vuelan tantas aves y que pocos lugares tienen tantos recursos hídricos. Pero también ha corroborado la disminución de muchas especies por la deforestación y la dificultad de investigar en un país plagado de zonas minadas donde habitan especies que aún están por describirse: uno de sus alumnos en la Universidad Nacional, Néstor Espejo, dice que uno de sus grandes aportes es la aplicación de la estadística a la conservación de las aves.

Nosotros basamos las recomendaciones en la naturaleza rural de la Van Der Hammen. Hay especies que podrían aprovechar un corredor en un medio rural, pero no si el medio es completamente urbanizado.

A sus 74 años, el profesor Gary Stiles sigue saliendo al campo. Aún tiene fuerzas para otras expediciones y no pierde la curiosidad de seguir observando aves. Hace unos años, en un viaje al Chocó, contrajo paludismo. Las altas dosis de quinina que le dieron afectaron sus oídos y desde entonces le cuesta mucho oír frecuencias altas, como los trinos de muchos pájaros. Entre todos, dice, no hay ninguno que se compare al de un cucarachero que vive en el Amazonas: “El del Cyphorhinus arada, ese el canto más bello y extraordinario que jamás he oído”.

¿Cuándo empezó a interesarse por el estudio de los pájaros?
Siempre me gustaron las cosas que podía encontrar afuera de la casa. En los lugares donde crecí en Massachusetts, no había muchos niños y además yo era de esos tipos raros a los que les gusta caminar por el bosque. A mi abuelo materno le gustaban los pájaros y cuando lo visitábamos me llevaba a verlos. Cuando él murió, entre sus pertenencias había libros de pájaros. Yo quedé fascinado: hallé una guía de campo chiquitica y con la ayuda de ese libro empecé a identificar las aves que veía. Al conocer sus nombres, se vuelven familiares, como los amiguitos de uno.

Y entonces decidió dedicarse a estudiarlos…
Primero empecé con las mariposas. Cuando entré a estudiar biología, había un profesor llamado Lincoln Brower, experto en estos insectos. Él estaba haciendo unos estudios en Trinidad con mariposas, que me parecieron increíbles. Por otro lado, mis papás vivieron un tiempo corto en Nueva York, donde yo visitaba con frecuencia el Museo de Historia Natural. Allí encontré unos dioramas que me fascinaban, en especial uno de aves de Barro Colorado, la isla de Panamá. Esos enormes dioramas, que recreaban la naturaleza de sitios muy distantes, me provocaron una fascinación total. Cuando los veía, pensaba: “Tengo que visitar estos lugares algún día”.

¿Pudo hacerlo?
Sí, con el profesor Brower viajé dos veranos a Trinidad. Allí pude experimentar con las aves neotropicales. Brower les daba a probar mariposas de distintos colores, patrones y sabores, y yo era el encargado de traerle las aves. Así aprendí a capturarlas. Desde entonces pensé: “Estas cosas son mucho más interesantes que las mariposas”.

Gary Stiles conoce mejor que nadie las más de 1.900 especias de aves que hay en Colombia.

Entre todas las aves, usted eligió especializarse en colibríes. ¿Por qué?
Cuando estaba buscando un posgrado había un profesor que trabajaba con aves en Nicaragua. Con él aprendí a recolectarlas mejor y a preparar pieles. Yo estaba pensando en una tesis de doctorado y mi profesor me dijo: “No hay nadie trabajando en colibríes”. A mí me gustó la idea. El lugar más cercano donde podía encontrarlos era en una zona de Los Ángeles que se llamaba Chaparral. Allí abunda una especie de colibrí que empecé a observar por horas, por días: anotaba sus rutinas, sus peleas, todo sobre su comportamiento. Seguí a uno en particular que resultó muy pendiente de mi presencia. En una ocasión empezó a volar en picada, en recorridos de cincuenta metros contra mí. Era como si pensara: “Vamos a molestar a esta cosa, ya que no hay nada más que hacer”.

¿Pero qué le llamó la atención de los colibríes?
No sé. Me parecieron chéveres, bonitos. Simplemente me cayeron bien.

¿Cuánto vive un colibrí?
Bueno, ya sabemos que algunos pueden vivir bastantes años, quizás hasta siete años. Pero unos no vuelven.

Profesor Stiles, ¿cómo llegó a Colombia?
Yo fui coordinador del primer curso de la OIT (Organización Mundial del Trabajo) de ecología en el campo que se hizo en español. Teníamos trabajo durante un mes con estudiantes de muchas partes de Latinoamérica. Terminé casado con Loreta Rosselli y, como víctima de uno de los primeros secuestros que se hicieron en Costa Rica a finales de los ochenta, fui llevado por ella a Colombia. Yo pensé: “Bueno, si voy a salir de Costa Rica, Colombia tiene más aves que cualquier otro país. Perfecto”. Encontré un país fascinante.

¿Cómo eran los estudios de aves en ese entonces?
Casi no había ornitólogos de campo. Ya estaba publicada la Guía de aves de Colombia, pero la gente no la conocía. Aquí no había llegado la noticia.

La investigación de aves era muy incipiente…
Sí, aquí la ornitología se había enfocado en recolectar las aves e identificarlas en el museo, en parte porque Colombia es un país grande, con una avifauna enorme. Identificar aves en el campo fue algo bastante extraño en ese entonces: recuerdo que en una salida pusimos redes para atrapar aves, verlas y medirlas; entonces uno de los estudiantes me dijo: “¡Ah! ¿Se pueden sacar vivos?”.

Usted fue quien impulsó las jornadas de avistamiento de aves que se hacen en Bogotá a finales de año, los conteos navideños. ¿Cómo comenzaron?
Loreta y yo fuimos de los fundadores de la Asociación Bogotana de Ornitología. Ella estaba interesada en realizar los mismos conteos que se hacían en Costa Rica, pero en la sabana de Bogotá. Nos inspiramos en un ornitólogo norteamericano llamado Frank Chapman, que fue muy importante en la ornitología de Colombia porque entre 1911 y 1915 dirigió una serie de expediciones para explorar el territorio y conocer más de la biogeografía y la variación de las aves en el país. Él se interesaba mucho en la parte popular de la ornitología, en interesar a la gente en las aves, e inventó los conteos navideños en 1900.

Ahora son multitudinarios…
Sí, la actividad explotó exponencialmente. En Colombia acabamos de publicar un artículo que recoge los resultados de los primeros 26 años de nuestro conteo, donde registramos los cambios de las aves en Bogotá.

Volvamos al campo. ¿Qué objetos lleva a una expedición?

Binoculares, libreta, equipos para preparar los ejemplares... En las mañanas se recolecta y en las tardes se realiza la preparación: es necesario sacar la piel del ave, arreglarla, reemplazar todo su interior con algodón con la ayuda de un palito y después escribir la etiqueta. Casi la tercera parte del tiempo se gasta en registrar bien los datos. Si uno quiere hacer colecciones de ejemplares, algo necesario para documentar la fauna de un sitio, entonces uno lleva redes. Yo siempre cargaba una escopeta, especialmente para las aves que viven en lugares muy altos, hasta que los encargados del “desorden público” prohibieron portar armas a quienes no fueran exmilitares. Conseguir un ejemplar sin una escopeta es prácticamente imposible porque las redes apenas alcanzan dos metros y medio de altura.

¿Y ahora que no puede usar escopeta, cómo hace?

Llevo cartuchos de tres calibres distintos y pido escopetas prestadas a donde llego, pero a veces es muy peligroso porque son armas inseguras, en malas condiciones. En el Apaporis estuve a punto de dispararme en el pie.

La ALO podría tener un efecto desastroso sobre las tinguas. Las luces de la ciudad las confunden: chocan contra ventanas, aterrizan en sitios fuera de su hábitat... 

Imagino que en sus expediciones tiene que estar con todos los sentidos alerta para identificar un canto, un llamado, o ver un ave…
Sí, pero el oído ya no lo uso tanto porque tuve un paludismo muy fuerte después de una salida al Chocó y me dieron una dosis masiva de quinina. Eso me quitó la audición de las frecuencias altas.

Las de los cantos de muchas aves…
Sí, ahora soy un poco menos “escuchador” de pájaros. Pero hay bastantes sonidos que sí reconozco.

¿Cuál es el canto más lindo que ha escuchado?
El más increíble es el de una especie de cucarachero del Amazonas. Canta con una gran variedad de sonidos y melodías, largos y cortos. Muy, muy bonito.

¿La comunicación entre los pájaros qué uso tiene?
Tiene varias funciones. Una es anunciar: “Este es mi sitio”. Otra es para conquistar a las “niñas”. También hay cantos de alarma y de contacto entre ellos. Cada especie tiene una variedad de sonidos.

¿Cómo es la historia de ese pájaro, el pisones tapaculo, que esperó por veinte años?
Hicimos unas salida a Risaralda con un compañero mariposólogo. Fuimos a un sitio llamado Pisones, bajando por el lado del Chocó. Allí hay un camino que finaliza en un área minera. Llegamos a un lugar ideal para acampar. Yo escuché un sonido y pensé que era una rana, pero mientras estaba sentado en el bosque la rana se fue acercando y resultó ser un pájaro, un tapaculo. Después de un par de días logré recolectar un ejemplar con la escopeta. Al hacer la genética resulto ser nuevo, pero solo había uno y yo necesitaba dos para asegurarme: volví, pero era un periodo de lluvias y no puede llegar. Tuve que esperar muchos años porque no pude volver por la situación de orden público. Hace unos meses fui a un sitio llamado Cerro Montezuma, muy cerca de Tatamá, en el Chocó, donde resultó ser muy común esta especie. Después de varios intentos, con la ayuda de un estudiante, logramos atrapar un nuevo ejemplar.

Su trabajo es un ejercicio de paciencia.
Uy, sí. Además es imprevisible. Uno puede pasar por el mismo sendero: se ven muchas aves un día, al otro día aves distintas y, al siguiente, no se ve nada.

Gary Stiles conoce mejor que nadie las más de 1.900 especias de aves que hay en Colombia.

¿Desde que se firmó el acuerdo de paz la seguridad ha mejorado en los lugares donde hace investigaciones?
En muchos casos sí. Hoy es más factible visitar algunos sitios que eran totalmente prohibidos.

¿Cómo cuáles?
San José del Guaviare y Tumaco, por ejemplo.

¿En algún momento tuvo que enfrentar una situación peligrosa?
Sí, durante un viaje de estudios que hicimos con Loreta en un bosque de Chingaza, tuvimos que dejar el lugar porque la guerrilla puso muchos problemas. El año pasado, por fin, pudimos volver.

¿Qué lugar le falta por conocer en Colombia?

Quisiera viajar a Mocoa. Íbamos a ir, pero pasó lo de la avalancha. Espero ir a finales de este semestre.

¿Hay más alumnos que se interesan por la ornitología?
Uy, sí. Cuando yo llegué a Colombia el único ornitólogo que observaba aves era Humberto Álvarez, de la Universidad del Valle.

¿Qué nos cuentan las aves del cambio climático y del deterioro de nuestro ecosistema?
Mucho. Las aves son animales que podemos observar e interpretar mejor que otros, porque viven en nuestro mundo. Se comunican principalmente por visión y por oído, igual que nosotros; su olfato, salvo contadas excepciones, es poco desarrollado; usan, como nosotros, colores y patrones para distinguirse entre sí… Esto hace posible hacer guías de campo: la gente se identifica bastante más con las aves que con otros animales. Además, son fieles a su hábitat y, por eso, son buenas indicadoras de su estado.

Hace unos años no había tantas palomas torcazas en Bogotá y ahora están en todas partes, ¿eso es normal?

Sobre eso hay muchos estudios. Cuando hicimos los primeros conteos no eran tan comunes, pero pasaron los años y la población subió mucho. Se encontraban dormitorios de centenares en algunos sitios, como en el Jardín Botánico. Después, más o menos, la población se desplomó, pero sigue siendo el ave más común. Mi sospecha es que estos dormitorios eran ideales para diseminar epidemias y que por eso la población decayó.

También en Bogotá hay un cucarachero que está por desaparecer…
Sí, es el cucarachero de pantano, o chirriador. Está al borde de la extinción. En los páramos, como el Cocuy y el Sumapaz, aún se puede ver. El problema es que hay otro pájaro negro, grande, llamado chamón, que pone los huevos en los nidos del cucarachero. El pichón crece rápidamente y elimina a los pichones del cucarachero; esto desplomó la población de cucaracheros. El problema es que si el chamón sigue subiendo hacia los páramos, va a encontrar las poblaciones de chirriadores que aún sobreviven.

¿Es cierto que a Bogotá están llegando alcaravanes?
Sí. Una cosa que notamos en los conteos es que muchas aves de zonas más cálidas se están estableciendo en la Sabana de Bogotá. Uno puede ver alcaravanes, con mucha frecuencia, en los potreros de la Universidad Nacional.

Un ave, el churrín de Stiles, lleva su nombre. ¿Cómo son estos pájaros?
Es un tapaculo, unas aves muy interesantes. Son de color gris negruzco, pequeños. Viven en las partes más densas y oscuras de los bosques más densos y oscuros. Son un dolor de cabeza para ver, pero son muy vocales.

El ornitólogo Gary Stiles.

¿Cuál es el ave más inteligente de Colombia?
¿Inteligente? La cosa es que hay que saber cómo medir la inteligencia. Muchas veces estas mediciones responden a cómo ellas interactúan con el hombre. Los loros son conocidos por ser inteligentes, y seguramente lo son, pero en buena parte es porque los entendemos. Los colibríes no son nada tontos. Hay solo tres grupos de aves que aprenden sus cantos por vocalización: los loros, los colibríes y otros, el grupo más grande, que incluye, mirlas, copetones y otro montón.

¿Es común que las aves entren en confianza? ¿Qué se acerquen más cuando se pasa mucho tiempo cerca de ellas?

Hay unas más confianzudas que otras. Como los hormigueros: ellos siguen a las hormigas guerreras y se alimentan con los insectos que ellas espantan. Un científico, Alexander Skutch, me contó la historia de un hormiguero que se dio cuenta de que él también espantaba insectos y durante un buen tiempo lo siguió, cada vez que espantaba un insecto, aparecía para alimentarse. Hay otra especie, una reinita, a la que llaman amigo del hombre. En varias ocasiones me han seguido, las he visto pasar por el bosque junto a mí para comerse los insectos que yo espantaba.

Se ha hablado mucho del potencial turístico de Colombia como destino para observar aves. ¿Qué opina al respecto?
Es un tema muy de moda. Es lógico que, teniendo tantas aves, Colombia tenga un potencial muy grande de turismo. La cosa es que falta mucha infraestructura. Todavía hay lugares que no se pueden visitar por las minas antipersona, por ejemplo.

¿En qué zonas?
En algunas de Nariño o en la Serranía de San Lucas, donde creo que hay muchas sorpresas, pero es muy peligroso ir por los campos minados. Vamos a ver qué pasa en los próximos años, con las nuevas generaciones de ornitólogos. A mí me encantaría volver al Parque los Katíos, pero está muy complicada la cosa.

Profesor, usted tiene una crítica con respecto a la Reserva Van der Hammen, ¿de qué se trata?
La mejor mentira, la más sencilla, es la que tiene un grano de verdad. Ellos [se refiere a la Alcaldía] repitieron nuestras recomendaciones de corredores para conectar áreas de alta biodiversidad de la sabana de Bogotá, pero olvidaron que hay dos componentes para cualquier corredor en cuanto a conectividad: uno es la naturaleza del corredor mismo y otro, la naturaleza del medio que atraviesa. ¡Hay un mundo de diferencia entre un corredor de un medio urbano y otro en un medio rural!

Nosotros basamos nuestras recomendaciones en la naturaleza rural del área de la Van der Hammen que existía hace unos años, cuando hicimos estudios con mi esposa. Estos se basan también en observaciones que hizo ella en su tesis doctoral sobre preferencias de hábitat en las aves de humedales de la sabana. Hay especies que podrían aprovechar un corredor si pasan por un medio relativamente menos hostil, como el rural, pero que no pueden aprovecharlo cuando el medio es completamente urbanizado, como propone Peñalosa. En una situación así, la conectividad se pierde. Ellos presentan su propuesta como si estuvieran creando núcleos de biodiversidad: el hecho es que ya existen, pero al urbanizarlos alrededor, lo que se hace es aislarlos.

También se había documentado que en la reserva habitan especies en peligro de extinción que atraviesan hasta un kilómetro o más de área rural para llegar a humedales aislados en la sabana, pero ellos jamás atravesarían áreas urbanizadas.

¿Entonces no podrían llegar a los humedales?
Exacto. Por otro lado, la construcción de la Avenida Longitudinal de Occidente, la ALO, también podría tener un efecto desastroso sobre otras especies. Se supone que una avenida grande va a necesitar iluminación nocturna, pero la tingua bogotana, la tingua de pico verde y la tingua de pico azul son de una familia de aves que hacen vuelos de noche. Sabemos que las luces de la ciudad las confunden: por ejemplo, cada año, durante la migración de la tingua azul, hay una romería de gente que lleva aves perdidas y heridas al centro de rehabilitación de la Universidad Nacional.

¿Pierden la orientación?
Sí, chocan contra ventanas, aterrizan en sitios fuera de su hábitat… Una avenida de esta naturaleza va a ser fatal para varias especies.

Entonces la Alcaldía tergiversó la información que ustedes les dieron...
Dijeron que iban a seguir las recomendaciones, pero olvidaron que el área va a ser complementamente diferente del área donde nosotros hicimos las recomendaciones. La verdad, me da un poco de furia que hayan sacado las observaciones del contexto ecológico en que fueron hechas: nos usaron para justificar la urbanización.

Usted ya tiene 74 años, ¿cuáles son sus planes para el futuro?
No sé. La fecha de retiro obligatorio es 75, pero la universidad la extendió hasta los 80. Esperemos a ver.

GERMÁN IZQUIERDO MANRIQUE
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 67 - SEPTIEMBRE 2017

<b>El recolector de aves </b><br>Por Germán Izquierdo Manrique. <br>Fotografía Sebastián Jaramillo.